Martes, 20 agosto 2013

Punta Umbría, el anciano con lentejuelas

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Manuel García

No es un verano cualquiera en Punta Umbría. Se cumplen 50 años de su segregación de Cartaya y la proclamación de su estatus como municipio independiente. Es tiempo de desempolvar nostálgicas fotos y hacer balance, una retrospectiva. El melancólico y romántico sepia por el frívolo y falseador Instragram. Un humilde pueblo de pescadores engullido por la vorágine del modernismo.

La meteórica industrialización que sufrió Huelva durante el franquismo, dibujó la postal en la que conviven marismas y fábricas. Es inevitable toparse con la estela de fuego de las refinerías como desafinado instrumento en el concierto lumínico que orquestan las estrellas y la luna fusionando el cielo con el océano.

Una playa kilométrica, naturaleza en estado puro, terrenos recalificables, zonas vírgenes edificables… Punta Umbría reunía los ingredientes primordiales para erigirse en la joya de la corona del turismo onubense. Los chalets de lujo y adosados casi integrados en las propias dunas fueron abriéndose paso. Adquirió la vitola de lugar de veraneo por excelencia y el número de viviendas para tal efecto se multiplicaron en apenas una década. Fue a finales de los años 90, en plena orgía inmobiliaria, cuando la rauda transformación de la localidad adquirió un radicalismo funesto. Masificada, sobreexplotada, colonizada por incívicos domingueros… poco a poco asestaban a sangre fría golpes mortíferos a los encantos más apreciados de Punta Umbría, su paz y serenidad, que el canto de las olas y las caricias de la brisa le otorgan.

Lo más casposo del famoseo español instauró un ghetto que reunía a representantes de la trastienda y los bajos fondos televisivos, donde los flashes de las cámaras se fundían con el sonido de las cajas registradoras. Durante los tres meses de la época estival, Punta Umbría es la morada de ricos empresarios, políticos, extranjeros, pero también la cama redonda de la morralla mediática. Los metales pesados depositados en el fondo de la ría no son la única fuente de contaminación que afecta al municipio. Una cloaca teñida de rosa se alumbró como nuevo foco de infección.     

Era un mancillamiento anunciado. Algunos se escudan en el crecimiento y evolución para justificar la violación de un espacio tan peculiar y único. Un enclave agradable, cálido y hospitalario, con el aliciente del mar a escasos metros, un imán de turistas. Y miel para las moscas especuladoras, con la incondicional connivencia de la clase política. Todo para exprimir y absorber sádicamente hasta la última gota de su jugo. La estrategia es clara: agarrar de los pies a los visitantes y sacudirles hasta vaciar sus bolsillos, con tanta virulencia que caigan incluso los empastes. 

Durante una época, hectáreas de bosque eran pasto de las llamas con una frecuencia sospechosa. Tras varios incidentes casi análogos en espacios muy próximos, apenas se fortalecían las medidas de prevención, con paneles informativos, o la construcción de cortafuegos. Pocos meses después, grúas, excavadoras y demás maquinarias se asentaban en la zona calcinada iniciando nuevos proyectos urbanísticos. Oportuna casualidad, claro. El pulmón verde de la zona, perforado y encharcado de irresponsabilidad, agota su quejido sofocado con el histriónico y destructivo sonido de hormigoneras y taladoras. 

Primero fue el Hotel Barceló, desde cuyos balcones casi puede rozarse la espuma de las olas. Luego fue el resort de la misma cadena, que expolió y arrancó de las entrañas de Punta Umbría un importante botín de su patrimonio natural. La urbanización de Pinos del Mar cambió su decorado. De rodearse de campo pasó a convivir con un nuevo paisaje de ladrillo y cemento. Poco a poco se ha ido estrangulado el ecosistema de la zona, lo han arrinconado y maltratado.  

