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huelva24.com
Viernes, 21 septiembre 2012
Día Mundial del Alzheimer

Recuerdos encontrados

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La silueta amarilla de la cessna destacaba sobre el manto verde que dibujaban las copas de los árboles. El piloto podía divisar cómo le perseguía la sombra de su propia avioneta; echaba de menos las agradables conversaciones que en un tiempo pasado mantuviera con su acompañante, actualmente silencioso.

No atinaba a comprender cómo una persona tan activa y capaz de tirar hacia adelante de la mayor parte de las plantaciones, otrora de caña de azúcar, en su mayoría de soja en la zona brasileña colindante con el río Amazonas, ahora no fuese capaz de enlazar una frase.

Rivao, que ahora contaba con cincuenta años de edad, fue diagnosticado de alzheimer hacía cinco y la enfermedad había hecho mella profundamente en su cerebro; contrastaba con su aspecto físico que evidenciaba una larga vida deportiva, ahora no hablaba y mantenía su mirada perdida, era incapaz de reconocer a nadie, su caso se referenciaba como especial en los congresos médicos, por la rapidez en que la enfermedad se había desarrollado.

Tras un chequeo médico, volaban de vuelta a casa sobre una selva amazónica especialmente resplandeciente después del último monzón. El piloto observó cómo empezaba a salir humo del motor y la hélice desacompasaba el giro a la vez que se comenzaban a oír pequeñas explosiones delante de la cabina; algunos instrumentos dejaron de funcionar y las agujas cayeron a cero o en zona roja.  Volaban bajo. El avión no tardó en caer unos cien metros a pesar de los intentos de su piloto que, mientras emitía una señal de socorro, intentaba enderezar la estructura aerodinámica, pero le fue imposible evitar un árbol que sobresalía; el ala derecha chocó contra el tronco desprendiéndose y la velocidad que llevaban ocasionó que comenzaran a girar como un trompo, perdiéndose en lo profundo de la vegetación como si hubiesen sido deglutidos por ésta.

[Img #46845]Cuando el fuselaje llegó al suelo, Rivao, algo conmocionado miró a su alrededor y pudo ver una tupida vegetación por  todos lados, observó el cuerpo del piloto que había arrancado el cinturón de seguridad de una de sus cogidas debido al impacto y se encontraba tendido y ensangrentado, le levantó una mano y la soltó, siendo consciente de que quien fuese estaba muerto. Se quedó allí sentado durante horas, pues aunque hizo amago de levantarse el cinturón se lo impedía y no se daba cuenta de lo que estaba sucediendo; por fin, en un intento de apoyar las manos para hacer fuerza y levantar su cuerpo, casualmente liberó el seguro del cinturón y pudo empujar la puerta medio encajada. Lo invadieron miles de sonidos, cantos de pájaros, aullidos de monos y un sin fin de desconocidas notas. Salió y se acercó al tronco contra el que habían impactado, orinó sin acordarse de abrir su bragueta y volvió al habitáculo donde encontró una mochila con pan, un poco de queso y dos latas de jamón york, se comió el pan y el queso, no sabía qué hacer con las latas, incluso no recordaba que tenían comida dentro.

Pasó un espacio de tiempo indefinido, no sabía si estaba amaneciendo o anocheciendo, allí siempre reinaba la penumbra. De nuevo, sintió hambre y, sobre todo, sed. Bebió de una botella de plástico hasta terminarla, pero con la cantimplora le sucedió igual que con las latas. Volvió al tronco y advirtió que en su base emergían como dos grandes panes. Eran unas extrañas setas, las probó y quedó prendado de su sabor, tenían la consistencia de la carne y un sabor entre dulzón y agrio, comió bastante hasta sentirse satisfecho y se recostó en su sillón de la cabina. Volvió a levantar la mano del piloto pero esta ya estaba casi rígida.

