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Manuel García
Sábado, 10 diciembre 2016 | Leída 102 veces

Nuestra torre de Pisa

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Andalucía tiene su propia torre de Pisa (por sus silgas en inglés, el Informe del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes), la educación. Ese edificio torcido en todos sus ángulos y aristas sociales que sigue en pie pero no remonta. Se ha convertido en parte de nuestra identidad como región, una rémora que arrastramos y que nos mantiene presos de nuestros estereotipos.

Es nuestra asignatura pendiente, una de ellas en realidad; no habría septiembres suficientes para limpiar el expediente de borrones. Volvemos a catear sacando las peores notas y siendo señalados como los más retrasados del  curso. El huerto de calabazas que cosecha nuestro sistema de aprendizaje se superpuebla cada año sin que broten frutos académicos. Ni ciencias ni matemáticas ni comprensión lectora... la región no aprueba ni el recreo.
 
La Lomce es el compañero tóxico de pupitre que impide a la educación ser un estudiante modelo, el que torpedea, distrae y condena al fracaso escolar, que desemboca en el absentismo y el abandono definitivo. Mientras, el hermano mayor, el matón, le roba la paga cada día, le deja sin recursos y sin los medios suficientes para su formación. El interés por la formación desaparece y el mercado laboral tienta abriendo una puerta de no retorno, atractiva por la luz cegadora de un sueldo a corto plazo, pero que dirige a un callejón sin salida y un pozo de precariedad que termina secándose y aboca al desempleo crónico.     

 

Cuando un Gobierno recorta en sanidad y educación como si de dos retales se tratara, la manta no da para tapar la cabeza y los pies, por más que quieran vendernos un sayo con remiendos. El sistema acaba resfriado y preguntándose por qué. Sin embargo, el debate sigue centrándose en aspectos como la pertinencia o no de mandar deberes los fines de semana a los alumnos o bombardear a reválidas en el Bachillerato.   
   
Aunque también existen factores como el poder adquisitivo o el nivel cultural en el núcleo familiar que inciden directamente en el rendimiento y aprendizaje de los estudiantes, que es un elemento más intrínseco. En la mayoría de las casas no se cultivan las ciencias ni las artes, no existe hábito de cultura y no se familiariza desde la cuna con la inquietud de investigar a través de los libros. Tampoco se encauza internet y las posibilidades digitales como una herramienta de conocimiento.  

 

Es cierto que este tipo de informes son orientativos y muy restrictivos porque se basan en parámetros muy estandarizados, pero la educación sigue trayendo a casa la oreja colorada tras cada examen de este tipo, con lo cual la excusa de que el profesor le tiene manía no vale. 
 

Manuel García (@ManuelGGarrido)

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