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Javier Berrio
Jueves, 29 septiembre 2016 | Leída 67 veces

Amoralidad y traición

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Si hablo de moral, no me refiero a la sexual que tanto ha venido preocupando a la Iglesia Católica y a tantas otras confesiones cristianas. La moral a la que me refiero es aquella que mantiene a las personas en buena relación con sus propios principios y al conjunto social en paz por la seguridad de que no está siendo engañado. Cuando esta forma moral de relacionarse se rompe, no solo vienen la decepción y la frustración, sino el dolor y, en ocasiones, la destrucción personal de una de las partes.

Comentaba con un amigo, en una de esas largas charlas que los amigos ya experimentados suelen tener sobre temas más o menos trascendentes, que no todo el mundo tiene la misma escala de valores y que eso es algo que hay que respetar. Qué duda cabe de que eso es así, pero lo que no se puede consentir bajo ningún concepto es que se le esté haciendo creer a alguien una cosa cuando en realidad se está llevando a cabo la contraria. Dicho de otro modo: lo que no es de recibo es la traición porque, engañar al prójimo, desde cualquier punto de vista, es felonía a la confianza depositada y siendo así, es un acto de absoluta amoralidad.


Hay una verdad constatada a lo largo de mi vida, y es que hay seres humanos que se sienten más seguros en la mentira que en la verdad o que sencillamente, por educación o por su inconsciente transgeneracional, son incapaces de ser leales y se mueven entre la “putita de oro” o el “asalta gallinas” que, para el caso, representa la misma vileza. Hemos discutido también hasta qué punto las nuevas tecnologías tienen que ver con esto. Da la impresión de que algunos piensan que, por ejemplo, pueden mantener relaciones múltiples, sin fidelidad a ninguna de las partes, porque esa misma tecnología les brinda la inmunidad. Lo que desde luego sí es verdad es que esas tecnologías están dando lugar a nuevas formas de relaciones entre los seres humanos, especialmente en lo que a parejas se refiere, pero también es cierto que para llegar a la traición y al grado de amoralidad que comento, la persona tiene que estar personalmente constituida de esa manera.


Cuando yo era más joven, también existían seres de esa catadura y se movían libremente en la desvergüenza de la sinrazón y falta de respeto. Solo que entonces no existían las redes sociales y habían de moverse de otras maneras. Hoy todo es más fácil para el traidor aunque, bien pensado, las mismas redes les da la posibilidad de ser descubiertos en su impostura y ser expulsados de la vida de los ofendidos. Vamos, que como hemos venido diciendo tradicionalmente, la mentira tiene las patas muy cortas. Aun así, habrá que insistir que no se está educando en valores y pasamos por un cierto todo vale con tal de que lo pases bien. Al fin y al cabo, ¿qué importa el otro? Ese carpe diem tan mal entendido está llevando a muchas personas, especialmente jóvenes y jóvenes adultos a la creencia de que el valor del hedonismo está por encima de cualquier consideración, incluido el dolor ajeno porque tempus fugit y no pueden perder ni un segundo de placer aunque, el daño a terceros, pueda resultar irreparable. ¿Acaso va con ellos si un semejante acaba en las penalidades del engaño si ellos, los desalmados, lo han pasado bien? Esta es la sociedad en la que vivimos y, mucho me temo, las cosas no van a mejor.

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