Viernes, 22 marzo 2013

El final de mes y su viagra financiera

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Manuel García

Final de mes. Sólo con articular estas palabras el bolsillo tiembla y la cuenta corriente se prepara para volver a la UVI tras apenas un par de jornadas en planta, aunque sin dejar de arrastrar el carrito del suero de créditos que postergan la vida de un maltrecho paciente. Una prórroga sometida a periódicas y exhaustivas revisiones, las del IPC o el IVA… que fluctúan con frecuencia como el colesterol y los triglicéridos.

El final de mes de antaño conformaba ese lapso reducido de tiempo crítico en el que tocaba ejecutar pagos, abonar facturas y en definitiva adelgazar una famélica economía familiar, que a duras penas iba recuperándose del expolio anterior para poder hacer frente al siguiente. 

El final de mes actual comprende el final del anterior, así como el inicio, el desenlace y el final del siguiente. Marx lo habría firmado como propio, Groucho, no Karl. La famosa cuesta de enero se ha convertido en un auténtico puerto de montaña con una inclinación del 99%, el 1% restante es lo que no se lleva Hacienda. Algunos avezados ya han adquirido dotes de escalada, pero la inmensa mayoría de los contribuyentes, aun con ampollas en los pies y calambres en las piernas, carecen de arneses y mosquetones para enfrentarse a las extremas condiciones de la ascensión. Los supuestos garantes del bienestar social, administraciones y bancos, también han sufrido con virulencia los efectos de este proceso apocalíptico, aunque de sus zozobras ya nos encargamos de responder los ciudadanos, que buscamos con ahínco entre las costuras del sofá una reluciente válvula de oxígeno con la efigie de su Majestad, que alivie los temblores sísmicos de las placas tectónicas financieras, aunque un mendrugo de pan se convierta en un artículo de lujo.  

La prioridad es recuperar la estabilidad de la banca y engalanar (o al menos maquillar) la tan crucial Marca España, aunque dicha marca se quede sin nadie a quien representar. Un arsenal de artificios para recuperar la confianza de los mercados y que nuestros bonos asomen por fin la cabeza de la ciénaga en la que cohabitan con cada vez más inquilinos. El báculo bávaro acecha. Pero la diálisis de la banca ya está en marcha, ese gran invento denominado el ‘banco malo’ se encargará de realizar transfusiones constantes de donantes forzosos (de nuevo la población), cuyas cuentas, ahorros e inversiones contraerán una anemia degenerativa y una dependencia vitalicia a las vitaminas germanas. El conglomerado bancario derrumbó los cimientos financieros y como recompensa el Estado le otorga un cheque en blanco para filtrar los créditos tóxicos descontaminándose con el patrocinio de los contribuyentes.  

España nunca fue un país aconfesional como la Constitución reza. La especulación fue más que una religión, o exactamente una secta cuyos dogmas instigadores dejaron al país al borde del suicidio colectivo como economía emergente. El suelo se convirtió en un tablero de Monopoly a gran escala donde los bancos prestaban un dinero intangible y las constructoras se hipotecaban garantizando unos intereses que no poseían, mientras viviendas, hoteles, campos de golf y proyectos faraónicos se amontonaban. Castillos de naipes. Game Over. Los dados en manos equivocadas aceleraron la debacle y finalizó la partida sumiendo a sus participantes (directos e indirectos) en la bancarrota. 

Muchas de las sucursales bancarias nacidas al abrigo de la bonanza y el frenético trasiego de activos se han convertido hoy en pesos muertos y sus cenizas yacen en un cada vez más amplio cementerio financiero; los gastos de este funeral a gran escala repercuten sobre los mismos mártires de la causa. Los bancos continúan de reformas, o de ‘deformas’, no en vano algunos estudios indican que el 35% de las oficinas son prescindibles y que hasta 2014 unos 40.000 trabajadores verán peligrar su puesto en el sector. Una fumigación fulminante de una plaga que devastaba con ferocidad las cosechas públicas y que se ha mantenido en barbecho con la complicidad de quienes ahora recomiendan su exterminio. En países como Francia y Alemania la regulación y control de la superpoblación de sucursales se ha realizado gradualmente, pretendiendo que se configurase como un ciclo natural. Sin embargo, España se ha rezagado (una de cada cinco sucursales que existen en la zona euro están en suelo español) y en los últimos meses se han precipitado los acontecimientos, de manera que los usuarios se han topado de bruces con un escollo más al atravesar el umbral del final de mes: el deficiente servicio burocrático. 

Absorciones, fusiones, reestructuraciones de personal… un jeroglífico cuya piedra rosetta no está al alcance de los clientes, incapaces de descifrar el intrincado universo bancario. En determinadas oficinas un único trabajador atiende en la caja, asesora en la contratación de planes de pensiones, imparte un tutorial del funcionamiento del cajero automático, etc. Una exaltación de la polivalencia y un delito doloso contra la eficiencia. El self service se instala en estas oficinas, cuyo tótem es el cajero automático. La confianza de clientes (especialmente de la tercera edad) depende de un rostro más que de una marca, pero Juan, el de la Paquita, ya no trabaja aquí. Entre las múltiples disfuncionalidades las situaciones esperpénticas se cotidianizan. Octogenarias se afanan por combatir los diminutos caracteres de la pantalla táctil con sus lentes de cerca, al tiempo que un pitido le indica que la operación se ha cancelado por exceder el tiempo. Vuelta a empezar. La cola se eterniza, los exabruptos se generalizan y la paciencia agoniza. -¿Por dónde meto las monedas?-, el ingreso de cantidades decimales lleva asociados daños colaterales en forma de céntimos de oro que se precipitan por el limbo del redondeo. La tensión por las nubes. -Me cambio de entidad, ¿en qué oficina está el hijo de la Paquita?, me recorro la ciudad si es preciso-. El cliente siempre lleva la razón, aunque en las ventanillas no quede ya nadie para escuchar sus quejas y plegarias.   

El equilibrio homeostático imperante en la burbuja de cristal en la que han instalado la banca contrasta con la entropía, la tendencia al desorden, de todo aquello que le rodea, provocando el caos general cuando se trata de cualquier cambio asociado a su estructura. El rescate a la banca es una realidad, pero ¿quién o qué nos rescata de la banca?


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Marina
Fecha: Viernes, 29 marzo 2013 a las 19:10
Lo más indignante de todo es que pretenden que hagamos como que no nos sorprende, agachemos la cabeza y acatemos todo a lo que se les ocurra. La conciencia de los bancos y banqueros en casi todos los casos no solo brilla por su ausencia si no que además se aprovechan del cansancio mental y físico que supone estar todo el día luchando por nuestros derechos. No hay que olvidar que cuando hablamos de "los bancos" estamos hablando de gente, personas que toman la decisión de obligarnos a los usuarios a hacer las cosas como mejor les rente y ya nos quieren robar hasta los céntimos para las pipas. Me encanta la pregunta final, no sé quién nos va a resatar a nosotros... solo espero que no tarde mucho más. Es inaceptable que estemos llegando ya a un punto en el que pensar "que paguen por todo esto los que nos han metido aquí, sus causantes, los que se han llenado los bolsillos a manos llenas" suene tan utópico que nos haga rozar la resignación.
Iris
Fecha: Lunes, 25 marzo 2013 a las 09:27
La realidad trasladada al lector con estilo propio, un tema :)
Teresa
Fecha: Sábado, 23 marzo 2013 a las 20:30
Cuanta verdad y actualidad hay siempre en lo que escribes Manuel. Gracias por ser la "voz" de muchos.
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