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Javier Berrio
Martes, 31 enero 2017 | Leída 107 veces

Nacionalismo radical

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Lo sé, lo sé; el nacionalismo es malo per se. El nacionalismo trae dolor y exclusión, separación y pérdida y es extremadamente egoísta. Conozco el discurso y sus argumentos y manifiesto mi absoluto respeto por ellos. No obstante, y creo que es bien sabido, no participo de esas ideas desde hace muchos años, cuando comprendí que no es justo que en aras de una unidad mayor feliz en su sentimiento unitario –nacionalismo manifiesto (¡), algunas tierras –su gente, naturalmente-, se vean en desventaja con respecto a otras o al conjunto.

Está claro que hace tiempo he claudicado de casi todo mi interés por lo público en vistas del manoseo que los partidos políticos, tanto viejos como nuevos, hacen de su escasa representatividad en las instituciones, con una ley electoral partitocrática y no de elección directa. Pero dentro de ese desinterés, no obstante, me sigue preocupando lo nacional, el estado de cosas en Andalucía, ya que es a lo que me refiero cuando digo nacional. ¿Tiene Andalucía sentimiento nacional o al menos, nacionalista? Aparentemente, no. Fracasado en su momento el movimiento andalucista por la mala administración que sus cargos electos hicieron de los votos, parece como si la preocupación no existiera. Sin embargo, mi intuición me lleva a pensar que una oferta nacional clara y radical en sus postulados nacionalistas, sería bien acogida por un sector del electorado y que una praxis limpia, comprometida, combativa y reivindicativa, a la vez que posibilista y pedagógica, haría aumentar el número de simpatizantes y votantes rápidamente.

 

La verdad es que a pesar de haber razones identitarias e históricas más que suficientes, el nacionalismo andaluz habría de partir de la idea de que cuarenta años de autonomía no han servido para demasiado al haber sido administrada permanentemente por el mismo partido y por ser ese partido de carácter manifiestamente españolista. No hay más que observar cómo se comporta la actual presidenta de la Junta de Andalucía en su labor, más preocupada por lo que pueda suceder en la secretaría general de su partido y en la presidencia del gobierno del Estado, que en la solución de los problemas nacionales andaluces. Y, créanme, así no. Con la interpretación y desarrollo que se hace del actual Estatuto y sin un marco posterior de superación del mismo que dé a los andaluces capacidad para decidir qué fórmula de relación desean mantener con el conjunto del Estado, Andalucía no progresará.

 

El nacionalismo radical en el que creo, es desarrollista y superador de las estructuras obsoletas en los terrenos de la industria, la economía y la empresa; la educación, la cultura y la poca eficacia de las políticas sociales, porque deja de lado a los administrados a favor del relumbrón de la Administración misma. Pero, ojo con lo ideológico, porque el nacionalismo andaluz no tiene por qué ser de extrema izquierda, ni tan siquiera de izquierdas, sino independiente, buscando para cada necesidad su solución más eficaz. Y ya que fueron tantos los pueblos que pasaron por nuestra tierra, no hay que reclamarse de unos más que de otros y tener claro que el sueño arabista de un Al-Ándalus tan lejano como imprudente hoy en día, no es ni de lejos realista. Como en la vida de las personas, lo único importante es qué se es ahora y lo que los andaluces somos es europeos meridionales marcados por la tradición humanista y cultura cristiana, lo que no hay que identificar con aspectos religiosos, sino filosóficos y de forma de vida. Pero, piénsenlo y verán que sí, sin nacionalismo no hay desarrollo real. Miren a otras tierras y verán.

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