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Armando Guerra
Martes, 2 octubre 2012

El dilema catalán

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Siempre me ha parecido que de un tiempo a esta parte las nuevas generaciones de españoles hemos logrado fracasos y progresos en el campo ideológico. Entre los segundos, algunos muy notables como la aceptación de nuevos roles de género, la incorporación de la mujer al mundo laboral, el derecho al aborto, el divorcio, etc. Todos estos logros, muy contrarios a la visión machista del régimen anterior y de la que aún quedan rescoldos que deben ser apagados.

No obstante, el progreso está ahí. Por otro lado, otro de los pilares ideológicos del régimen ha seguido prácticamente intacto: el sentimiento de unidad nacional con respecto a Cataluña y País Vasco. Poca o ninguna diferencia había de escuchar a un padre y a un hijo sobre el tema. Los dos usaban la misma retórica y el socorrido argumento de que si los reyes católicos se casaron libremente hacía 500 años pues poco o nada había que discutir. Y lo que es más grave, que nadie dudara de que en caso de secesión siempre nos quedaría la solución de los tanques.

Sin embargo, los acontecimientos de los últimos días en los que el gobierno de Artur Más ha dado pasos claros para que Cataluña pueda organizar una consulta soberanista me han hecho repensar si no se habrá dado un cambio también en la visión que los españoles teníamos del problema separatista. Cierto es que este análisis carece de toda validez estadística y que se basa totalmente en una apreciación personal, por lo que puede que dependiendo de la evolución dela situación, tenga que decir “Diego” donde dije “digo”. El caso es que me parece inaudita la falta de interés que este tema suscita en la calle, entre los contactos de Facebook, en el trabajo o en casa,  especialmente si tenemos en cuenta lo pasionales que llegan a ser algunas personas cuando alguien les cuestiona la españolidad de Cataluña. Eso sí, no se puede decir lo mismo del peso que tiene este mismo tema en los medios de comunicación, donde prácticamente ha eclipsado a cualquier otro, cosa que no me sorprende, porque hace mucho tiempo que constaté que la gente y los periodistas viven a veces en mundos aparte.

Pero, ¿A qué puede deberse este cambio? ¿Por qué no han saltado los iracundos merengues que tengo en mi cuenta de Facebook al gaznate de Más, como la hacían con Joan Laporta? ¿Por qué mi padre, antiguo falangista, no me mencionó nada del sentimiento de preocupación que seguramente le creará todo esto? No tardé mucho en darme cuenta de lo evidente, y esto es que desde el estallido de la crisis los españoles y españolas hemos empezado a interesarnos más por temas que nos afectan directamente a nuestro bienestar y hemos empezado a comprender que en nuestras desgracias personales poco papel han jugado los catalanes, por lo menos los catalanes que no sean banquero, claro. Hemos identificado peligros más cercanos, por ejemplo las oficinas de los bancos, nuestros ayuntamientos, las compañías de seguros y otros más lejanos o incluso abstractos, dígase los mercados, la prima de riesgo, Ángela Merkel, etc.  En otras palabras, hemos adquirido una visión menos pasional y más razonada de la realidad, cosa que me agrada.

Por desgracia en todo este asunto hay un reverso-tenebroso-de la moneda y éste es que si por un lado los españoles nos hemos desprendido del fardo nacionalista español con el que cargábamos, los catalanes parecen haberse cargado con uno extra de nacionalismo independentista. En un mes en el que las calles de Madrid han gritado contra los recortes y la extinción del estado del bienestar que llevan a cabo nuestros políticos, y  contra las políticas injustas que además nos llegan de Maastricht y de Berlín, las calles de Barcelona han reclamado ponerse en manos, en vez de dos recortadores de derechos (Rajoy y Más), solo de uno de ellos, el de casa, que es más majo. Y lo que es peor, con el miedo a quedarse fuera del mercado común, del euro y demás, tanto Más como la Assemblea Nacional Catalana llegan casi a hacer una apología de la UE que resulta cuanto menos chocante en estos momentos en los que en los países del sur cuestionamos nuestra pertenencia al euro y reclamamos otra manera de entender Europa. 

Aunque no soy quien para dar lecciones a nadie y menos a un pueblo entero como el catalán, si creen que la fuente de sus desgracias viene en mucha menor medida de los recortes, ya sean impuestos por nuestros administraciones, ya sean los impuestos por los organismos europeos o por los mercados, y creen que en mayor medida es el régimen fiscal que tienen dentro del estado español el culpable de todo, en ese caso van mal encaminados. 

Que nadie me malinterprete, aunque soy español y me agrada la idea de tener a los catalanes como compatriotas, siempre he estado a favor de que los pueblos decidan libremente en referendo si quieren formar parte de España o no; Lo que no comprendo es cómo el pueblo catalán no ve que este no es momento para separarnos, sino para aunar fuerzas. 

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