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Manuel García
Miércoles, 4 septiembre 2013

Crítica raquítica. Queja sin moraleja

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Los españoles somos viscerales, de sangre caliente, sin medias tintas. Nos deslizamos hacia los extremos incapaces de intercalarnos en la medianía. O Convertimos en carnaza lo que nos rodea y la consumimos con regodeo y gula, o nos invade el esnobismo y el chovinismo más indigesto y snob. Particularmente me repugna más esta última versión ibérica que esa filia por la putrefacción.

Pasamos del orgullo al repudio de cero a cien. Encumbramos y pisoteamos con la misma fuerza y tesón. Ni sí, ni no, ni todo lo contrario, y además es imposible. Nos oponemos, luego existimos. Es la máxima del español medio. El peaje o la cuota que abonamos son los impuestos, que nos otorgan barra libre de pataleo. 

Nada que objetar. Sin embargo, ¿de qué sirve un carril bici si los transeúntes no lo respetan o si los ciclistas lo ignoran? ¿Para qué decenas de contenedores para el reciclaje si luego centralizamos la basura en un solo cubo? ¿Para qué centros culturales y museos si todo está al alcance de un click en internet y eso de las exposiciones es para ‘gafapastas’ y ‘frikis’?.        

Nos definimos como detractores sistemáticos, con el antagonismo como ideología, alejados de una poco habitual tendencia a lo que podríamos llamar el constructivismo, como línea pragmática de pensamiento crítico con vocación de aspiración al progreso. Pedimos sin saber lo que pedimos, por qué y para qué lo pedimos “Menuda ciudad, le falta de todo”. Frases semejantes a esta son constantes en el acervo español, pedigüeño pero incoherente y no exento de hipocresía. Somos amantes fogosos de la queja, ardientes y pasionales en el clímax de su exhortación, pero frígidos y esquivos en la participación activa. Aquellos que más reclaman se postulan como tránsfugas y se diluyen. Somos propensos a sentirnos afrentados, pero nos desconcierta cuando somos complacidos. Al satisfacer el deseo se desvanece su atractivo. 

Queremos saber que tenemos, no tener para aprovecharlo. Si un pueblo no tiene piscina, se crean piquetes, una plataforma y se llega hasta La Haya si es preciso, pero una vez que está construida me voy a la playa a celebrar el triunfo, que es gratis. Además, ni siquiera sé nadar. Un Síndrome de Diógenes neuronal que acumula quejas por doquier y roba el espacio a planteamientos provechosos. 

Protestar es gratis. Y a quién no le gusta lo gratis y la satisfacción de consumirlo, aunque no sepamos qué utilidad tiene o ni siquiera se ajuste precisamente a nuestros gustos o necesidades. “¡Eh, mira, ahí regalan una muestra de comida para tortugas!, -Pero si tú no tienes tortuga-, pues para acompañar la cerveza mientras vemos el partido, -pero si no te gusta el fútbol- ¡qué más da!, no te pongas exquisito y coge un par de ellas antes de que otro se las lleve”. Así funcionan los intrincados y complejos entresijos de la mente humana. 

Nos encolerizamos cuando la ciudad luce plagada de imperfecciones, pero tras dos giros de cuello, a un lado y al otro, se nos escurre “accidentalmente” una servilleta de papel al suelo. Malgastamos recursos. Paseamos al perro a dos palmos de la caseta instalada para que las mascotas depositen su souvenir y evitar que otro viandante tropiece con el obsequio.            
 
El conformismo es una droga que anestesia y adormece la reacción, pero la crítica como instrumento eficaz y potente debe nacer de uno mismo para luego proyectarse en los demás, y no al revés, solo así será una eficaz arma contra un sistema excesivamente obtuso y romo. Únicamente así se ofrecerán herramientas útiles para el cambio. ¿Sobre qué nos quejamos? No sé, yo pasaba por aquí, deja de tanto cuestionar, esquirol, y sigue gritando.
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