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Javier Berrio
Miércoles, 17 febrero 2016 | Leída 93 veces

La política y los ciudadanos

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Los políticos ignoran voluntariamente que sus decisiones afectan a la vida de las personas. No se trata sencillamente de quién y cómo gobiernan, sino de qué pensamientos, sentimientos y emociones suscitan en los seres humanos y qué resultado tiene eso en la vida diaria. Como siempre, mi punto de partida es el que siguiente: el centro y objetivo de la acción política deber ser el individuo.

Todo lo que sea alejarse de ese principio fundamental es fomentar un Estado enorme que mediatice cualquier acción privada, o sea, el Estado socialista. Matizo y aclaro que cuando digo socialista me refiero a aquellos regímenes que pusieron en práctica las ideas marxista-leninistas, a saber, los países comunistas. Y entiendo que nadie se llamará a engaño sobre las propuestas sobre la vicepresidencia de Pablo Iglesias que pretenden tal poder en el conocimiento y control  de las cosas, que recuerda a un ministerio de propaganda tan al uso en los sistemas totalitarios.

 

Podemos puede querer mostrarnos un programa más o menos socialdemócrata, con una subida de impuestos tal que aún esquilmaría más los ya penosos ingresos de los trabajadores españoles y nos colocaría en serias dificultades ante la UE, a la que si bien hay que pedir flexibilidad, no se le puede dejar de pagar los compromisos económicos acordados y debidos. Pero yendo a lo que realmente quería ir es que, en primer lugar, la composición actual del parlamento refleja un auténtico estado de ánimo de la sociedad, que ha entendido que tras elabuso de los políticos de los partidos tradicionales, había que votar a Podemos como muestra de rebeldía. Pero dudo mucho que la mayoría de esos votantes hayan penetrado en el auténtico objetivo de la extrema izquierda y el desastre que supondría para todos, como ya lo fue en los países donde se practicaron esas políticas o en las actuales Venezuela o Cuba.

 

Además, toda esta situación produce una profunda desazón y frustración en los ciudadanos, quienes no saben qué va a suceder, que ven cómo los políticos vuelven a poner por delante sus intereses personales por encima del bien común. Como si fuera poco, aún queda la duda de si se podrá formar gobierno o si se tendrá que esperar a junio a unas nuevas elecciones que, según las encuestas, dejarían las cosas como están. O sea, que además de la paralización de la acción de gobierno porque el ejecutivo en funciones tiene que medir muchos sus pasos, la interinidad existente evidencia la falta de calidad de nuestros parlamentarios. Ello, unido al nerviosismo soterrado porque  Podemos pueda alcanzar responsabilidades de gobierno, provoca un estado emocional poco pertinente para una vida ciudadana de calidad interior.

 

Dicho de otra manera: la inestabilidad política desestabiliza a las personas, lo último para lo que la política debería servir, como he estimado al principio, ya que si la administración de la cosa pública no sirve para atender a los seres humanos en sus necesidades, no sé para qué otra cosa puede valer. Naturalmente, esta idea hunde sus raíces en el humanismo clásico y no en esas otras ideas que entienden que el gobierne tiene como fin el control de las personas y no dejarlas desarrollar sus vidas en libertad y tranquilidad. 

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