CARTA AL DIRECTOR
Un médico a caballo
En mi lejana infancia viví varios veranos inolvidables en un apacible pueblo marinero de la costa atlántica andaluza.
En aquella época los paraísos no estaban lejanos y, en consecuencia, no era necesario desplazarse a tres o cuatro mil kilómetros de distancia en busca de la felicidad. Ni la vía férrea ni la carretera, ambas inexistentes, ponían en peligro la placida existencia de la pequeña comunidad de pescadores, pues la única manera de llegar o de partir, como si de una ínsula se tratase, era por mar atravesando en algo menos de una hora la amplia ría onubense a bordo de unos barquitos popularmente conocidos como las canoas.
Arena finísima por todas partes, varias docenas de casas para alquilar a los veraneantes, blancas, modestas, con marquesinas cuajadas de flores; unos cuantos bungalós en la playa asentados sobre pilares de madera construidos a finales del siglo XIX por la Compañía Minera de Riotinto para los ingenieros ingleses; algunos chalets y mansiones de mayor prestancia en la ría junto al club Marítimo, pero ningún yate, excepto el del torero el Litri que se dejaba ver de vez en cuando. Una iglesia, tan blanca como las casitas, el hotel-casino La Esperanza cerca del muelle de las canoas, un cine de verano, tres o cuatro bares próximos a la cofradía de pescadores, y la sobria hospitalidad de las gentes marineras. En tan poca cosa consistía la oferta lúdica. Ni calles asfaltadas, ni coches, ni motos, ni televisores aunque, la verdad sea dicha, no encontrábamos a faltar los refinados placeres de la civilización, quizás porque muchos de ellos solo los conocíamos por referencias. Así sintetizó aquellas sensaciones de manera magistral el doctor Gregorio Marañón en 1958:
“La Isla Cristina y la playa de Punta Umbría son como riberas trascendidas del simbolismo del mar, lugares para volar en las alas del sueño y no tierras firmes con caminos para donde ir a ninguna parte”.
Este idílico panorama se veía turbado de vez en cuando por algún breve percance en forma de anginas febriles, gastroenteritis aguda, golpe de calor o golpe de juego lo que me obligaba, muy a mi pesar, a guardar cama. En tales circunstancias, mi madre daba aviso para que pasara por casa a Don Emilio, el médico del pueblo. Lo recuerdo como una persona afable, siempre en mangas de camisa, de mediana edad, moreno y con espeso bigote. Pero lo que realmente me fascinó de él desde el primer momento fue que montaba un hermoso caballo alazán para hacer el diario recorrido por el domicilio de los enfermos.
Si me permito relatar esta vivencia es porque considero que pocas personas de mi generación, y por supuesto de las posteriores, han recibido la visita de un doctor con botas de montar y, sin embargo, durante centenares de años el caballo fue fiel compañero de fatigas del médico rural, ayuda inestimable para llevar un poco de consuelo a los pacientes aislados en lejanos parajes, motor de las primeras ambulancias, e incluso me atrevería a afirmar que contribuyó de manera significativa al desarrollo de la Medicina ya que los sueros heterólogos obtenidos por inmunización de caballos con bacterias, o con sus toxinas, han prestado grandes servicios en el tratamiento de la difteria, del tétanos, de la rabia y de otras enfermedades infecciosas. Por si no fuera suficiente, en un caballo midió por primera vez el clérigo y fisiólogo británico Stephen Hales en el siglo XVIII la presión arterial mediante un largo tubo de vidrio insertado en una de las arterias carótidas del animal, constatando con asombro que la sangre ascendía hasta una altura de nueve pies (aproximadamente 2,70 ms).
Eran otros tiempos, en los que se establecía una entrañable relación de mutua necesidad, de apego, incluso de amor entre médico y corcel, totalmente distintos a los actuales caracterizados por la masificación de las consultas, por los rápidos desplazamientos en ambulancias o helicópteros hasta los abarrotados servicios de Urgencias de los hospitales y por UCI desbordadas.
En algunas ocasiones, en esos días en los que la presión asistencial me desbordaba, no sé si como válvula de escape o por una extraña asociación de ideas, me venía a la memoria el recuerdo de Don Emilio. Me tomaba un respiro, entornaba los párpados, y desde alguna recóndita zona de mi cerebro surgía con nitidez la imagen ecuestre del médico alejándose poco a poco por las dunas de El Cerrito bajo un sol abrasador apenas amortiguado por la sombra tamizada de los pinos. En eso, cuando jinete y caballo estaban a punto de perderse en la distancia, aparecía un chiquillo descalzo rociado de mar y de arena, llamándole a gritos y agitando los brazos en un intento desesperado por detener la marcha. Pero el esfuerzo era inútil y, como si de un espejismo se tratara, la visión se iba difuminando lentamente acabando por desaparecer por completo allá donde el horizonte se confunde con el deseo.
Jesús Sauret Valet