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Javier Berrio
Viernes, 10 febrero 2017 | Leída 125 veces

Involución animal

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Me cansa dar nombres propios. Además, resulta inapropiado porque aprendido lo aprendido, todos formamos parte de la misma mente común con lo que, la crítica o el juicio hacia un semejante, es un juicio hacia uno mismo. Por otro lado, es estrictamente imposible que hagamos valoraciones claras por cuanto siempre nos faltarán elementos de juicio.

Pero como todos experimentamos el mundo de la forma, habrá que decir cosas al respecto. Imaginemos por un momento que pudiésemos abstraer del conjunto social a aquellos elementos que han hecho de la política su profesión. En principio, nada que objetar aunque, como sostenía junto a algunos otros hace años, el convertir la política en profesión abre la posibilidad de que devenga en negocio, como así ha sido y con las consecuencias por todos conocidas.  En todo caso, me estoy refiriendo a los políticos del Estado español porque, aunque en todos lados cuecen habas, los hiperbóreos nos llevan mucha ventaja en su proceso evolutivo.

 

Lamentablemente y a la vista está, los políticos de aquí emplean su tiempo en peleas eternas entre ellos y no tanto por las ideas, como quieren hacernos creer, sino por ostentar direcciones partidarias que les sitúe en buena posición para su ensoñación de asalto al poder. Podríamos definir esta situación como un uso inapropiado del cuerpo, teniendo en cuenta que en ese cuerpo se incluye el cerebro, los pensamientos, sentimientos, emociones, etc. Son cuerpos empleados para el ataque en vez de para funciones propias de aprendizaje y servicio público. Las eternas discusiones envenenadas entre ellos –y vuelvo a recordar que conforman un único corpus-, les convierte en enemigos de si mismos, primero y de aquellos a los que tendrían que servir, después.

 

Esa especie de nebulosa informe y primaria se encuentra en franca regresión animal y, por lo tanto, no está capacitada para identificarse a sí misma en función de sus objetivos personales y mucho menos en el más abstracto de servicio público. Por lo tanto, ¿qué se puede esperar de ellos como elementos genuinos para la Administración del Estado? Nada. La otra parte del conjunto, aquella destinada a ser representada (¿) por estos anfibios evolutivos, tampoco está mucho mejor situada por cuanto sigue pensando que de la nube de confusión de los políticos a la gresca, saldrá alguno con capacidad de gestión y desprendimiento personal para la ayuda a los otros.

 

Con el paso del tiempo, la prueba de que no hay solución para sociedades de esas características se muestra más y más evidente y, sin embargo, pocos quieren verlo de esa manera porque ello supondría la salida de la zona de confort de cada cual para pasar al amejoramiento personal. ¿Cómo es posible que con la mejora del acceso a la educación de cada vez más ciudadanos las cosas hayan empeorado desde la transición política hasta aquí? Fácil. La elevación de ídolos como el dinero y el poder por el poder al pleno poderío social, como diría Ortega, nos ha traído hasta aquí y, mientras tanto, el mal uso dado a las nuevas tecnologías, dedicadas al empobrecimiento personal y la amoralización individual –un hedonismo sin pies ni cabeza-, ha terminado por abundar en ello. Quien quiera participar en cambiar las cosas ya sabe lo que tiene que hacer: entregarse al cambio personal hasta que la masa crítica sea suficiente y se produzca un salto cualitativo en la consciencia de la especie.

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