La faraónica obra no quedó ahí. La guinda fue un centro comercial plagado de establecimientos de distinta índole: pubs, restaurantes, tiendas de moda, supermercados… cuya viabilidad poco tardaría en desmoronarse como un castillo de naipes. Muchos negocios apenas sobrevivían unos meses y, donde antes había arboledas, ahora hay un cementerio de conciencias. La rentabilidad apenas se sostenía durante la frenética y concurrida época veraniega. Con el éxodo masivo propio de la temporada baja, simplemente el alquiler de los locales era inasumible y se desbocaba la hemorragia económica. Aparcamientos vacíos, pasillos desiertos… solo la música de una pequeña atracción infantil en la puerta de un bar rompía el silencio. Un fiasco desencadenado. El decorado habitual lo componen escaparates de locales empapelados con carteles cuyo leitmotiv también dicta el devenir de los más preciados tesoros ecológicos: Se Vende al mejor postor. 

A duras penas, siguen conviviendo modernidad y tradición en Punta. La Torre Almenara resiste robusta y vigorosa a los avatares del tiempo. La calle ancha permanece como la arteria principal. El puerto y la plaza Pérez Pastor han sufrido remodelaciones y mejoras en sus infraestructuras, pero la esencia no se ha perturbado. Despojado de los mundanales grilletes estivales, el pueblo recupera su quietud deliciosa, los susurros traviesos de la brisa jugueteando por cada rincón, el intenso olor a sal, el vuelo parsimonioso de las gaviotas, el crujido descorazonado de los amarres ante el contoneo del agua. Aflora su pureza otrora cautiva. 

La canoa que une el litoral con la capital onubense es inequívocamente uno de los anclajes con esos aires de antaño. Intensos temporales la han sacudido, con vientos huracanados y bravías mareas de profundas crisis asomándola al borde de la zozobra. Imperial y ronca, lenta pero incesante, prosigue su rumbo mostrando a los viajeros un rostro diferente de un anciano arrugado y chepudo, pero al que se han empeñado en llenar de tatuajes y vestir de lentejuelas.   
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Somebody
Fecha: Martes, 3 septiembre 2013 a las 09:48
Tienes mucha razón. es una vergüenza que hubiese essos incendios una y otra vez para que, oh casualidad, se acabase justo edificando a troche y moche en el mismo lugar. Basura de políticos y de empresarios especuladores que han vendido el alma y lo mejor del pueblo. estaban en su derecho de apostar por lo que creían mejor para la localidad pero no con las malas artes que han empleado, dignas del más puro estilo Malaya, que lo sabemos. Y el pueblo votante cómplice, porque no son tantos los que viven de servir al turismo. Sin embargo, son bien pocos los que han hinchado sus bolsillos en la operación hasta límites exagerados. Un crimen perfecto Manuel, felicidades.
María José
Fecha: Martes, 27 agosto 2013 a las 00:41
Estoy de acuerdo con usted en todo lo que dice,pero parece usted ciego!no veo que diga nada de la suciedad,dejadez,tercemundista,lamentable como está Punta Umbría con tanta gente pagando impuestos para dos meses que estamos allí,me parece que nos merecemos cuando vamos por la ría ir mirando el paisaje y no para el suelo por si nos damos un batacazo por como está el suelo,de camino nos llevamos una bolsita porque no hay ni una papelera,que pena de Punta!!...
MEPARTO
Fecha: Viernes, 23 agosto 2013 a las 14:34
Cuando pasen 50 años...alguien escribirá en algún sitio sobre la idílica Punta Umbría del 2013....."Todo pasa y todo queda..", como decía el bueno de D. Antonio...
Nobody?
Fecha: Miércoles, 21 agosto 2013 a las 20:56
Todos los que hemos conocido Punta Umbría hace unos 20 años,sabemos perfectamente de lo que hablas.Estoy totalmente de acuerdo con lo expuesto de manera tan elegante y tan cruda a la vez.Magnífico el relato.
Rosa
Fecha: Miércoles, 21 agosto 2013 a las 20:51
¿Y el viejo arrugado se piensa rebelar? ¿O está condenado a llevar las lentejuelas hasta el fin de sus días?
el bekri
Fecha: Miércoles, 21 agosto 2013 a las 08:48
Mientras mas torpes y peseteros de calderilla sigan siendo los politicos provinciales mejor será para el medio ambiente de Huelva. Imaginate esto con la mierda de todo tipo que hay en la Costa del Sol. Chipichanga Bay
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