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Javier Berrio
Martes, 3 noviembre 2015 | Leída 230 veces

El sentido de la vida

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Cuando todo el mundo se pregunta hacia dónde se encamina Cataluña y, por extensión, el Estado español, considero bueno relajar un poco el ánimo y preguntarnos hacia dónde marcha cada uno de nosotros. De ahí el título de este artículo, 'El sentido de la vida'.

Aunque todos reconozcamos que vivimos un mundo, al menos en las sociedades más desarrolladas, en el que los valores han perdido gran parte de su fuerza o, en algunos casos, han desaparecido, no podemos olvidar que en todo tiempo la queja de algunos ha sido la misma. Los valores se cuestionan y ese mismo cuestionamiento puede ser sano porque implica dinamismo, ganas de seguir vivos y de actualizar  nuestras escalas de valores.

 

No obstante, sí es cierto que en el campo de los individuos, el mismo proceso nos puede estar llevando a la vacuidad de los principios y, por tanto, a la pérdida de significados. Si vivir es medrar, hacer dinero, rodearse de lujos o de consideración social, la vida carece de sentido porque en el dominio de la vida interior, aquel lugar donde uno se encuentra consigo mismo, las insatisfacciones pueden ser muchas. Una vida sin el sentido del que hablaba Herman Hesse al decir “creo que, a pesar de su aparente absurdo, la vida tiene sentido”, puede ser penosa, y no hablo de fe, sino de espiritualización o intelectualización de los principios. La vida no se colma con bienes materiales ni en función del reconocimiento social, sino desde la plenitud de las convicciones y la focalización en nuestro papel en la tierra.

 

Cuando por diversas razones, la vida de las personas pierde el sentido, especialmente en momentos de pérdidas importantes, físicas o afectivas, reforzar el valor de la vida misma como bien esencial, es lo sensato, porque sin ella, sin la existencia, no habría sido posible disfrutar de lo que se ha tenido, así que mejor el agradecido recuerdo a los que se han ido y hacia la reconstrucción personal. Elemental en todo este proceso de llenar la vida de contenido, es no estar apegado a un solo valor, sino tener varios que nos puedan ayudar y que relativicen, a su vez, las pérdidas. Lo que sí resulta lamentable, y esto me gustaría recalcarlo, es perder algunos valores o la materialización física de esos valores, por miedo social, por adecuación a las normas imperantes en ciertos reductos grupales. Sacrificar amor o relación amorosa porque la sociedad o el núcleo familiar o profesional se opone (es muy común en el caso de la homosexualidad), es tirar por la ventana no solo los valores y los significados, sino la vida misma. Valor fundamental también, por lo tanto, la aceptación de quien uno es y lealtad a nuestra naturaleza.

 

La recuperación del significado vital es un canto mismo a la vida y volver sobre nuestros pasos si ese sentido se ha perdido por propio error, es lo más sano y curativo que un ser humano puede realizar. Una vida sin sentido es quemar los días como si fuesen cigarrillos, echarlos fuera casi como una rémora. Sabemos que hay personas que se pueden conformar con muy poco y renunciar al crecimiento personal que supone el hallazgo de los significados, pero ello solo  nos tiene que hacer más conscientes de que, nosotros, llamados a convertirnos en personas, no habríamos de dejar la senda que conduce a la totalidad personal y vital.  

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1 Comentario
Fecha: Miércoles, 4 noviembre 2015 a las 17:05
Concha
Estupendo artículo, Javier.

Yo no me doy por vencida.
Lanzo al viento mi cantar,
no pararé hasta encontrar
el sentido de la vida.



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