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Manuel García
Jueves, 1 septiembre 2016 | Leída 76 veces

El puerto de montaña de septiembre

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Nuestro acervo popular en cuanto a dichos y refranes se refiere está algo desfasado, precisa una actualización del sistema operativo para adaptarse a la versión 2.0 de la realidad social que vivimos. No me refiero a acuñar expresiones híbridas que tuneen nuestras frases más emblemáticas como ‘allí donde fueres, tuitea lo que vieres’, ‘dime quién te etiqueta y te diré quién eres’ ‘o ‘el muerto al hoyo y el vivo al cupcake’, como ya se lee por ahí. Ni tanto ni tan calvo, por seguir con los clásicos. 

Pero, al igual que en el imaginario colectivo hay asociados enunciados a situaciones cotidianas identificables, para el término cuesta de enero debería existir un anexo denominado ‘puerto de montaña de septiembre’. Si bien es conocido que el primer mes del año suele ser el de la hipotermia financiera en la que los bolsillos tiritan hasta quedarse tiesos, el último mes del verano es sin duda otro de los cocos de la planificación económica familiar. Dan igual las nanas que tratan de brotes verdes y pagas extraordinarias, el pavor impide a los padres conciliar el sueño en estas fechas, temiendo el acecho del hombre de la mochila (que releva al del saco, que coge vacaciones). 


Y es que la vuelta al cole se acerca y con ella padres e hijos comparten drama, aunque de distinta índole. Unos lamentan retornar a los estudios, las clases, las matemáticas, los madrugones y una reducción drástica de las horas de ocio; los progenitores, por su parte, entran en shock por el desembolso económico que exige cada año este episodio. Nadie se acostumbra a este trauma cíclico y lo viven con desazón. Porque el cinturón que se apretaron en la época estival a la hora de organizar el tiempo de asueto y fijar los planes para combatir el calor y las largas horas de esparcimiento, se queda pequeño para septiembre. Y no vale con hacerle un agujero más, porque la tenia del gasto escolar consume a una velocidad endiablada, dejando a las cuentas con una anemia preocupante.


La friolera de 400 euros por mozalbete es la media en cuanto a una inversión básica para el inicio del curso. Suena desorbitado y casi exagerado, pero suele incluso superarse esta cifra en la mayoría de los casos. La realidad es que una pareja con dos hijos, que únicamente cuente con un sueldo dilapida, en la inauguración de la temporada lectiva, en algunos casos, una nómina mensual completa; lo que viene siendo la extirpación de un riñón sin anestesia, siguiendo el lenguaje coloquial. 


Libros (bisturí haciendo incisión profunda), uniformes (fórceps y extensores colocados), calzado (drenaje a cascoporro) y material de papelería (hemorragia interna descontrolada). Todo ello sin olvidar que la obsolescencia programada y que, como diría mi abuela, ya no hacen las cosas como antes, junto a la constante renovación de los Pokémon y la irrupción de modas varias, obligan a renovar los accesorios casi cada año. 


A todo eso luego hay que añadirle el postoperatorio, que es casi peor para aquellos que tienen que completar el tratamiento con los comedores y el transporte, que en el mejor de los casos suponen unos 200 euros más al mes, en el caso de tratarse de un centro público, y puede llegar a los 300 en los privados. 


Porque claro, no es lo mismo que te extraigan un riñón en la clínica pública del barrio que en la ‘Ruber’ de los colegios. La matrícula en los centros concertados conlleva un suplemento más en la factura que se acerca a los 300 euros mensuales y que ronda los 400 (algo menos) en los privados.     


Aprovechando el refranero, ‘el dinero se ha hecho redondo para que ruede’ y el puerto de montaña de septiembre es una subida extenuante para el ahorrador y una pendiente descendente rápida que despeña su arnés de seguridad (o sea, el parné).


Manuel García (@ManuelGGarrido)

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