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Juan Manuel Díaz del Valle: «La fama del garbanzo de Escacena no para de crecer»
expresidente de aiqbe y la igp garbanzo de escacena
«Siempre he estado enamorado del buen trabajo», dice tras pasar de la industria química a la excelencia en la producción agraria
Considera que «la despensa onubense es rica en todos los sentidos de la palabra»
«Necesitamos infraestructuras, por supuesto, necesitamos los mimbres, pero el canasto lo sabemos hacer», señala de los retos de Huelva
Relevo en la presidencia de la IGP Garbanzo de Escacena
Potaje antiguo de garbanzos con acelgas y bacalao

Hay experiencias que hoy pueden ser inexplicables y de paso un buen ejemplo para buena parte de la sociedad española, para los más jóvenes. Es el caso del recorrido laboral y vital de Juan Manuel Díaz del Valle (Paterna del Campo, 1950), que a la edad de nueve años marchó de su pueblo a la capital andaluza para emprender un camino pleno de dificultades, pero no de incertidumbres para quien a tan corta edad era consciente de que no podía perder ni un minuto en olvidar los deseos de una familia que tenía la ilusión de que su niño pudiera estudiar una carrera y labrarse un futuro mejor que aquel al que por nacimiento parecía destinado, el campo. Lo más curioso de esta historia es que nuestro hombre no sólo cumplió sobradamente con la ilusión de sus padres, sino que logró acabar con la incertidumbre de un círculo que acabó siendo perfecto: Licenciado en Ciencias Químicas, responsable de los laboratorios de una de las más importantes bodegas españolas, presidente en funciones de Aragonesas en el viejo Polo de Promoción Industrial onubense, gerente de la potente Asociación de Industrias Químicas y Básicas, presidente de la Indicación Geográfica Protegida Garbanzo de Escacena y, después de tan diverso y atractivo periplo profesional, cierra ese círculo regresando al campo, a las tierras familiares para cultivar una de las estrellas más interesantes, aunque quizás menos conocidas, de la despensa onubense, una despensa rica y diversa a la que alaba sin fisuras.
PREGUNTA.- Ha vuelto usted al campo, a trabajar la tierra, como hicieran su padre y su abuelo.
RESPUESTA.- Sí, esto viene de familia, de muy lejos, y es todo un logro. Me encanta oler la tierra, mimar el lento crecimiento de una legumbre muy especial, el garbanzo de Escacena.

«El Litri siempre andaba pregonando que en su tierra se cultivaban los mejores garbanzos del mundo»
P.- Es usted de Paterna, pero la IGP lleva el nombre del pueblo de al lado, de Escacena.
R.- Así es. Y hay razones muy importantes para ese nombre, Indicación Geográfica Protegida (IGP) Garbanzo de Escacena. Una historia detrás que, aunque reciente, tiene muchísimo valor en unos tiempos como estos en que toda promoción que se haga de un producto es poca. Verá, una gran figura del toreo, como Miguel Báez Litri, era propietario de una finca con una parte de dehesa y otra dedicada a las labores agrícolas, Peñalosa. Estas tierras de bojeo, como todas las de la IGP, sumamente fértiles, las dedicó al cultivo del garbanzo, que siempre fue un cultivo tradicional en los campos de Escacena y de Paterna. Como quiera que Peñalosa estaba en Escacena, y el Litri era como era, pues siempre andaba pregonando que en su tierra se cultivaban los mejores garbanzos del mundo, y no sólo eso, sino que igual los donaba a comedores sociales que a entidades benéficas de todo tipo, o los regalaba a periodistas, empresarios, artistas y restauradores de toda España, de manera que el garbanzo de Escacena empezó a ser famoso. Por otra parte, un comerciante del pueblo que se establece en Sevilla donde monta una tienda de comestibles, entre otros productos de esta tierra ofrece los garbanzos de Escacena a su clientela, con lo cual el garbanzo acompañado de ese apellido empieza a ser sinónimo de calidad en las mejores mesas particulares o de restaurantes sevillanos. Todo esto no podíamos echarlo en saco roto, sino emplearlo como impulso y continuar, primero desde la Cooperativa, y luego desde la IGP, con la promoción y difusión de este producto de indudable calidad.
P.- Pero ¿qué diferencia a esta legumbre de cualquier otra?
R.- Tiene tres características muy apreciadas en la buena cocina, una textura agradable por su blandura, su cremosidad y la finura de la piel, con lo cual estamos ante un producto rico de verdad, que se adapta a cualquier tipo de guiso o elaboración, y además resulta muy digestivo precisamente por tener una piel muy fina. Es muy diferente a otros y eso los expertos y los mejores cocineros, los prefieren a cualquier otro.

