Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies

Javier Berrio
Viernes, 27 noviembre 2015 | Leída 107 veces

Ofensa y perdón

Marcar como favorita

En ocasiones, la vida te coloca en posiciones muy difíciles. Ser profundamente ofendido, ver cómo alguien a quien tú quieres mucho –lo merezca o no-, es vilipendiado o colocado en una situación muy complicada; saber con seguridad que se ha creado una leyenda negra sobre ti absolutamente inmerecida y convertirte en objeto de desprecio; tener constancia de cómo se hace lo propio con tus amigos, etc., etc.

Verse rodeado de  una bolsa de maldad llega primero a molestar, después a la indiferencia pero,  hay un momento en el que piensas sobre todo en la persona a la que tanto quieres y cuya vida casi se destruye y lo que viene es la indignación y la discusión entre el charitas y el lex talionis. Si, como sabemos, la primera tiene mucho de perdón y olvido, la segunda pide, sin embargo, proporcionalidad al daño infringido.

 

Tras los atentados de París, sé que son muchos los que han pedido la aplicación de esa ley judía que, en sentido estricto, es justicia pura. Ya sabemos: “Y no le compadecerás: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie”, Deuteronomio 19:21 – Reina Valera 1960. Pues bien, tantos de los que habrían gustado ver esa ley aplicada a los terroristas, no comprenderían que les fuese administrada en sus vidas prácticas o en su estricta moralidad. Y hablo, esencialmente, de los actores del mal de los que hablaba más arriba.

 

Si lo que se aplica en las relaciones humanas comunes es la ley cristiana del perdón perpetuo, el poner la otra mejilla en todas las ocasiones, sencillamente puedes acabar sin cara y si aplicas lo segundo, te conviertes en el perverso en vez de aquéllos que realizaron el daño. Pero aplicar la segunda norma en las relaciones interpersonales puede conllevar un perjuicio añadido: lo que primero iba a ser justicia y debido a las circunstancias, puede aparecer como venganza. Y, siendo así, la conciencia del que quiso actuar haciendo justicia, lo sufre porque se le presupone buena intención y profundas convicciones humanas. Sabemos que sencillamente un estado altamente alterado de conciencia, la intervención de una tercera persona o una medicación potente, puede  hacer que lo que iba a ser equilibrado se convierta en todo lo contrario, que el que actúa pierda el centro de gravedad de su conciencia y que, quién iba a ser objeto de la justicia -persona generalmente muy astuta y sibilina -, salga indemne y un inocente acabe pagando el pecado de otro. Al final, la verdad es que la justicia es cosa de dioses y no de hombres y que es mejor mantenerse quietos cuando no se tienen todos los elementos controlados.

 

Ante esa situación, desde mi punto de vista y una vez superados los límites de la intención, sí que habrá que acudir a los principios más nobles del perdón mutuo, del restañamiento de heridas hasta donde sea posible y al reconocimiento de que algo habrán aprendido las partes. La primera, no destruir la vida de las personas y la segunda, no tomarse la justicia por su mano porque, antes o después, algo ha de fallar. Lo mejor será no moverse de los principios de la nobleza y de la humildad, reconocer los errores e intentar no moverse del centro de conciencia de cada uno en momento alguno.

 

@olbianis

Acceda para dejar un comentario como usuario registrado Acceda para dejar un comentario como usuario registrado
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress