Martín Lagares, el hombre de las mil caras
El escultor palmerino prepara obras para cada pueblo del Condado, una estatua para Miss Whitney y una exposición en Nueva York
«Me siento con una libertad creativa que en un principio me parecía imposible alcanzar», señala
Afirma que los artistas «somos personas condicionadas por la necesidad de expresar algo, sí o sí»
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Incontables rostros miran sin ojos su vaivén nervioso y ágil por un taller donde se respira mucho trabajo al servicio del talento, mucha inspiración que ha sabido encontrar el modo de materializarse en arte. Esos seres tan inanimados como inmortales, con expresión de vida, cohabitan con su creador, que derrocha horas por allí sin una rutina específica.
El escultor onubense Martín Lagares (La Palma, Huelva, 1976) tiene obras repartidas por los cinco continentes. Nombra países en los que encontraron su destino, pero no acierta a calcular cuántas esculturas han salido de su alma, aunque estima que perfectamente más de mil. Es capaz de estar inmerso en la creación de hasta ocho proyectos a la vez y nunca dice que no a una oportunidad de afrontar un encargo como un reto. «Tengo una producción muy amplia. Trabajo muy rápido y nunca he tenido un listado ni nada parecido. En cualquier tarde puedo modelar tres-cuatro esculturas», declara a Huelva24.com.
Ahora mismo tiene una exposición en Berlín y en próximas fechas habrá una escultura suya relacionada con el vino en cada rotonda de entrada de los pueblos de la comarca del Condado, encargo de la Diputación de Huelva. El Puerto le ha confiado la creación de una estatua de miss Gertrud Vanderbilt Whitney, quien erigió el Monumento a Colón en la Punta del Sebo. Además prepara una exposición para el año que viene en Nueva York que podría compartir con el artista Gabriel Serrini, mientras que el compositor de bandas sonoras Carlos Liger se ha ofrecido a musicar un acompañamiento para sus esculturas.
Todos estos proyectos, y otros, salen de las manos del escultor palmerino pero también se gestan en las de Patricia Alarcón Osborne, artista, mujer de Martín y su representante, parte esencial del proceso. Hay un efecto multiplicador en su forma de mirarse, en cómo encajan las piezas de una vida compartida con sueños tan elevados como los techos de una bodega. «Me da una libertad creativa tremenda», resalta de su compañera, que procede de una familia con gran tradición artística, que conoce su lenguaje y el funcionamiento del mercado.
Don de fluir
«Con 14 años me tropecé con un trozo de barro y ahí empezó todo», describe Martín Lagares sobre cómo nació su vocación junto a su maestro, Joaquín Moreno Daza. «Empecé a modelar y cuando me di cuenta tenía encargos y han venido uno tras otro hasta hoy. Fue una suerte», manifiesta un artista que tiene una relación natural con su don. Simplemente lo deja fluir en un presente fijo y brilla como una estrella en el firmamento. «No había tradición artística en mis padres y sus familias, pero he tenido siempre mucho apoyo por parte de ellos», dice sobre unos pasos que le llevaron a estudiar tres años Bellas Artes en Sevilla, donde llegó a estar «cansado de tanta formación clásica» y buscando «algo más» acabó sus estudios en Cuenca, punto en el que el arte contemporáneo llegaba «a otros niveles». «En Sevilla acababa en Picasso y allí empezaba en él», apunta.



En la amplia nómina de esculturas que salieron de su taller, cuando se le pide recordar las que le generaron más satisfacción, nombra el monumento a la mujer marinera de El Rompido, el de Washington Irving de La Rábida, el Quijote de Gibraleón, el toro de Miura del pueblo sevillano de La Campana… pero interrumpe su enumeración. «No me gusta regocijarme en lo que hago. Prefiero mirar hacia adelante. Lo mejor está por venir siempre», resalta.
«El olvido es el triunfo que siempre llega. Es importante sentirse desarrollado como persona y me puedo regocijar en hacerle hecho un retrato a Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura y un señor fantástico. Es algo que no olvidaré nunca, pero no me puedo quedar en eso. Es pasado. Hay que disfrutar el presente», opina Lagares, que agrega que «nos perdemos en el pasado y el futuro y obviamos el presente, que es lo único que tenemos», exterioriza antes de citar a Juan Ramón Jiménez y su verso «no soy presente sólo, sino fuga raudal de cabo a fin».

«Creo que hay un punto importante en el arte, y al que no es fácil llegar, y es no pensar»
Martín capta en segundos las facciones principales de un rostro y materializa una expresión con alma. Parece un truco de magia en el que en lugar de una paloma aparece un rostro humano. Lo hace sin usar apenas herramientas ni pergeñar bocetos. «Creo que hay un punto importante en el arte, y al que no es fácil llegar, y es no pensar. Considero que es contraproducente y hay que dejarse llevar por las circunstancias, el momento y la obra. Creo en afrontar la obra sin pensarlo, fluyendo. No pensar es un triunfo, la felicidad del ignorante que decía Unamuno», explica y recurre al símil de la música, como una improvisación de jazz. «Requiere una destreza que se adquiere con el tiempo. Por muy tópico que suene la experiencia, como en todo es importantísima», sostiene.
«Me gusta no profundizar en el detalle y quedarme con la fuerza de la expresividad de un rostro»
«Me gusta no profundizar en el detalle y quedarme con la fuerza de la expresividad de un rostro. Tenemos la tradición andaluza barroca en la que popularmente se valora una terminación del arte muy relamida, muy acabada, y mi forma de expresión no tiene nada que ver con eso. La piel humana no es lisa y el ser humano no es una estatua, tiene rasgos en movimiento. Captar la fisonomía es más que fijar un momento concreto», detalla sobre su concepto expresionista y pone sobre la mesa a artistas como Mariano Benlliure, Rodin, Alonso Berruguete, El Greco… «Hay un toque nervioso que vibra. No interesa el punto concreto sino el ambiente», describe.



En posibles objetivos escultóricos no se ve apuntando a ningún personaje histórico, más allá de los ya retratados, pero reconoce que un monumento del tamaño del Cristóbal Colón de Whitney «seria un reto. Tengo piezas de cuatro y cinco metros de altura, pero así sería guay». Admite también que «por deformación profesional» los lugares que contempla «me piden esculturas», pero entiende el desafío más como un encargo en el que tiene que adaptarse a los sitios concretos planteados. «Lejos de ver el encargo como algo que te condiciona le veo el punto positivo para llevármelo a mi terreno y expresar mi arte», declara.
«Directamente nunca he dicho que no a un encargo. No creo que haya algo que de primeras diga que nunca haría, aunque no vaya con mi forma de pensar. Siempre será un reto y no soy nada dogmático. No entro a valorar», admite. Por ejemplo, no es taurino pero ha «disfrutado muchísimo» con encargos para toreros como Morante. «El toro tiene una riqueza estética que pocas cosas tienen», apostilla.
Su expresión es un torrente inagotable y se ve «con cinco, seis, siete y ocho trabajos a la vez», dice mientras cuenta en un giro de 360 grados por su estudio. «Depende del momento y de la historia», matiza, porque aunque modela rápido, cada escultura requiere un proceso posterior «más lento y trabajoso», que pasa por los moldes y el horno. «No tengo un día igual a otro. Trabajo mucho pero sin una rutina marcada. Hay días que estoy en el taller una hora y otros 10. Todo es en función del trabajo y las circunstancias», apunta. «Mi obra más personal últimamente juega más con los colores y otros materiales como la resina», atestigua.
Un nombre en un arte minoritario
Lagares considera que la escultura es un arte «más minoritario y el público tiene menos tradición de comprarla o contemplarla», pero subraya que tiene «una riqueza formal que pocas artes tienen. Las tres dimensiones y el volumen es capaz de expresar más».
Aún ahí ha conseguido hacerse un nombre. Del boca a boca a las redes, son las vías en las que se ha hecho popular un artista que ha labrado sus prestigio con exposiciones y premios. «Al principio veían mi trabajo y se fue corriendo la voz. He ido haciendo muchos monumentos. Ahora con las redes sociales me conoce mucha gente también y quien mejor habla de ti es tu trabajo», señala.
Una de las piezas que más aceptación tienen son las que representan un beso, como símbolo del amor más allá del acto físico de dos bocas que detienen el tiempo en sus labios. «Tengo una serie muy amplia, en muchos formatos y materiales y se venden muy bien porque todo el mundo se ve reflejado. Incluso cuando alguien no tiene un gusto especial por el arte o la escultura lo compra». Sus besos han viajado mucho y además de la vendidas, «por gusto» las instaló en diferentes puntos de Huelva, Sevilla, Madrid, París… «Hace tiempo que no hago nada de eso», revela.
«El poder expresivo que tiene la música no lo tiene ningún otro arte»
«Hago de todo. Conjuntos escultóricos de toda una familia en diferentes formatos, retratos personajes o en pareja…», dice encargos que reflejan un deseo de posteridad y transcendencia sobre el tiempo que no tiene el autor detrás de estas obras. «Cualquier oficio es una experiencia personal y una búsqueda de uno mismo y lo que se adapta a mi forma de ser no tiene que valer para otro. Lo de cada uno es algo intransferible. Puedo enseñar técnicas, no tengo inconveniente y no es por egoísmo, pero creo que es algo muy personal y cada uno tiene que encontrar su camino».
