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Javier Berrio
Sábado, 9 julio 2016 | Leída 107 veces

Consciencia

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¿De qué nos vale vivir y experimentar si no extraemos conclusiones para ser mejores, vivir de otro modo y facilitar la vida de nuestros semejantes? Es como ir al colegio una y otra vez para siempre suspender el mismo curso. En la mayoría de los casos, al menos en este occidente del que tan orgullosos nos mostramos, el ser humano vive en la ignorancia de qué es, en la inconsciencia de qué representa y para qué está aquí. Y será ese, quizás, el primer objetivo de nuestro paso por la tierra: despertar, hacernos conscientes del propósito de nuestras vidas y, en la medida de lo posible, salir de nuestra zona de confort para indagar sobre nuestra auténtica naturaleza.

Recuerdo que una vez, asistiendo a un taller sobre El Sentido de la Vida, comprendí dos cosas básicamente: la primera fue que encontrar sentido o sentidos a la vida es trabajo de cada cual, que nadie nace con ese significado inscrito en la herencia genética; y, segundo, que el dolor y el sufrimiento son algo que se puede enfrentar para hacer más liviana la vida del homo patiens, como califica al ser humano el padre de la logoterapia, Víctor Frankl. Después, a medida que iba transcurriendo el tiempo y penetré más en mi propia naturaleza, entendí que el sufrimiento tan siquiera es necesario y cuando el dolor –que es más natural que el sufrimiento-, llama a la puerta, se puede afrontar de un modo más tranquilizador.

 

Gran parte de nuestro malestar proviene del cúmulo de verdades erróneas que mantenemos como ciertas y que nos fueron inculcadas desde nuestra infancia. Estas funcionan como un programa en nuestras mentes y se reflejan en los pensamientos y emociones y facilitarán acciones desadaptadas, por lo que difícilmente el hombre podrá alcanzar la felicidad o un estado de serenidad lo más permanente posible. Hacerse consciente de esa realidad es iniciar el cambio de los paradigmas que nos mantienen encerrados en la cueva de la irrealidad. La consciencia, la autoconsciencia y el descubrimiento de que vivimos sepultados por un montón de prejuicios e incomprensiones respecto de nosotros mismos y nuestras relaciones con el medio, mejoraría enormemente nuestra calidad de vida y el aprecio por nosotros mismos, por quiénes somos y qué representamos en el universo en el que vivimos.

 

El hombre niega sus sombras. Es más, muchas veces tan siquiera es consciente de su existencia y cuando estas se revelan en él, recrea la dualidad en la que vivimos y las rechaza, como algo imposible en él. Llegar a la unificación de luces y sombras como pertenecientes al mismo ser y tratarse con compasión respecto de las segundas, llevándoles luz, es otro paso evolutivo importante para convertirnos en más conocedores de nosotros mismos y en mejores seres humanos en el camino de sentirnos personas. Esos cambios individuales que nos llevarían a una sociedad no solo más evolucionada, sino más justa y feliz, son tan necesarios que ningún cambio realmente importante vendrá a occidente sin asumir esa necesidad de alcanzar la consciencia personal.

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