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Javier Berrio
Martes, 29 septiembre 2015 | Leída 140 veces

Cataluña, reforma y consulta

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Sin ganar las elecciones el conjunto del independentismo catalán, los comicios demuestran que con Cataluña hay mucho que discutir y mucho que discernir en el conjunto del Estado.

El gobierno de Rajoy no ha sabido o no ha querido afrontar el problema político en Cataluña que comenzó con la reforma del Estatuto y su recorte, tres años después, por el TC y por el no rotundo de Rajoy al pacto fiscal que Mas le propuso hace cuatro años. Como las elecciones se presentaron como plebiscitarias desde el soberanismo y el resto aceptó esa concepción, casi el 48% de los votantes han dicho sí a la independencia y más del 52% ha dicho no. La declaración de independencia no sería legítima -ya sabemos que tampoco sería legal-, pero pensar que las cosas pueden quedar tal como ahora, es irreal, ilusorio y, antes que después, el encaje de Cataluña en el Estado español tendrá que ser muy diferente al que es en la actualidad.

 

Si empezamos por la alta participación, está claro que los catalanes han entendido estas elecciones como diferentes a unas simples autonómicas. Ese es un dato que el gobierno central tendría que recoger. Que en Cataluña, a día de hoy y por la dejación del gobierno central y su postura soberbia, hay casi tantos independentistas como unionistas, es otro testimonio de la fractura social que desde Madrid hay que empezar a reconducir, ilusionando a los catalanas con una oferta posible y deseable para que comience a cambiar la tendencia. Porque, caso de que en algún momento sí haya que acudir a una consulta, solo los catalanes o el conjunto de la sociedad española, será muy importante lo que se diga allí. Por otro lado, Madrid tiene que dejar de ser vista, por esa parte del electorado, algo así como la capital de una potencia invasora e indeseable.

 

Los populares pueden seguir tan cerrados como quieran en la idea de que España constituye una unidad porque lo dice la Constitución, pero nada ni nadie, en democracia, puede hacer caso omiso al sentimiento de la gente. Si bien es cierto que una mitad de Cataluña no puede imponer a la otra sus deseos de independencia, la otra tampoco puede obligar a la primera a que todo siga igual: el acuerdo se hace necesario y para ese acuerdo, los partidos de ámbito estatal deben estar preparados en generosidad para unos y otros.    

 

Tras las próximas elecciones generales, la mayoría parlamentaria puede cambiar de forma notable y, a pesar de lo que digan los analistas, me parece que los gestos y movimientos del PP para intentar aportar soluciones antes de los comicios, será muy mirado por el electorado. C’s va dando avances de auténtico gigante en su recolección de votos, con lo que la derecha se está reorganizando de un modo muy diferente. En Cataluña se ha percibido que el partido que mejor representa el españolismo es el de Albert Rivera y no el de Rajoy, que dejó completamente abandonada a Alicía Sámchez Camacho a su propia suerte, como ya lo hiciera con Piqué en la reforma del Estatuto.

 

El PP central –el PP en general, en realidad-, cobarde en su capacidad de afrontar los problemas de la vertebración del Estado, rehúye tanto la confrontación como el diálogo y desprecia a los que tantos favores le prestan, como en su momento sucediera incluso en Huelva. Pero la verdad es que Cataluña va a necesitar mucha imaginación y mucho mimo y quizás C’s, teniendo su origen en aquella tierra, de muestre mayor capacidad de entendimiento y no tiemble tanto ante la idea de reformar la Constitución del 78. No sé si tras las elecciones de diciembre será posible un gobierno PP-C’S y otros escaños de derechas o si C’s podría entenderse con los socialistas para no depender de Podemos. Si la mayoría es otra, Cataluña podría conseguir más que con los españolistas puros, pero en cualquier caso, tanto la reforma como la consulta llegarán y ya veremos hasta dónde alcanzarán.  

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