Humanidad y ego

No es la primera vez que escribo sobre el ego. Como es sabido, no lo hago desde el punto de vista de un experto, sino desde aquel más común nacido de la experiencia de un ser ya inscrito en el título: la experiencia de un ser humano.

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He pasado por múltiples terapias en pos del crecimiento personal, he realizado muchas lecturas al respecto, incluido 'Un Curso de Milagros' (UCDM), atribuido a la psicólogo neoyorkina Helen Shucman, catedrática de Psicología de la Universidad de Columbia, N.Y.. Pero por encima de todo, mi principal testimonio es mis años inscritos en el dolor primero y en el sufrimiento después. Ya mantuvimos en su día que mientras el dolor es natural, el sufrimiento es sencillamente empecinamiento venido de la idea de que causa y efecto son cosas muy diferentes, cuando en realidad únicamente suponen dos caras de una misma moneda, como el significante y el significado o, de forma más sencilla, la forma hablada y el concepto que representa.

El ego, aunque algunos piensen lo contrario, en una anomalía en la psique del ser humano. Lo que el individuo persigue con la creación de esta máscara, es defenderse del exterior mostrando un aspecto seguro de sí  mismo, autodeterminado y diferente del entorno a la vez que adaptado al mismo.

Pienso que se puede apostar por unos mínimos egoicos que mantengan al ser real (el interior genuino de la persona), a salvo de un exceso de influencias invasivas y desenvuelto en el área social que le haya tocado en suerte. Pero mucho ojo porque ese mismo ego puede conducir a muchos, y de hecho lo hace, a la perdición personal y a la confusión de qué es la propia sustancia, nuestro origen y el sentido o sentidos de vida. Por eso, después de tanto tiempo, lecciones y escarmientos, torpezas, caídas y levantamientos, creo haber encontrado la fórmula más sencilla aunque, eso sí, plena de significado y compromiso personal. En occidente siempre la hemos tenido a mano pero, como casi todo lo evidente, dejamos de verlo hace tiempo.

Las enseñanzas del maestro Jesús de Nazaret, hijo de Dios y Dios mismo para muchos creyentes son suficientes. Y para muestra me serviré solo de las siguientes palabras: “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mateo 16:26, RVR60).

La apuesta por la negación del ego supone haber encontrado un significado a la vida y en este caso ese es el mensaje de Jesús, quien ya había dicho de sí que Él era el camino, la verdad y la vida. Juan 14:6, (misma versión). Esa fórmula indica que el  modelo de existencia que propuso Jesús hace ya más de dos mil años, era el adecuado para abandonar el ego dilapidador de nuestro auténtico ser y la aceptación de las realidades personales sin luchas vanas que solo conducen a la infelicidad y a la perdición.   

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