El misterio y el lado oscuro de Edward Smith: ¿cómo murió el capitán del Titanic?
Fueron muchas las leyendas que circularon sobre el oficial; la realidad es que su conducta tras el impacto fue ejemplar y que, según desveló el ABC de la época, se ahogó tras salvar la vida de un niño
Siete vergonzosas mentiras sobre la catástrofe del Titanic que creemos desde hace 108 años

Edward J. Smith, el capitán del Titanic, no era un cualquiera. A pesar de que su característica barbaza encanecida y su cara ancha le daban cierto aire de abuelo entrañable, la White Star Line lo consideraba uno de sus estandartes en los mares. Se decía que apenas había tenido que lamentar un par de incidentes en sus treinta y dos años de servicio en la naviera, y que habían sido de escaso porte. Y en 1912, diecisiete mandos y más de dos millones de millas navegadas rubricaban su currículum. Era, en definitiva, un marinero inglés sin mácula al que la diosa Fortuna se le cruzó en forma de iceberg en la noche del 14 al 15 de abril.
No fue hasta el encontronazo con el hielo del Océano Atlántico que comenzaron los chismorreos sobre su persona. De él se dijo había ordenado aumentar la velocidad del Titanic azuzado por los anhelos propagandísticos del propietario de la White Star Line, Bruce Ismay. También, que se había quedado bloqueado cual estatua de sal después de que el trasatlántico se diera de bruces contra el iceberg. Diantre, si hasta se publicó en los medios de comunicación que se había suicidado al ver que el 'Buque de los sueños' se hundía para siempre con alrededor de 1.500 personas en su interior. La realidad, como siempre, no fue ni tan blanca, ni tan negra.
Verdades y mentiras
Aquel tipo que Charles Lightoller, segundo oficial del Titanic, definió como «alto, de voz agradable y tranquila y una sonrisa envidiable» nació en Hanley, Inglaterra, en 1850. Religioso hasta el extremo, a los 13 años se trasladó a Liverpool para arrancar su carrera como marino. Ya nunca la abandonaría. Smith, curtido sobre las espaldas de veleros y bajeles de escaso porte, accedió a la White Star Line a las treinta primaveras y, tan solo siete años después, ya había recibido su primer mando.
A partir de entonces sentó sus reales en los puentes del Republic, el Coptic, el Majestic, el Baltic, el Adriatic y el Olympic. En todos y cada uno demostró su templanza y capacidad de mando, que ya es bastante.
Smith se convirtió 'de facto' en un icono de la época; un hombre que irradiaba serenidad y ofrecía paz a los pasajeros más ricos, que eran muchos. Le llamaban, y con razón, 'El capitán de los millonarios', pues había una extensísima lista de acaudalados pasajeros que se negaban a cruzar el gran charco si no era al abrigo de su barba. A cambio, se embolsaba un sueldo estratosférico de 1.250 libras anuales y otras 1.000 como bono si evitaba los accidentes. La clave es que conocía su fama de infalible, y sabía explotarla en entrevistas como la que ofreció a 'The New York Times' en el año 1907:
«Cuándo alguien me pide que describa mi experiencia de casi cuarenta años en el mar, siempre respondo que 'sin incidentes'. Por supuesto que ha habido vendavales de invierno, tormentas, niebla y cosas similares. Pero en toda mi vida en las aguas no he tenido ni un solo accidente del que valga la pena hablar».
La realidad, como siempre, era mucho más gris. Para empezar, los barcos bajo su mando habían encallado en 1889, 1890 y 1909. Y, cuando el calendario marcaba los años 1901 y 1906, los bajeles que dirigía, el Majestic y el Baltic, sufrieron una serie de incendios a bordo que a punto estuvieron de darle severos problemas. Y eso sin olvidar que, el 20 de septiembre de 1911, el hermano gemelo del Titanic, el mismo Olympic que lideraba Smith, se dio de bruces contra el buque de guerra HMS Hawke en la isla de Wight. Los daños que se produjeron en ambos navíos levantaron ampollas entre la White Star Line y la Marina. Aquello no impidió, sin embargo, que este icono fuese elegido para ponerse a los mandos del 'Buque de los sueños'.
Misteriosa muerte
Tras el impacto contra el iceberg, el capitán dirigió la subida de los pasajeros a los botes salvavidas de forma ejemplar. Fue escrupuloso: solo mujeres y niños. Sabía que, aunque el Titanic cumplía la reglamentación en cuanto al número de barcas que debía portar, no había suficientes para todo el pasaje. «Si cualquiera de estos buques, el Olympic y el Titanic, chocase con un iceberg, no tendrían botes más que para salvar a la tercera parte de los pasajeros», confirmó en una entrevista hecha unas semanas antes de la tragedia. Poco más se sabe a ciencia cierta de sus últimas horas de vida. Y otro tanto sucede con su marcha de este mundo, que navega todavía en el enigma.

Fueron decenas las teorías sobre la muerte de Smith. Hasta tal punto causó controversia, que ABC dedicó una noticia a esclarecer los hechos el 23 de abril de 1912: «Parece confirmado que el capitán no se suicidó». Este diario remitía al relato de uno de los supervivientes de la catástrofe, sir Cosmo Duff-Gordon. «Cuando las últimas lanchas se alejaban, un movimiento más violento del Titanic precipitó a su capitán en el mar. Un niño cayó al mismo tiempo que él. Al volver a la superficie el capitán lo vio, y cogiéndolo por sus ropas, le llevó nadando hasta la lancha más próxima», añadía el periódico.
Cuando el niño estuvo a salvo, y siempre según el relato de Duff-Gordon, los pasajeros pidieron a Smith que subiera también. Pero él siguió la máxima que había esgrimido hasta entonces: solo mujeres y niños. «No, mi sitio no está ahí», afirmó. Como los supervivientes no paraban de insistir, respondió que se agarraría a una tabla. «Se alejó nadando hacia su navío. A su lado flotaban varios maderos. Pero contra lo que había dicho, no se asió a ninguno de ellos. Quería volver a bordo y morir con su buque. Antes que llegase a él se hundió el Titanic, arrastrando en terrible remolino al heroico capitán Smith y a todos los bravos oficiales que había», añadía este diario.
En la actualidad, esta es todavía la versión más extendida sobre la muerte de Smith. Aunque existen otras tantas. Una de ellas la desveló ABC ese mismo 23 de abril de 1912: «La señora Widemer, que ha perdido en la catástrofe a su marido y a su hijo, afirma que el capitán se arrojó desde el puente al mar al mismo tiempo que el segundo de a bordo se levantaba la tapa de los sesos de un pistoletazo».