P.- Recuerdo que el día que le conocí personalmente, porque antes nos hubimos encontrado, aunque en orillas opuestas –Díaz del Valle, entre risas, pronuncia un escueto, «ya lo creo»-, fue en una comida donde me estuvo explicando las características climáticas de los campos de la campiña onubense. Fue en un tiempo de sequía, cuando el garbanzo ya estaba sembrado y usted no veía ningún problema en ello.
R.- Esa es una de las causas de que la planta crezca muy lentamente y, en consecuencia, se desarrolle la legumbre en las mejores condiciones. En efecto, no llovía, pero el aire de poniente que es el dominante, nos trae aire muy cargado de humedad, como tú sabes bien. Esa es la humedad que necesita la planta. De ahí que pueda resistir mucho tiempo sin recibir agua de lluvia, que siempre es bienvenida, obviamente, y tener la planta el crecimiento que debe tener para obtener una legumbre con las características que te comentaba de blandura, cremosidad y finura.
«La evolución ha sido tremenda. Ahora te subes a un tractor y te parece que estás en un deportivo»
P.- No deja de ser curioso que sus padres quisieran apartarlo del duro trabajo de la tierra y usted haya vuelto a esa dura labor y además se congratule de ello.
R.- (vuelve a sonreír) En absoluto. Los tiempos han cambiado una barbaridad. Recuerdo de pequeño haber estado en una era mientras trillaban el grano con un par de mulas arrastrando la trilla. Ahora todo está mecanizado. Desde los tiempos en que llegaron al campo onubense los primeros tractores Ebro, hasta hoy, la evolución ha sido tremenda. Ahora te subes a un tractor y te parece que estás en un deportivo. El campo está mecanizado y las técnicas de cultivo son, igualmente, de última generación. Huelva es todo un ejemplo para todo el sector agroalimentario. Y seguimos progresando. Con sacrificios y con mucho trabajo, lentamente, como la maduración del garbanzo… de Escacena (vuelve a sonreír, pero ahora se le nota la satisfacción).



P.- Volviendo a los viejos tiempos, ¿debió ser duro para un niño de nueve años irse solo a un internado a Sevilla?
R.- Por supuesto, pero a pesar de la edad, era consciente de que era la ilusión de mis padres. Y ellos querían lo mejor para mí, luego yo también quise lo mejor para ellos, y de paso pude lograr el objetivo. Me licencié en Ciencias Químicas, pero no creas que con facilidad, yo siempre he apostado por el sudor, por el trabajo constante y bien hecho. Esas deben ser las claves, o al menos yo lo creo así, para alcanzar cualquier objetivo.
P.- Una vida agitada, o al menos viajera desde tan temprana edad.
R.- Sí, pero no tanto como pudiera parecer. De los Escolapios, a la academia IFAR, donde hice el preuniversitario, y de ahí a la Universidad. Solo tengo buenos recuerdos de aquellos años, y además Paterna no está tan lejos de Sevilla.
P.- Desde luego lo de un hombre de campo, que siente la tierra con la pasión que usted la siente, no pega mucho con una licenciatura en Ciencias Químicas.
R.- Toda la ciencia es solo una. En este sentido soy muy holístico. Todo está muy ligado. Por ejemplo, mi trabajo nada más acabar las milicias universitarias fue en una bodega en Jerez de la Frontera, las bodegas Crofft. Fueron solo unos meses, pero muy intensos, no paraba de aprender. De allí la empresa me envía a unas bodegas de La Rioja que la empresa jerezana había comprado por aquellos nortes tan distintos a este sur en clima y en algunos aspectos sociales o de costumbres, pero no en todos. Te puedo contar una anécdota que me ocurrió nada más empezar. Bueno, fui hasta Logroño en un pequeño utilitario con un laboratorio desmontado en el capó de atrás. Lo instalé en un piso, y en una de las primeras pruebas que realicé, me salieron unos números que no fueron muy del agrado del capataz de la bodega, unos datos relativos a la graduación del vino, muy baja. Eran vinos para exportar a Inglaterra, y con esa graduación no cumplían los requisitos exigidos para la exportación, de modo que contrataron a un enólogo para que realizara de nuevo las pruebas pertinentes. Imagínate, yo con la carrera recién acabada y una millonada en vino, una millonada de aquella época, a primeros de los setenta, pendiente de mis análisis.
«Salvé el buen nombre de la empresa, que valía mucho más que el vino que se perdió»
P.- Un horror.
R.- Al principio sí, no me llegaba la camisa al cuerpo, pero resultó que mis análisis eran más que correctos, con lo cual la empresa tuvo que retirar una cantidad enorme de bocoyes que ya habían viajado desde Haro hasta el puerto de Cádiz. Todo de vuelta. Para mí fueron todo felicitaciones. Salvé el buen nombre de la empresa, que valía mucho más que el vino que se perdió.
P.- Pues ha ido usted dejando monumentos por atrás. La academia IFAR es ahora un museo del flamenco y la escuela de baile de Cristina Hoyos, y las antiguas bodegas Crofft de Jerez de la Frontera son ahora un importante centro de formación ligado a la vitivinicultura.
R.- Lo de la academia IFAR sí que lo sabía, me encanta el flamenco. Es un notable edificio barroco, que era propiedad entonces de un polaco y tenía un cuadro de profesores verdaderamente excepcional.

