El Tesoro de la cocina andaluza
Cocción de las cañaíllas
Como los búsanos, que es como se les dice en Málaga a las cañaíllas, viven en aguas poco profundas, en fondos arenosos
Tarta de moras, fresas y almendras

Andalucía, una inabarcable despensa
Cañaíllas. Las cañaíllas, como los busanos, o búsanos que es como se les dice en Málaga, más bastos y a mi entender más ricos, viven en aguas poco profundas, en fondos arenosos. Es hermoso, hasta el punto de que un colega se llevó un par de ellas, ya consumidas, las conchas, para adornar, y allí las tiene, en la mesa de la entrada de su casa en la capital del reino. En fin, tienen seis vueltas, y responden a las leyes matemáticas que Fibonacci nos hizo saber, ya sabéis, todo eso de la medida áurea, la espina dorada o los fractales, total, que hacemos una serie infinita de números, cada uno de ellos suma de los dos anteriores y para qué os voy a contar. La sucesión de Fibonacci la tenemos en nuestros ordenadores, en las tendencias de la bolsa, la proporción aurea resultante es la que define justamente las medidas de nuestra tarjeta de crédito, y está presente en numerosas obras de arte. En la naturaleza también, en la disposición de las hojas de un rosal, en las alcachofas o en el girasol, en la tremenda formación de los huracanes, en los caracoles que tenéis en el plato al lado de la cerveza, o en las cañaíllas.
Son tremendamente predadoras, lo cual, para un profano como yo, es absolutamente inexplicable. Es de suponer que trinca a algún pequeño camarón despistado, y se lo lleva al interior de la concha espiral, un laberinto en el que el camarón morirá de aburrimiento, es de suponer. Os cuento todo esto porque no sé cómo incluir la palabra opérculo, que me encanta en este texto sobre las cañaíllas. Pues bien, resulta que una vez capturado el camarón, no el de la Isla, aunque ese también era cañaílla además de camarón porque era pequeño como un camarón, también le llamaban pijote, que es un pequeño cañón que se llevaba sobre la cubierta de los barcos de guerra y la palabra ha subsistido para definir cosas pequeñas, ya me entienden.

Pero volvamos al opérculo, palabra exquisita y con reminiscencias de lo que deseen vuesas mercedes. El opérculo es un cierre coriáceo con el que la cañaílla se encierra en sí misma y desparece del mundo terrenal, o en este caso acuático. Es tal como hacen los filósofos, que se encierran en sí mismos y ya no hay quien los entienda. De ahí que hoy se lea más a la ganadora de cualquier premio literario, sobre todo si la novela es una desfachatez que cumple con todos los requisitos políticamente correctos, que a Platón o a Schopenhauer. Bueno, a este menos, en el caso de que estemos hablando en el contexto de los números naturales, porque si incluimos el cero y los números negativos ya no estamos hablando de naturales, sino de enteros. Y a los enteros habría que acudir para cuantificar a los lectores de Schopenhauer en estos mismos instantes en el planeta Tierra. Así es la vida, qué quieren que les cuente, ¿hasta diez?
De las glándulas branquiales, la parte del final y más sabrosa, sacaban los fenicios el tinte púrpura. Luego los romanos siguieron haciendo este tinte a partir de las cañaíllas. A la gente de la Isla, a los de San Fernando, se les llama cañaíllas como a nosotros choqueros, a los de Málaga boquerones o a los de Ceuta caballas. Aquí cada cual tiene su referencia en la mar que nos une.
Elaboración
Ingredientes: Cañaíllas y sal.
1. Según indicaciones de Juan García, el del Zancolí, uno de los mejores cocineros que he conocido en mi vida. Agua abundante y un puñado de sal. En frío se echan las cañaíllas y se pone al fuego la olla. Cuando empiece a hervir, cuando salga la primera espumita y los primeros leves borbotones, se cuentan catorce minutos exactos. Se acabó. Se sacan las cañaíllas y cuando se hayan enfriado a disfrutar. Salen enteras, os lo puedo asegurar.