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Javier Berrio
Martes, 1 diciembre 2015 | Leída 206 veces

Sí, incansablemente

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Recuerdo que, al comenzar esta columna, avisé que el título tenía mucho sentido. Indesinenter, incansablemente: la lucha, la batalla por las cosas justas y limpias. Ahora, cuando es la vida de algunas personas la que parece haber perdido su sentido o cuando el dolor y el sufrimiento desaniman a seguir adelante, con más razón elevo mi voz para decir: sí, incansablemente. Incansablemente a pesar de los sinsabores y de los errores, a pesar del peso de la conciencia, a pesar de los engaños y abandonos y a pesar de tantas dudas como puedan empañar el alma.

Todos, absolutamente todos, tenemos derecho al error, a la pérdida de los equilibrios y de la centralidad, pero éso no nos inutiliza para la vida y, mucho menos, para la vida tranquila y en paz. Acercarse a la fuente del sufrimiento tras aceptar que el mismo existe, es esencial. Pedir perdón humildemente y mostrar voluntad de arreglar las cosas hasta donde se pueda, resulta sano para aliviar la pesadumbre propia y ajena pero, aún en el caso de que no se acepten las disculpas, se debe recuperar la paz interior puesto que se realizó el esfuerzo. El fracaso en el intento no descalifica a quien intentó arreglar las cosas, sino al  que  no  aceptó las explicaciones o tan siquiera el acercamiento. Errar es humano y perdonar divino, está claro.

 

Nadie ha de condenarse a sí mismo eternamente por una equivocación: sacar conclusiones, cambiar actitudes, deducir aprendizajes, superar los rencores, afrontar el dolor con entereza e intentar solventar los entuertos, es el trabajo de quien equivocó el norte y viró su nave de forma equivocada llevado por las tempestades de la vida. Si los ofendidos, especialmente si fueron ellos quienes prendieron la llama del resentimiento, no quieren escuchar, sea para ellos su escabrosa victoria y para el que se excedió, la tranquilidad de ánimo porque, a fin de cuentas, no se puede ni debe sufrir eternamente. 

 

La llama de la vida, la pulsión de existir debe extenderse a lo largo del tiempo de cada uno y es cada quién el que ha de encontrar el sentido para mantener encendida la llama. Incluso en los momentos más bajos doy gracias a Dios por el nuevo día y hasta cuando los errores han sido los mayores, confío en la apertura de caminos que lleven a la tranquilidad y a restañar las heridas. No creo que el hombre esté en la tierra por casualidad ni que se deba exclusivamente a un proceso evolutivo, sino que hay una razón de orden superior para que existamos y nos reproduzcamos, crezcamos y nos eduquemos y hagamos hincapié en los principios elementales de la convivencia aunque, a veces, la convivencia más difícil sea con nosotros mismos. Aprender, avanzar y otro nuevo aprender y un nuevo avanzar es la clave y, seguramente, el sentido último. Por ello, sí, indesinenter, incansablemente.

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