Al respecto afirma que no tiene en su descendencia interesados en seguir sus pasos. «Mis hijos no tienen interés en el arte. En casa del herrero cuchillo de palo. Cinco son músicos y lo valoro porque considero a la música como algo superior a la escultura. Es el arte del momento. El poder expresivo que tiene la música no lo tiene ningún otro arte», recalca. Es muy melómano y le gusta mucho el jazz, el rock, el flamenco… No toca ningún instrumento ni tiene interés en aprender. «No tengo la inquietud de hacer muchas cosas», dice alguien con un mundo interior más que especializado.
«Me siento un privilegiado por vivir de lo que me gusta, pero creo que se puede vivir de cualquier cosa que te guste si trabajas con interés. El mundo es muy pesimista y a nadie le gusta arriesgar. La vida es eso», proclama.
En el mejor momento
Tiene muy claro sus principios. «Creo en la evolución constante, en la continuidad. Estoy en el mejor momento de mi vida porque me siento con una libertad creativa que en un principio me parecía imposible alcanzar», afirma con convencimiento el artista palmerino, que es consciente de su capacidad y de su voluntad no dejar de crear.
Al respecto, comparte que «el arte es una búsqueda de uno mismo como ser, como persona, como individuo. Puedo hacer cualquier cosa que me ponga entre manos sin que nada me condicione y siendo capaz de sacar lo mejor».



«Hay que ser sublime sin interrupción», señala citando a Baudelaire. En su caso «la inspiración siempre viene. Puedo venir de un día cansado y sin ganas de nada. El otro día estaba reventado y salieron cuatro piezas de una nueva serie de figuras femeninas», comparte.
El poder de las redes sociales
Martín Lagares es artista en su taller y a la vez en Instagram, donde sube videos trabajando. «En las redes sociales percibo que hay mucho interés por el proceso creativo. No suelo tener fotografías de cada paso y en las redes hay un interés mayor por el proceso creativo que por la obra final», señala.
«Las redes han democratizado el arte»
«Entiendo que las redes han democratizado el arte. Antes para los artistas era indispensable un buen contacto, un galerista, un agente… Ahora todo el mundo puede ver tu trabajo, hagas lo que hagas tienes un hueco. Eso antes no ocurría», argumenta e indica que ahora «se abren nuevas oportunidades que rompen con la tiranía y la dictadura de los agentes culturales y se puede llegar sin ellos donde quieras». Añade que «más que nunca se premia la creatividad».
Lagares considera que «vivimos una época muy ecléctica, donde todos los movimientos artísticos tiene cabida» y valora que «el arte no ha vivido ningún momento tan espléndido como actualmente. Mucha gente se queja pero puedes tener tu eco, hagas lo que hagas y vivas donde vivas». Resalta que «es algo histórico, porque antes se estaba muy condicionado por dónde se vivía y si lo que hacía encajaba. Ahora da igual todo eso. Puedes expresar lo que quieras y trabajar en La Palma y vender a todo el mundo».
No le preocupa que las redes se llenen de impostores o artistas sin talento. «Creo que hasta para ser impostor hay que tener arte. No me da coraje. No voy juzgando a los demás. Que cada uno haga lo que quiera. Yo bastante tengo con lo mío», admite y añade que «tengo amigos que sí entran en valorar y cuestionar a otros artistas, que me parece fantástico, pero soy de la opinión que cada uno haga lo que quiera».
«Lo que valoro mucho es el pellizco de la obra, que te emocione con una primera impresión»
Eso sí, Lagares tiene claro qué es lo que sirve como elemento discriminador para identificar lo que le gusta. «Lo que valoro mucho es el pellizco de la obra, que te emocione con una primera impresión, No soy de analizar. Está todo en una primera mirada, aunque muchas veces no sepas lo que estás viendo».
También establece que «algo que caracteriza al artista es la necesidad. Un profesor decía que el arte nace de la necesidad. Los artistas somos personas condicionadas por la necesidad de expresar algo sí o sí. No puedo dejarlo pasar». Asimismo, también defiende que «no todo el mundo tiene que tener algo que decir ni que ser artista».
No obstante, le parece claro que «todo el mundo busca la aprobación de lo que hace», pero cree que en este momento es «algo que me da igual. Será que tengo ese punto de madurez en el que lo que valoras son las cosas cotidianas del día a día». Relacionado con esto, tampoco cree en la envidia «porque no lleva a ninguna parte». «Si a algún compañero veo que le va bien me alegro y los triunfos de mis amigos los siento como míos también».
No es de dar consejos y cree que haya más secreto para hacer camino como artista o en la ocupación que sea que «trabajo, trabajo y trabajo». «Hay que ser ambicioso, inquieto e inconformista. La gente se conforma con muy poco y en las redes sociales también es fácil aletargarte mirando y quedarte en un estado de pasividad. Hay que luchar».
Con su espíritu, con su pulsión vital, Martín Lagares seguirá fluyendo en cada obra, captando una expresión que atrapará incontables miradas. Entre sus manos está la distancia entre el barro y un monumento.