XXXIX Festival de Teatro y Danza de Niebla

Una versión sin Chispa

Crítica de 'El alcalde de Zalamea', de Pedro Calderón de la Barca, en versión de Jesús Peña

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La representación de 'El alcalde de Zalamea' en versión de Jesús Peña gerardo sanz / teatro corsario

Bernardo Romero

Muy bien recitado el verso, sin la menor estridencia, fluido y hermoso en las voces de actores experimentados que supieron moverse por el escenario con gracia y rotundidad, según exigencias del guion. Ay, el guion.

A la versión de Jesús Peña no es posible hacerle objeción alguna. Respeta las tripas de la obra, el trasunto del honor y, aunque no lo suficientemente explícita, se refiere, como no podía ser de otra manera, al más prosaico caso de las necesidades de una tropa que se la estaba jugando en las guerras de Portugal. Queremos hacer mención a esas cosas de las que lo políticamente correcto no suele atender, pero que Calderón en su obra sí que lo hace y además con un secundario esencial que en la versión de Jesús Peña puesta en escena por Teatro Corsario se obvia, la Chispa.

Soldadera, es decir, mujer para todo: costurera, cocinera o cantadora encantadora, todo lo que una mujer, en ese tiempo, como ahora, qué narices, puede ofrecer a un soldado cuya virtud se limita a disparar un mosquetón o alancear al enemigo. La Chispa, un personaje que en estos tiempos de ahora podría dar mucho juego, asiste a Rebolledo, canta con él, lo cual y de paso puede engrandecer cualquier versión de la trama calderoniana, es la compañera y otro contrapunto cómico junto a un Rebolledo que con ella tiene asegurado el desahogo sexual, no como otros, y si no que se lo pregunten al señor capitán, a don Álvaro de Ataide, que llegó a Zalamea (1) más salido que el mango de un cazo y por su mala cabeza no sólo no acabaría perdiéndola como habría preferido, sino que le apretaron el garrote vil, de villanos, hasta la muerte (2). En esto Calderón, al restar privilegios a la nobleza, resulta ser un actor sumamente democratizador en la sociedad de su época. Un adelantado a su tiempo.

A la versión de Jesús Peña no es posible hacerle objeción alguna gerardo sanz / teatro corsario

La obra, exenta de la parte más carnal, más apegada a la tierra, es tan de dominio popular que se pudo escuchar a parte del público rumorear levemente aquello tan conocido del patrimonio del alma, a pesar de que en estos tiempos, con la mitad de la población declarada no creyente (3), que el alma sea de Dios o de uno mismo, poco importa cuando el mundo científico conviene que el alma es una inextricable red de conexiones en el cerebro, todo un aparato eléctrico más sofisticado que la Torre Eiffel en el desfile del orgullo que el viernes pasado sustituyó al tradicional desfile de deportistas de todos los países del mundo. Menos Irán, claro está. En ese oscuro país una señora se echa el velo un poco para el lado y le meten dos tiros. Aunque el feminismo woke de esto no hable o hable muy poco. Curiosidades del mundo animal.

Mas no nos desviemos de lo que nos ocupa, porque la linealidad de la obra, cierto es, sin chispa, y sin la Chispa, se desarrolla con un muy buen verso, con un excelente movimiento de actores, que suplen el tremendo brete de andar supliendo la falta de escenografía, fiada casi exclusivamente en este montaje al hielo seco. Y aquí permítaseme un apunte: muy buena idea la de utilizar la puerta que la muralla descubre elevada en el fondo del escenario. Una simple celosía y una acertada iluminación resuelven, sin nada más, toda una casa solariega. El resto de decoración proyectada, como las cabezas de águilas, a nuestro entender están fuera de lugar y quizás sean innecesarias. Para poca salud, ninguna.

Los actores, a quienes se responsabiliza, en este desierto escenográfico con mínima utilería, del buen fin de la función, están más que bien, muy bien. La apuesta de Corsario Teatro y de Jesús Peña por ofrecer este desnudo Calderón, es ciertamente arriesgada. La representación está bien, el ritmo desde luego bien llevado, con momentos de tensión justo en los momentos en que la reflexión y la quietud de los personajes lo aconsejan. Al fin y al cabo, se han propuesto poner todas las fichas en el cero, sin arriesgar o, más bien, arriesgando todo.

