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Javier Berrio
Lunes, 3 octubre 2016 | Leída 104 veces

Conciencia y solidaridad

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Esto que voy a decir es una obviedad que he comprobado a lo largo de mi ya larga vida: no necesariamente la solidaridad proclamada por las personas que a su vez se rompen el pecho de tanto decir que son de izquierdas, se traduce en la conciencia de que todos somos iguales y que es necesario atender en sus necesidades a aquellos que lo precisan.

Muchas de estas personas, a las que conozco directamente, entienden que la justicia social es algo que debe venir garantizado por los estados y que en otro tipo de necesidades, cada cual debe arreglárselas como pueda. Son, en realidad, estatalistas en la administración de los recursos generales y auténticos darwinistas (el liberalismo más radical y egoísta que uno pueda imaginar), en lo que a la caridad privada se refiere y en la solidaridad con aquellos que desde lo moral o empuje de vida, les necesitan.


No quiero con esta afirmación salvar a otros individuos que se declaran de la derecha, que ahí también puede darse mucho mea culpa sin el menor contenido espiritual ni social. Pero como llamativo, claro está, es lo de quienes se pasan la vida reivindicando la solidaridad con los otros en lo salarial, número de horas de trabajo, derechos de la mujer, etc., pero hacen caso omiso, cuando no desprecian, a aquellos necesitados de cuidados, incluso cuando les son cercanos. Supongo que deben considerar, como hasta hace no tanto tiempo pensaban las izquierdas sobre la homosexualidad, que algunas enfermedades –las mentales, por ejemplo– y los comportamientos que suponen, o algunos actos contra la salud u otro tipo de necesidades ajenas, son vicios burgueses y así, estos necesitados no merecen su atención particular, la joya de la gran causa de redención de los trabajadores.


A pesar de estos comportamientos en los que la caridad y solidaridad privadas brillan por su ausencia, ellos se  comportan con una superioridad moral impropia. Creen que les asiste la razón en todos sus actos y pensamientos–, incluidos los de máximo rencor y carencia de perdón hacia los otros-, porque sus programas siempre estarán por encima de la emoción y si la necesidad de otros no cabe en sus estrechos esquemas de realización personal, no ha lugar a la comprensión y, mucho menos, a la colaboración.  La conciencia –repito, ¿quién será el centésimo mono?–, no puede ser únicamente política o sindical, sino que ha de comenzar por la persona misma, por el humano que mira al otro humano con conmiseración y es capaz de poner en marcha la máquina de la empatía y la compasión hacia sus semejantes. Pero, claro, para eso hay que pensar que todos somos similares, más allá de que los comportamientos de otros no gusten más o menos porque, ojo, nosotros no hemos venido a la tierra a juzgar a los seres humanos, sino a aceptarlos holísticamente en todas sus partes. El maestro Jesús de Nazaret llamaba a las personas que se comportan como he venido describiendo, “sepulcros blanqueados” (Mt 23:27), y por mucho que se gocen de sus propias glorias del triunfo de la razón social en sus conciliábulos, la verdad es que no les asiste la razón moral y en algunos casos, nos hallamos ante auténticas regresiones evolutivas. Por ello, sigo defendiendo la prosperidad moral frente a los postulados políticos. No habrá políticos, ni sindicalistas ni empresarios buenos si primero no dan el salto moral hacia la comprensión del dolor ajeno.

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