Lunes, 27 mayo 2013

Apadrina a un paisano

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Manuel García

Solidaridad y caridad. Ambas comparten una coincidencia lingüística, la del morfema final ‘dad’, que suena a invocación de limosna. Sin embargo, el primer término engloba mucho más que eso. Asociarlos como sinónimos es un error. Digamos que la solidaridad es la hermana atea de la caridad. Esta última arrastra una cruz teologal. La ligazón religiosa frena su ímpetu y la maniata a cánones y dogmas. La solidaridad no se casa con nadie (ni por lo civil ni por la Iglesia), se aleja de afiliaciones estáticas, evoluciona y busca continuamente maneras de proyectarse en quienes la asumen como propia. Su aportación trasciende a lo material, funciona más allá de un cepillo dominical.

La caridad siempre ha comulgado con esa connotación de la expiación del remordimiento y la culpa  propia del cristianismo. Ese donativo que permite dar un lavado con agua bendita a nuestras almas. Un poco de maquillaje espiritual. Moneda aquí y moneda allá. La senda hacia el edén de la ejemplaridad del cristiano modelo, un deber moral. Mientras que la solidaridad es un fin en sí misma. Una filosofía, una actitud, un comportamiento, una decisión, una convicción, un derecho de conciencias libres, limpias de mandamientos. 

Se podría decir que la caridad es Caín, la que ofrece una parte de sí mismo; y la solidaridad es Abel, que proporciona lo mejor de sí mismo. Sutil, pero definitivo. Metáforas bíblicas a parte. Que no se malinterprete. No son aspectos excluyentes, existen muchísimos cristianos solidarios y ateos suscritos por accidente a la caridad, y viceversa. Y los hay de ambos “bandos” que no son ni una cosa ni la otra, sino todo lo contrario.

El chapapote financiero ha logrado contaminar parte de ese terreno tan fértil para el desarrollo social como es la solidaridad, reduciéndolo en ocasiones a un mero valor mercantil más. Otra mina de oro sobreexplotada por manos irresponsables. Los bancos trafican con ella y le otorgan términos de cotización. La privatizan transformándola en un activo prolífico arrojador de nuevos y suculentos dividendos. Diversifican sus fuentes de ingresos especulando con el sufrimiento ajeno. Firman cheques para financiar iniciativas y fundaciones sociales con la misma pluma con la que certificaron el desalojo de familias a las que se vanaglorian de ayudar tras abocarles a una situación extrema de la que son causantes. 

La realidad es que el Cuarto Mundo fagocita al Primero. Ese núcleo de población en situación de especial desprotección ante la vorágine económica se expande y aumenta a un ritmo frenético. La pobreza y la miseria ya no caben en los márgenes de las ciudades. Los bancos convierten los hogares en escombros hipotecarios y sus inquilinos a riesgo de morir sepultados por sus deudas engordan el censo de los suburbios. ‘Apadrina a un paisano’, está cerca de ser el próximo eslogan de las oenegés. 

Antes, los casos de desdicha más profunda y la necesidad extrema llegaban a nuestros ojos a través de imágenes explícitas de anuncios de Unicef y Manos Unidas, donde legiones de ‘negritos’ desnutridos sobrecogían corazones por décimas de segundos. El tiempo justo hasta que el spot de Coca-Cola sacaba el confeti y las guirnaldas publicitarias para pintar de color de rosa la realidad que nos rodea, flasheando la memoria de nuestras conciencias.
  
Hoy, esos anuncios que narran en primera persona el desamparo más absoluto se siguen grabando en Zimbabue, Burundi y Zambia, pero también en nuestras calles. Hoy no podemos cambiar de canal para seguir comiendo el entrecot y mirar para otro lado para que el opíparo almuerzo no se nos indigeste. África no quedaba tan lejos. Está a la vuelta de la esquina. Somos nosotros, eres tú. O puedes serlo en cualquier momento. 