P.- La virgen barroca que señoreaba en el dintel de la entrada, está en paradero desconocido.
R.- La recuerdo. Una lástima. Todo el edificio era, y es, una auténtica joya arquitectónica. Pero de ahí me tuve que desplazar a la Preu, porque las estrecheces propias de la época no permitían abrir el preuniversitario en la IFAR, ya sabes, contratación de profesores, más aulas…
P.- Y de la Preu a la Universidad por fin.
R.- Sí, ese tiempo se me pasó volando. Ya te he contado lo de las bodegas y lo del desplazamiento a La Rioja, pero yo seguía soñando con volver a Huelva, y además andaba ennoviao.
P.- Ya lo creo, y con una excelente profesora de Historia del Arte, Isabel Conde. Usted siempre rodeado de lo mejor.
R.- Ya lo creo. Me gusta y me interesa el arte. Pero mi mujer y mis hijos, más todavía (justo en ese momento aparece el pintor Víctor Pulido, y se abrazan).
P.- Vaya, veo que os conocéis.
R.- Claro, a él le conozco y le admiro. Fui vecino suyo y quería mucho a sus padres.
P.- Su mujer, Isabel fue profesora, que yo recuerde, en el Guzmán y Quesada. ¿Y sus hijos?
R.- Afortunadamente los tengo a todos cerca, a los hijos y a los nietos. Mi hijo es fisioterapeuta y mi hija abogado, pero se especializó en temas turísticos y en la actualidad es funcionaria, trabaja en el Patronato de Turismo.
P.- Se ve que le tira la tierra por todos lados por donde se mire. ¿Cómo fue su regreso a Huelva?
R.- Pues estaba muy bien en bodegas Crofft, pero cada vez que venía a Huelva, aunque fuera a pasar un fin de semana, me dedicaba a dejar currículos míos por todas las empresas. Por entonces se estaban instalando muchas empresas en la zona del Nuevo Puerto, o modernizándose y ampliándose. De modo que en una de ellas tuve la suerte de que me llamaran. Y en cuanto me dijeron ven, lo dejé todo.
P.- Fue en Aragonesas, donde acabó de director en funciones, y de ahí directo a la gerencia de la AIQB en unos tiempos muy complejos.
R.- Ni te lo imaginas. Grandes inversiones y un proyecto de descontaminación muy complejo. En el caso de Ertisa, Refinería y Aragonesas, quizás fue más sencillo el proceso. Muy costoso, eso sí, con unas cifras que asustaban, pero se pudo llevar a cabo. Todo dependía de las instalaciones, de los modelos de producción.
«No tuvieron mejor idea que la de nombrarme presidente de la IGP, de modo que mi vida sigue siendo un no parar»
P.- Y de la AIQB al laboreo de la tierra. Vaya cambio, ¿no?
R.- Fue paulatino. Mi padre fallece en 1997 y me tengo que hacer cargo de unas tierras que primero se unieron a las de mi madre y luego mi padre fue invirtiendo y adquiriendo todo lo que pude. Es la historia mía y de mi familia. Trabajo, sacrificio y constancia. Así que estuve sin parar hasta que me llegó la jubilación. O eso creía yo, porque otros labradores que, como yo, se dedicaban al garbanzo no tuvieron mejor idea que la de nombrarme presidente de la IGP, de modo que mi vida sigue siendo un no parar.

P.- Ahora acaba de dejar la presidencia de la Indentificación Geográfica Protegida, pero las tierras no se trabajan solas.
R.- Cómo lo sabes. Pero es algo apasionante, porque la fama del garbanzo de Escacena no para de crecer, y es menester continuar cultivando una legumbre de extraordinaria calidad. No se puede perder comba en un mundo tan competitivo como este del sector agroalimentario. Bueno, como este y como todos en realidad. Nunca he podido saber qué es eso del descanso, afortunadamente. Siempre he estado enamorado del buen trabajo. Esa quizás sea la razón por la que el trabajo, si te gusta lo que haces, y hagas lo que hagas, no sea una carga, sino una bendición. El futuro lo tengo todavía por escribir.
P.- Tengo delante a un señor elegante, con toda la clase que solo puede tener la gente sencilla. Se ha colocado el sombrero al salir a la calle, y en el camino de vuelta me pregunta sobre cosas de la historia de Huelva. Recorremos un par de calles y antes de despedirnos le pregunto por el futuro de Huelva, de su querida provincia.
R.- No puede ser mejor. Tenemos mucho trabajo por delante, pero en todos los sectores un futuro por el que trabajar, la industria, el turismo y por supuesto el sector primario, donde contamos con la más diversa, completa y extraordinaria despensa que se pueda uno imaginar, la más rica en el sentido más amplio de la palabra. Lograr un futuro mejor para nuestros hijos, para nuestros nietos, depende de nuestro trabajo de ahora. Necesitamos infraestructuras, por supuesto, necesitamos los mimbres, pero el canasto lo sabemos hacer. Los onubenses somos una gente estupenda y capaz.