Una producción del Grec y Atalaya teatro

La historia interminable

Ricardo Iniesta ha realizado y puesto sobre las tablas una impecable versión de la obra de Weiss

Tenemos que hablar

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Un instante de la representación de la obra Marat-Sade
Bernardo Romero

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En 1963, con los recuerdos terribles y las devastadoras consecuencias de la II Guerra Mundial aún en la retina y en la vida diaria de los europeos, Peter Weiss escribe La persecución y asesinato de Jean-Paul Marat representada por el grupo teatral de la casa de salud mental de Charenton, tomando como referencias el teatro de la crueldad de Antonin Artaud (1) y la denuncia social de Brecht (2). Era necesario entonces que los europeos nos habláramos sin tapujos del horror de la guerra, de la crueldad del hombre contra el hombre y, lo que era aún más necesario en esos decadentes años, denunciar los totalitarismos que habían conducido a Europa al desastre. Millones de muertos después, en una Europa reconstruida que de nuevo se intenta autodeconstruir, el horror sigue presente en nuestras vidas abriendo las noticias en los medios de comunicación.

Más de medio siglo después de que la obra de Weiss fuera llevada por vez primera a un escenario, Ricardo Iniesta ha realizado y puesto sobre las tablas una impecable versión de esta tragedia interminable, dejando bien visible el enfrentamiento entre dos maneras de entender esto tan ridículo que llamamos existencia humana, la liberación individual o la colectiva. Ahí justamente está la cuestión. La obra representada por una compañía tan brillante como Atalaya, no despeja las dudas y prefiere dejarnos a los espectadores la elección. O no, porque bien podría ser ninguna en estos tiempos que inexorablemente nos conducen a los más felices y dichosos de los pensamientos estoicos. Ya saben, quítate de ahí que me estás tapando el sol.

Actores absolutamente metidos en el papel, papel de locos h24

Lo más conveniente va a ser dejarnos de gaitas y centrarnos en una representación que, calificándola de magnífica, igual nos quedamos cortos. Actores absolutamente metidos en el papel, papel de locos, además, pero siguiendo un ritmo que lleva, al margen de la campana del señor director de la casa de salud mental, desde momentos de alta tensión hasta los más impactantes silencios. Afortunadamente siempre aparece el señor de Sade poniendo cordura sobre la escena, actor que toma la batuta de la representación desde el primer momento, con permiso de la genial presentadora, quede claro, primer personaje en aparecer para anunciar lo que se nos iba a venir encima, todo un golpetazo de realidad curtido en los interiores de un frenopático que abarca extensiones de terreno que, como todos sabemos, van mucho más allá del pequeño recinto de Charenton. Esta mañana misma, al abrir el ordenador, he podido ver, que no leer por prescripción médica, las noticias en varios periódicos digitales. Suficiente. El mundo, como la historia, o la vida que diría Julio Iglesias, sigue igual.

Es reconfortante encontrarse con escenografías tan bien trabajadas, con todo un aparataje de escena, potente no sólo en los golpes, secos y duros, como la obra, que también, como es igualmente agradecido para el espectador la excelente iluminación que nos permite disfrutar de un vestuario que forma parte del conjunto de esa escenografía tan bien trabajada, desde la más menuda peluca hasta la larga caballera del señor de Sade, de la que tanto uso, buen uso, hace. Y no podemos acabar sin hacer mención del tono de musical de este Marat-Sade. Números justos, ni muchos ni pocos a mi entender, agradecidas y corales pausas musicales para descansar de tanta tensión, de tanta realidad que, viendo estas obras, deja de abrumarnos al ver, al comprobar, que en este ridículo mundo sobreinformado y minusformado, no estamos, afortunadamente, solos. Ayer ocupamos algo más de media entrada en el hermoso coliseo de la calle Vázquez López, fuera estaba la iluminación y el bullicio de una ciudad que, como todas las ciudades del mundo, asiste impasible a la misma función de teatro de siempre. La historia interminable.

Es reconfortante encontrarse con escenografías tan bien trabajadas h24

(1) Recuérdese Van Gogh, el suicidado por la sociedad, de 1947 y con edición en español de Argonauta fechada en 1971, extraída subrepticiamente de los anaqueles más altos de la librería de casa y que compartíamos a escondidas, con miedo y temor en los salones de estudio del colegio.

(2) De Bertold Brecht hemos podido asistir en estos últimos años a La Ópera de los tres centavos en Niebla, y hace ya demasiado tiempo por lo que ahora lo vemos hasta con ternura, La irresistible ascensión de Arturo Ui, que un político al uso, en la presentación de la temporada del Gran Teatro de aquel año, nombró como la irresistible ascensión de Arturo Sexto. Entonces nos echamos unas risas, ahora, ya os digo, visto lo visto lo vemos hasta con cierta compasión o comprensión, ambas cosas tremendamente odiadas por Antonin Artaud, miren ustedes por dónde y ya que vamos de locos.

Ficha técnica

MARAT-SADE, de Peter Weiss. Dirección y adaptación: Ricardo Iniesta. Escenografía: Pepe Távora. Iluminación: Alejandro Conesa. Música: Luís Navarro. Vestuario: Carmen de Giles. Caracterización y peluquería: Manolo Cortés. Reparto: Jerónima Arenal, Manuel Asensio, Carmen Gallardo, Silvia Garzón, María Sanz, Enmanuel García, Raúl Vera, Lidia Mauduit y Joaquín Galán.

Gran Teatro. Aforo: 644 localidades (Algo más de media entrada); 29 de noviembre, 2024. Una pobre entrada para toda una referencia del teatro español, los andaluces de Atalaya son un clásico indispensable para entender la historia del teatro contemporáneo en este país y hasta fuera de él. Exclusivamente público entendido y teatrero, entre ellos José Luis Ruiz, quizás el único onubense que pudo ver el Marat Sade de Peter Weiss en versión de Alfonso Sastre y dirigido por Marsillach en 1968.

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