La empatía es una cualidad humana inhabitual. Es tímida en sus apariciones y altamente selectiva. Cuando abandona su letargo, el criterio de cercanía y los lazos de afinidad son los que suelen imponerse. Es decir, la gente se conmueve profundamente (más allá del suspiro de afligimiento descarnado) con aquello que percibe como propio, cercano, potencialmente influyente en uno mismo. Lo demás son desgracias inevitables. 

Somos pequeños microuniversos andantes rodeados por miles de diminutos satélites que van disminuyendo de trascendencia en nuestra fuerza gravitatoria conforme se distancian de nuestro centro de acción. Nos autoproclamamos como ejes concéntricos reguladores de todo el concierto cósmico humano. Egocentrismo infinito en estado puro. Nuestras galaxias más próximas comienzan a ser engullidas por un agujero negro insaciable y desbastador. Sin embargo, veremos antes la boca del lobo con sus afilados incisivos desgarrándonos, que las orejas que avisaban de su acecho.

La sociedad española se divide en ricos (pocos pero muy pudientes), pobres (muchos) y los pobres del futuro (aún más predominantes). En los primeros, la solidaridad es el gen recesivo, carente de influencia y eclipsado por otro dominante que suele ser la codicia y la ambición. En los segundos, funciona a la inversa, la solidaridad prevalece, son sensibles a las zozobras sociales al estar en contacto constante con ellas, pero su delicada situación les provoca una paraplejia solidaria. Por último, los terceros, permanecen en un estadio intermedio. Adquieren el gen dominante del rico y la invalidez solidaria de los pobres, solo que, en este caso, el inmovilismo es voluntario, no forzoso (o al menos no del todo). 

Se camuflan entre los miembros del segundo grupo para argumentar su nula implicación. “Está la cosa muy mala”, suelen decir saliendo de un centro comercial tras aportar su granito de arena en Zara. Colaborar es un derecho y no un deber, pero la educación en solidaridad y la cooperación es ‘Wertgonzosa’. El amordazamiento de la conciencia es lícito, pero al menos sean coherentes. Stop excusas.         

Paaab
Fecha: Jueves, 6 junio 2013 a las 09:38
Gran artículo de alguien muy cercano a la solidaridad, que no a la caridad. De todas formas yo no menospreciaría la caridad pues "menos es nada", "menos da una piedra", "a falta de pan buenas son tortas", etc etc etc...(el refranero español es vasto) No conviene mosquear a los caritativos, no sea que dejen de dar su aportación, que aunque ligada a la "cruz teologal", viene muy bien para obras sociales, que vengan de donde vengan, son muy necesarias.
Nobody?
Fecha: Viernes, 31 mayo 2013 a las 18:23
Si hace falta ponerse filosófico o hacer una reflexión sobre este tema, nada mas fácil despues de leer este texto tan inspirador.Prefiero no añadir nada al asunto que está tan bien expuesto. Asi que un diez para el periodista.
Teressa
Fecha: Lunes, 27 mayo 2013 a las 21:08
Nadie mejor que alguien con experiencia para escribir un artículo como este, nadie mejor que tu para explicar con tanta claridad la diferencia entre cada grupo de nuestra sociedad con respecto a la solidaridad. Me encantan tus metáforas. Porque la experiencia es un grado y tú la tienes. Espero que este artículo también sirva para remover conciencias y que algún día muy cercano tenga su recompensa. Porque, como bien dice una amiga mía, para esa tercera clase que dice “está la cosa muy mala” ser un poquito solidario solo supone tomarse un combinado de ron con cola menos al MES. Ains… ¡amigos! Miedo me da porque hoy en día, tal y como está nuestro país, no sabemos quienes vamos a ser los que formemos el segundo grupo mañana. Os dejo un refrán para que todos los que hoy pueden, o medianamente pueden, piensen poquito: “Quien siembra vientos cogerá tempestades”.
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