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Álvaro Cabeza
Martes, 21 junio 2016 | Leída 146 veces

Maldita juventud

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Ahora que estamos en tiempos de graduaciones académicas, ese rito de paso que se ha instalado en todas las etapas educativas, educación infantil incluida, y que quienes peinamos ya muchas canas nunca vivimos y solo conocíamos por los birretes al aire de las películas americanas, me viene a la cabeza un artículo que leí hace unos meses (Natalia Jiménez. España “no es un país para jóvenes” en El Mundo, 20-02-2016) en el que se describía la situación presente y futura de la juventud en nuestro país, una situación verdaderamente aterradora.

Pues bien, muchas de esas graduaciones están siendo de jóvenes universitarios que, con el fin de sus estudios, se ven ante un panorama no sólo incierto sino tan desalentador que, tomen la decisión que tomen, en muchos casos renegarán para siempre del tiempo que les ha tocado vivir y de las medidas insensibles e interesadas que han dinamitado todos sus esfuerzos, todas sus ilusiones, todos sus proyectos que podrían haber sido y nunca serán. Con razón se considerarán víctimas de la locura neoliberal que ha establecido la desigualdad social como dogma de fe y que, en consecuencia, no ha tenido reparos en mandar a los jóvenes al pozo negro de la desesperanza.

 

Para colmo en estos días de campaña los jóvenes españoles y, especialmente, los andaluces van a tener que aguantar que quienes tomaron esas decisiones vengan de visita para exhibir una empatía tan falsa como efímera, una empatía con caducidad a los quince días, y también van a tener que aguantar la muy sobada retahíla de que son la generación mejor preparada de nuestra historia y que les están construyendo una sociedad llena de oportunidades.

 

Y los jóvenes dirán que no les cuenten más milongas, que ya saben en sus propias carnes que esa sociedad tan flower power pasa de integrarlos en el mercado laboral en condiciones mínimamente dignas y acordes con esa pregonada cualificación, que también saben que el ingreso más alto en su familia es la pensión de sus abuelos, que ya han visto cómo muchos de sus compañeros se han quedado en el camino porque esos mismos políticos han recortado las becas sin ningún escrúpulo, que ya asumen que el acceso a la vivienda y su emancipación es una quimera, una puritita quimera, que han aprendido que lo de “el estado del bienestar” ya no va con ello y que pronto se estudiará en los libros de Historia como la Revolución Francesa o la República de Weimar.

 

Muchos se verán tentados a emigrar como han hecho ya tantos (lo que nuestra ministra Báñez denominó “movilidad exterior”, uno más de los eufemismos con que nos ha despreciado el PP). No emigrarán con una maleta de cartón como en los años del tardofranquismo, sino con títulos universitarios bajo el brazo en busca de la oportunidad que aquí les niegan. Todos sin excepción se irán con la ilusión de encontrar un trabajo “de lo suyo”, pero muchos, muchísimos, demasiados, se consolarán detrás de la barra de una cafetería inglesa o en los pasillos de un hotel alemán pensando que están allí para mejorar un idioma que les abrirá las puertas de lo que ellos consideran el auténtico paraíso terrenal.

 

Y mientras todo eso está ocurriendo, sus familias, resignadas sufridoras en silencio, compasivamente ocultarán a sus jóvenes que el pasado no volverá, que todo está diseñado para que su futuro sea tan gris como su presente.

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