Imagen principal - La representación está bien, el ritmo desde luego bien llevado, con momentos de tensión justo
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Imagen secundaria 2 - La representación está bien, el ritmo desde luego bien llevado, con momentos de tensión justo
La representación está bien, el ritmo desde luego bien llevado, con momentos de tensión justo GERARDO SANZ / TEATRO CORSARIO

Para este viaje calderoniano, en el que esta primera pluma del barroco español se atrevió a sacar a la luz de los escenarios, las miserias del arte de la guerra, las terribles consecuencias que a su paso dejaba una turbamulta de soldadesca con todo perdido, incluida el alma, en ellos aturdida por el alcohol y la ignorancia, que es pasión incontrolada, y pregunten de nuevo a don Álvaro, no a Rebolledo, personaje más cercano a la realidad, a la vida misma, tal como revela su cantar junto a la Chispa en la pieza de Calderón, o solo en la versión de Jesús Peña: «Vaya a la guerra el alférez / y embárquese el capitán. / Mate moros quien quisiere, / que a mí no me han hecho mal. / Vaya y venga la tabla al horno, / y a mí que no me falte pan». Resignación. El Siglo de Oro en la voz de las mentes más lúcidas de la época, se limitó a la resignación. Un siglo de miserias, tal como se observa en la obra más popular de pintores y escritores de esos duros años. Pobreza y calamidad que se sobrellevaron con resignación, ya que todo pertenecía al señor, menos el alma, eso sí, porque el alma solo es de Dios. Acabemos describiendo el tremendo siglo XVII con la voz de otro insigne poeta, el cordobés Luis de Góngora: «Traten otros del gobierno / del mundo y sus monarquías, / mientras gobiernan mis días /mantequillas y pan tierno. / Y las mañanas de invierno, / naranjada y aguardiente. / Y ríase la gente». Pues eso, lo dicho, ahora como en otros tiempos, resignación. Es lo que nos queda.

(1) Todos los detalles apuntan a Zalamea de la Serena, tal como apunta la cercanía de lugares que se mencionan en la obra, como Llerena, donde se encuentra el grueso de las tropas que Felipe II envía a Portugal para asegurar sus derechos a heredar la corona lusa, o Guadalupe, donde se hospeda don Lope de Figueroa. Es harto conocido el hecho de que en el antecedente de la obra, homónima y de Lope de Vega, no aparece alusión alguna ni a Llerena ni a Guadalupe, y por el contrario sí a dos personajes que Calderón elimina de su trama, Bartolo el de Berrocal, localidad que se encuentra al sureste de Zalamea, bajando en dirección a La Palma del Condado, y Juan Serrano, al que los historiadores han encontrado y documentado como regidor y alcalde de Zalamea la Real justo en tiempos de los conflictos sucesorios de Felipe II en los que ambos, Lope y Calderón, sitúan la obra. Es la versión de este último el que hace caer el argumentario regiozalameño, situando la escena sin el menor género de dudas en la otra Zalamea, la más serena.

(2) Cuando don Lope es informado de que su capitán ha sido ejecutado, se interesa por el modo o manera en que lo ha sido. Al enterarse de que el garrote vil ha sido el instrumento, muestra su rechazo y clama porque no le hubieran cortado el cuello, modo de morir más digno para un personaje que es nada menos que capitán, en ese tiempo coto para personas de noble cuna. La decapitación era privilegio de las clases nobles. Los verdugos eran premiados por los propios condenados, por sus deudos obviamente, si lograban hacer un trabajo limpio y de un solo tajo. A veces el verdugo no acudía al trabajo en las mejores condiciones físicas y mentales, necesitando varios golpes con el hacha para separar cabeza y tronco, siendo el condenado quien pagaba la falta de pericia del funcionario público. Los asistentes a la función teatral que en última instancia era una ejecución pública, se lo pasaban en grande. En la actualidad estos espectáculos se dan en muy pocos lugares, allá donde el fundamentalismo islámico impone sus regímenes de terror y miseria.

(3) Estadística pura y dura. Es exactamente el 47% de la población española la que se declara agnóstica, atea o simplemente que le importa bien poco esto de la religión, sea cual sea.

Ficha técnica

EL ALCALDE DE ZALAMEA

Teatro Corsario – Teatro Calderón (Fundación Mpal. Cultura Valladolid).

El alcalde de Zalamea, de Pedro Calderón de la Barca, en versión de Jesús Peña. Dirección: Jesús Peña. Vestuario: Lupe Estévez. Iluminación: Xiqui Rodríguez. Música: Juan Carlos Martín. Sonido: Xabi Sainz y Antonio Nó. Escenografía y proyecciones: Jesús Peña. Intérpretes: Carlos Pinedo, Blanca Izquierdo, Javier Bermejo, Pablo Rodríguez, Luis Heras, Raúl Escudero, Alfonso Mendiguchía y Teresa Lázaro.

Alcazaba de los Guzmanes del castillo de Niebla. Teatro accesible. Aforo: 900 localidades. Agotadas las entradas. 27 de julio, 2024.

Primera obra puramente teatral. Aplausos los justos e incluso pocos para lo habitual en Niebla, cuyo público es tremendamente agradecido al esfuerzo de la Diputación de Huelva por traer al festival una selección de lo mejor que se mueve en la escena española.

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