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Arístides Mínguez
Martes, 27 octubre 2015 | Leída 933 veces

'Las aventuras de Moriana', una historia de amor y... dignidad

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Corren malos tiempos para la Cultura. Para todo aquello que nos hace Humanos. Sobre todo, cuando el país está regido por una panda de mercachifles, que son conscientes de que un pueblo culto y con juicio propio no toleraría sus arbitrarias y elitistas cacicadas. Es de locos intentar predicar en el desierto de mentes abducidas por el fútbol y la telemierda que hay vida más allá de los goles de Cristiano Ronaldo y los eructos de Kiko Rivera y su panda de orangutanes.

La crisis, a la que nos han arrastrado una caterva de fulanos encorbatados, muy bien amparados por el Poder, se ha cebado a colmillo sangrante con la inmensa mayoría de la sociedad, salvo con los amiguitos de los de siempre, que, encima, han salido más ricos. Uno de los sectores especialmente castigados y perseguidos por el Gobierno Rajoy ha sido el de la Cultura. Han tenido que soportar  un IVA abusivo, mucho mayor que, por ejemplo, el de los espectáculos porno y los toros. Lo que parece dejar claras las filias y fobias de la “gente de bien”.

 

Por todo lo dicho, es heroico el que alguien decida hoy en día embarcarse en rodar una película, montar una exposición o una obra de teatro. Entre estos nuevos héroes, anónimos para la inmensa mayoría, están Magdalena Sánchez Blesa, David Perea y Pedro Pruneda.

 

[Img #136374]Magdalena y David gestionan un restaurante familiar, Nuevo Paraje Moriana, en los accesos al parque natural de Sierra Espuña, en Alhama de Murcia. Es un restaurante modesto donde se rinde culto a la carne sabiamente asada en una vetusta parrilla, al pan casero amasado en horno moruno por la matriarca Beatriz y al arroz cocinado a la leña.

 

Al igual que ha pasado con muchos negocios humildes, la crisis y los sucesivos recortes, con los que los de arriba han querido salvar a sus colegas de los bancos, se ha ensañado con este restaurante, del que dependen una decena de personas, niños y ancianos incluidos.

 

El descenso de clientes, los apremios para pagar cuotas de autónomos, cotizaciones y otras contribuciones los invitaban a echar el cierre, bajar los brazos y buscar sustento en otro país u otro sector. Muchos de los mortales habríamos hecho eso ante la impotencia, que nos surgiría al no poder garantizar una subsistencia digna para nuestros hijos y mayores.

 

Otros nos habríamos dado por vencidos. Pero no, Magdalena. Ni, a su vera, tampoco David. Por las venas de Magdalena fluye poesía. Es señora de un alma homérica, para la que la hospitalidad es sagrada. Juntos han conseguido convertir Moriana en un hogar para propios y ajenos, en un oasis para almas atribuladas o inquietas, un refugio para algunos y un paraíso para otros. Donde eres recibido a corazón abierto y agasajado por la anfitriona con una de sus poesías, que saben a lluvia madre, mientras te deleitas con un buen chuletón.

 

David, por su parte, lleva el cine en sus genes. Con 18 años ya dirigió su primer largo. Se ha bregado como actor y como técnico, lo que le permite conocer el oficio en todas y cada una de sus facetas.

 

No se conformaron con ser meros hosteleros. La mente, siempre inquieta y traviesa de David, pergeñó un guión con el que rodar una serie, que subieron a la red vía You Tube: 'Las aventuras de Moriana'. Su pretensión, dar a conocer su local y la deliciosa fauna humana que lo habita. Fueron actores los trabajadores y clientes del restaurante, en unos capítulos breves, rebosantes de chispa y vida, con el humor como hilo conductor.

 

La serie tuvo repercusión y llegó a ser emitida íntegra por la televisión autonómica. Mas la crisis seguía ahí. Con las amenazas de impago y terremotos tales. Magdalena no se achantó. Hizo de la necesidad virtud. Convenció a David para que mirara más lejos de las fronteras autonómicas y escribiera un largometraje, que sería divulgado a nivel nacional. Para ello deberían arrastrar, en primer lugar, a actores, técnicos y productores de renombre. Persuadirlos de que no era un sueño de unos iluminados. Seducirlos para que se embarcaran en una aventura que podía parecer disparatada. Lo era, sin duda, pero también fascinante, maravillosamente humana.

