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Arístides Mínguez
Viernes, 2 diciembre 2016 | Leída 210 veces

Confesiones de un pringao

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Soy un pringao. Un pringao por haber nacido de una familia de taberneros y trabajadores agrícolas. Un pringao por ser el primero de mi familia en llegar a licenciado, por mucho que mi padre, que con sudor y lágrimas de su madre y sus tías 'sólo' llegó a maestro escuela, se halle orgulloso de mí. Un pringao por no haber tenido nunca casa en la playa. Un pringao por ver cómo cerraba su negocio el señor de la tienda de enfrente, otro pringao, un autónomo, mientras que yo estudiaba a la luz del flexo y los cafés y allí seguía, insomne, doce horas después, cuando volvía a abrir. Un pringao por haberme bastado hasta los 24 años las 500 pesetas a la semana que me podía dar mi padre, en tanto que mis amigos, que no habían querido estudiar y trabajaban cogiendo limones, se compraban su primer coche, de segunda mano, eso sí.

Un pringao por haber estudiado Filología Clásica, o sea, Latín y Griego, y haber aprobado una oposición para ser profesor de instituto. Un pringao por no haber tenido dinero para comprar una plaza en un colegio concertado, donde fueran los hijos de los que cortan el bacalao en esta sociedad. Un pringao por haber pensado que, dado que había podido estudiar gracias a la Enseñanza Pública y que mi padre vivía de ella, le debía al Estado lo mejor de mí mismo y decidí trabajar para Él como funcionario. Un pringao por haberme tenido que ir a Galicia para encontrar mi primer tarbajo. Un pringao por haber dado clases en Lugo, Huelva y Alhama de Murcia durante 20 años antes de poder acercarme a mi domicilio. Un pringao del copón por haberme entregado a mi trabajo más allá de lo que mis obligaciones me dictaban.

 

Un pringao por pensar que mis alumnos y sus padres se merecen que siga dándoles lo mejor, a pesar del descrédito y de los recortes con los que me humillan los ignorantes que nos gobiernan; un pringao por no limitarme sólo a mis clases, sino por empecinarme en dedicarles mi tiempo de ocio a hacer teatro con ellos, a organizarles viajes, talleres e intercambios. Pero haylos más pringaos: algunos de mis compañeros, fuera de su horario laboral, vienen al centro a encargarse de alumnos con dificultades para darles clases de repaso, organizar competiciones deportivas, talleres de guitarra, baile, ecología, etc. Y ¡todo ello sin cobrar, ars gratia artis! ¡Hatajo de pringaos!

 

Un pringao supino por haber llegado a lo máximo de mi carrera profesional con 45 años, sin que pueda promocionar más hasta que me jubile y viendo cómo mi nómina subía sólo unos 60 Euros netos con respecto al resto. Pero hay otros más pringaos que yo, como aquel amigo, al que llamaron desde la Consejería y, con un año más que yo, ha llegado a la cima de lo que podía llegar como funcionario docente: Subsecretario General. ¡Ja! El muy pringao puede tener sobre él a un analfabeto, pues para ser Director General no hace falta ninguna titulación ni requisito alguno, fuera de ser afín al Partido. Y lo mismo para ser Consejero. O Ministro. ¡País de pringaos!

 

Un pringao, de juanetes a punta del poco pelo que me queda, por no ser del Partido, ni del partido, por no tener ni amo ni dios, ni deberme a nadie, excepto a los ciudadanos que me pagan con sus impuestos. Un pringao como la copa de un pino por haber leído y amar a los de la Generación del 98 y del 27, y a Machado y clamar con ellos que qué buenos vasallos seríamos los funcionarios públicos si hubiéramos buen señor. “Me duele España”, ¡ay, España, cuán me dueles!

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