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huelva24.com
Viernes, 7 septiembre 2012
carta al director

Nuestro Pinocho particular

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Si el gran escritor italiano Carlo Collodí, del que todos ustedes habrán leído, visto o escuchado su famoso cuento 'Las Aventuras de Pinocho', se reencarnase en España, digamos que en el loro enjaulado de un bar que conozco en Huelva, situado frente al televisor, estoy seguro que necesitaría pocos telediarios para darse cuenta de que se quedó corto, pero que muy corto con las mentirijillas de su muñeco de madera.

En sus tiempos, sin duda, los políticos al igual que a lo largo de la historia, no cumplirían sus promesas electorales, cuestión que todos teníamos asumida. Pero seguro que si Carlo ha estado mirando la caja tonta desde que los populares iniciaron su campaña electoral, me refiero a la gorda, a la que les permitió gobernar el país, se echaría las manos a la cabeza y pensaría, “me equivoqué, a Pinocho le debería haber crecido la lengua, es mucho más asqueroso”.

Como el loro, o mejor dicho Collodí, que era muy inteligente, sabía que mentir es decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe,  se cree o se piensa, que engañar es dar a la mentira apariencia de verdad, que estafar es cometer alguno de los delitos que se caracterizan por el lucro como fin y el engaño o abuso de confianza como medio y, por último, que lucrarse es conseguir lo que se desea, luego, hasta el loro cantaría "quien deseaba gobernar y para ello ha mentido y después engañado para conseguirlo, basándose en el Diccionario de la Real Academia Española, comete una estafa, lo cual es un delito”.

La revista 'La Codorniz' publicó en su día " bombín es a bombón como cojín es a X, me importan dos X que ....................”. A mí no me importan dos x, los delitos hay que pagarlos y cuanto antes mejor.

Tengamos muy claro que el Gepetto, quiero decir el electorado de este cuento, por más que se empeñe en ver el madero convertido en humano, jamás lo conseguirá, pero eso sí, podrá ver cómo mueve sus hilos Europa, quiero decir Stromboli, antes de que se convierta en burro.


Federico Soubrier García

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