 

Ni cortos ni perezosos viajaron a Madrid. Se plantaron ante Terele Pávez, en su camerino y consiguieron relatarle su ensoñación. Terele “tenía ya callo” en esto de la escena. Entre otras obras maestras, había rodado con Camus 'Los santos inocentes', premiada en Cannes. Acababa de ganar un Goya por su papel en 'Las brujas de Zugarramurdi', de su idolatrado Alex de la Iglesia.

 

Otra, en su lugar, habría mandado a paseo a ese par de visionarios murcianos. Pero, entonces, no seguiría siendo Terele Pávez. Justo es decir que, para que ella decidiera embarcarse en esta travesía tan procelosa, rol crucial jugó su hijo Carolo Ruiz, con quien podía, al fin, compartir un proyecto en la gran pantalla.
 

 

A la quimera de Magda y David se enroló Pedro Pruneda, a cuyo genio con la cámara se le suma una minuciosa formación y sensibilidad artística y musical. Tal y como quedó mostrado cuando con un humilde vídeo, Gracias, Grecia, conquistó el alma de una nación entera, llegando a más de 700.000 visitas en la red.

 

Uno de los aforismos de Magdalena es que hay que tener cuidado con tus sueños, porque, si de veras los persigues, pueden cumplirse. Y vaya si cumplieron su sueño. A Carolo y Terele consiguieron que se unieran también Enrique Villén, Antonio Hidalgo y Geli Albadalejo, quienes sabían que iban a compartir escenas con actores no profesionales, que ya habían trabajado con anterioridad con Perea.

 

Luego vino una verdadera Odisea, con descenso a los infiernos incluido, para encontrar financiación y rodar la película, en la localidad de Alhama de Murcia, que tomó como propio el sueño moriano.

 

Hasta que consiguieron, tras dejarse pedazos del alma en el camino, que apostaran por ellos: la película será estrenada en los cines de casi toda España el día 30 de octubre de 2015.

 

Perea se confiesa en deuda con directores de la talla de Berlanga, Bardem, Kubrick y Peckinpah. No obstante,  reconoce que los directores que más le han influido han sido su madre, capaz de sacar adelante una familia de 6 miembros con un humilde e irregular sueldo de albañil o camionero, y su suegra, una heroína que quedó viuda con seis criaturas, una aún no nacida, y supo encarrilarlas, sin perder en ningún momento la fe en sí misma ni el amor a la vida.

 

Por eso, tanto su madre como su suegra, al igual que la mayoría de sus grandes familias, tienen en la película su papel, sabiamente escrito teniendo en cuenta sus capacidades y limitaciones. Al igual que otros trabajadores del restaurante.

 

El amparar a estos actores noveles, con los tres niños morianos inclusive, con profesionales de la talla de Pávez, Ruiz o Villén le da una frescura inusitada a un guión que camina entre la comedia y la tragedia, porque habla de la  crudeza de la vida misma. Una familia es desahuciada y ocupan un restaurante, para reflotar al cual deciden rodar una película.

 

'Las aventuras de Moriana' es un filme de amor. De amor a Magdalena, que se crece como actriz de raza, recordando en ciertos momentos a la imperecedera Anna Magnani, capaz de dar réplica y conmover con su actuación a la propia Terele y a un fabuloso Villén.

 

De amor a la familia, a los amigos, en quienes Perea ha sido capaz de ver el cine que llevan dentro. De amor al género humano, en la convicción de que, aun cuando las cosas vayan duras, no hay que perderle la cara a la crisis, ni rendirse ante sus envites. Porque, como hemos podido comprender en carne propia, nuestra última esperanza está, aparte de en nosotros mismos, en la familia, en los amigos a los que hemos adoptado como unos más de la misma.

 

'Las aventuras de Moriana' es, además, una película de dignidad ante los desmanes económicos, de generosidad (en su rodaje se intentó dar trabajo al mayor número posible de profesionales de los medios audiovisuales, que atravesaban momentos muy difíciles).

 

Por ello, acudir a algunas de las salas donde se proyecte este filme murciano es, también, un acto de solidaridad, que, seguro, nos convertirá en seres más empáticos y, por ende, más humanos.

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