Seguramente dormiría más de diez horas. Se despertó sintiendo un profundo olor a descomposición, miró hacia su acompañante apreciándolo excesivamente hinchado y percibiendo que le salían líquidos por la  nariz. De alguna manera presintió que tendría que irse, cogió las latas y volvió a tirarlas, al mover la cantimplora sí se dio cuenta, por el ruido, de que había líquido dentro y se la colgó instintivamente. Tomó la mochila y la llenó hasta arriba con las extrañas setas, no sin dar antes un par de bocados. Afortunadamente, cogió una cazadora que tenían prevista para un caso de supervivencia, pero al ser incapaz de ponérsela se la colocó, como si estuviera lloviendo, sobre la cabeza. En el suelo de la cabina encontró la brújula que se había desprendido del cuadro de mando y la metió instintivamente en la mochila de los hongos.

Se encontraba más lúcido, no obstante, había orinado y defecado dentro de sus pantalones.
Anduvo perdido durante horas. De pronto, apareció frente al fuselaje del avión; observó cómo montones de extrañas alimañas salían de éste con trozos de carne en la boca, dio media vuelta y volvió a adentrarse en la vegetación. Cuando llegó a un arroyuelo se sentó y comió unos trozos de seta, bebiendo posteriormente de su cauce. Se echó a dormir,  Transcurrirían unas cuatro horas cuando despertó. Se encontraba muy lúcido, fue a orinar y por primera vez en mucho tiempo, abrió su bragueta y sacó su pene disfrutando de poder dirigir el chorro a donde le parecía, se le ocurrió quitarse toda la ropa y enjuagar  la suciedad de los pantalones, prefiriendo deshacerse de los calzoncillos. Mientras hacía la colada, se colocó la cazadora sin ningún problema. Como los mosquitos comenzaron a picarle las piernas, se puso de nuevo la ropa aunque todavía estaba húmeda. Se recostó sobre un tupido arbusto y comenzó a pensar en lo sucedido.

Entre tanto, mecánicamente, destapó la cantimplora y bebió,  empezó a ver clara la situación, no comprendía cómo su capacidad de razonar aumentaba por momentos, era consciente de que aquello era bueno. Se hizo de noche y buscando en los bolsillos de la cazadora encontró un impermeable que no ocupaba prácticamente espacio, menos que una cajetilla de tabaco que también halló junto a un mechero, antes fumaba y se deleitó con un primer cigarro después de mucho tiempo. Una pequeña linterna, que encendía después de darle a una manivela extraíble, no fue utilizada por miedo a los enjambres de insectos, cuando por primera vez desde que comenzara todo apreció que era de noche. Al volver la penumbra matutina y los sonidos selváticos, volvió a comer los micológicos trozos y decidió seguir la dirección de la brújula hacia el este. Dibujó en su mente el recorrido del avión hasta la hacienda. El Amazonas debía quedar a su izquierda; tenía que encontrarlo o no habría posibilidades de sobrevivir. Durante dos días avanzó en la misma dirección, hasta que comenzó a ver más y más luz, descubriendo de pronto un cauce del que no alcanzaba a ver la otra orilla.  Observó la dirección del agua y continuó río arriba. Al cuarto día sus facultades mentales  eran casi normales con alguna que otra laguna, mientras estaba comiendo otro trozo de seta se dio cuenta. Sólamente podía ser la causa de su lucidez: o aquel extraño hongo o el golpe en la cessna y dudaba que esto último fuese probable, ya que  el  cinturón lo había protegido y no sufrió daños.

Observó cómo bandadas de pájaros iban levantando el vuelo una tras otra y más tarde vio aparecer una ruidosa barcaza, le dio la vuelta a la cazadora que en su interior era naranja y comenzó a moverla, pronto lo vieron y se acercaron a él. Dos días más tarde estaba en la hacienda con su familia. Nadie se explicaba cómo había sanado y por desgracia no había quedado ni resto de las setas.

Partieron muchas expediciones en busca del avión para poder encontrarlas, pero hasta la fecha sin éxito. El preciado oro neuronal seguirá creciendo en algún punto del fondo selvático, mientras millones de personas en todo el mundo pierden su propia identidad a marchas forzadas y sus familiares o amigos sueñan con el descubrimiento de algún remedio que consiga sanarlos.

Federico Soubrier García

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