Quedarse a vivir en el instante
En el episodio cuarto de la sexta temporada de Los Simpson, Homer y Marge llevan a sus hijos a Rascapiquilandia, donde tienen la suerte de disponer de 'La isla de los padres', un lugar en el que los adultos pueden divertirse mientras los niños se lo pasan de miedo en las atracciones.

Homer y Marge deciden entrar en un salón de baile donde siempre es Fin de Año. A ellos les resulta encantador y se lo dicen al camarero que les ofrece champán entre los acordes del clásico “Aud Lang Syne”:
--Debe ser maravilloso poder celebrar Fin de Año una vez y otra y otra… ¡es tan romántico!
--¿Sí? –contesta el camarero-- ¡Mátenme!
Mi amigo Eleuterio Padilla (nombre inventado) desea, dice, dejarlo todo y viajar por el mundo con una mochila a cuestas. Cada vez que ve una foto en Instagram de alguna localización exótica me suelta la misma milonga. El problema es que al 'Lute' le gustan mucho sus cervecitas al sol viendo la vida pasar, darse duchas calentitas y, además, odia los mosquitos y teme que alguien lo ataque en la soledad del campo, así que va posponiendo eternamente su presunta escapada mochilera. Mi sospecha es que no le gusta tanto viajar al estilo mochilero como la imagen mental que la publicidad, el cine y las redes sociales han ayudado a crear en su cabeza.
Mi amiga L dice que, si fuera por ella, viviría eternamente dentro de un videoclip de los 90, donde todo es como una película, “pero más corto”, usando aquí sus propias palabras. No puedo imaginar una versión más atroz del infierno, pero entiendo lo que quiere decir. Si pudiera, mi amiga L se quedaría para siempre viviendo en la sensación de euforia y juventud eterna que emana de los vídeos que veía en la MTV. Un empeño destinado al fracaso y a la frustración.
Una conocida comparte en sus redes sociales fotos de gente saltando en los charcos bajo la lluvia, junto a mensajes algo vergonzantes sobre sentirse vivos, la locura y esas cosas, pero, cuando caen dos gotas, se vuelve corriendo a casa para recoger la ropa del tendedero… aunque la foto es preciosa, las cosas como son.
Es lo que tiene quedarse a vivir en el instante: que la vida y nuestros momentos ideales no terminan nunca de ponerse de acuerdo. Forma parte del signo de los tiempos: nuestros patrones aspiracionales suelen estar basados en artefactos audiovisuales cuidadosamente diseñados para producir una reacción concreta, una reacción que descansa más en el señuelo publicitario que en lo que nos dicta el sentido común y la experiencia acumulada. Imágenes de manos entrelazadas y corazones palpitantes que nos recuerdan la magia del amor, pero que nos alejan del verdadero sentido de este, que se encuentra en el reconocimiento absoluto del otro ser y en el esfuerzo diario por construir la vida en conjunto y no en una publicación en redes sociales; fotos de gente en la cima de montañas, plenos de felicidad, que nos impelen a dar grandes pasos en nuestra vida, pero que olvidan el sacrificio y las penalidades sufridas por el alpinista para llegar a la anhelada cumbre. Fotos y más fotos, vídeos y más vídeos, cuyo ilusorio contenido crea un bucle de deseos insatisfechos, de anhelos posmodernos imposibles de cumplir para cualquiera de nosotros… PORQUE NO SON REALES.
Besarse bajo la lluvia es una magnífica idea, pero, después de un rato hay que largarse, porque el idilio romántico construido en nuestro cerebro se enfrenta con la tozudez de la húmeda e incómoda realidad. Mirar el mundo desde la cima de una montaña debe ser una experiencia milagrosa, no lo dudo, pero, para ello, debe uno, primero, subir, y más tarde, bajar, lo que implica un agotador proceso de preparación, entrenamiento físico, estudio del terreno, financiación, etc. Dejarlo todo atrás y largarte a recorrer el mundo con una mochila colgada a la espalda conlleva la aceptación de numerosos inconvenientes que no se visualizan en el” instante” y que van a suponer, con absoluta seguridad, un serio desafío a nuestros presupuestos iniciales sobre lo que creíamos que tanto nos gustaba.
Un instante es eso: un instante, un soplo fugaz, el latido del corazón de un colibrí, un estado momentáneo del espíritu donde no es aconsejable quedarse a vivir, ya que el lugar sobre el que se asienta es efímero.
Quedarse a vivir en el instante supone establecerse en el solar vacío del deseo insatisfecho, con efectos perniciosos sobre la misma concepción de nuestro lugar en el mundo. Disfruten ustedes del momento, vivan el momento, extraigan todo el jugo del momento, por supuesto; ustedes y yo sabemos que la vida son dos días, pero no se queden a vivir en él: no encontrarán más que una casa vacía, desangelada, donde solo hallarán el reflejo de un reflejo de un reflejo.
Recuerden a Homer y a Marge: por más romántico que pueda parecer celebrar eternamente el Fin de Año, al final, después de un tiempo, serán ustedes como el camarero que, hastiado, les tiende la copa de champán… ¡Mátenme!