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Elena Barrios
Jueves, 26 julio 2012

Del PP y su comunicación de crisis

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"El fallo del PP es que actúa pensando en las próximas elecciones", me decía el otro día un político -que no es del PSOE- acerca de la gestión de la crisis que estaba haciendo el Gobierno. "¿Y qué político no lo hace?", le pregunté antes de recordarle que pertenecía a esa clase de "profesionales" dedicados al servicio público.

En cualquier caso, no podía darle la razón. El fallo del PP no es pensar en lo que vendrá después. Ojalá lo hicieran. Así, al menos, tendrían en cuenta la opinión de los ciudadanos que un día deberán decidir si les quieren de nuevo en el Gobierno o en la oposición.

El fallo del PP, como ha ocurrido en tantas otras ocasiones, es la ausencia de una eficaz política de comunicación de su gestión. De un modo bastante más duro lo comentó recientemente Antoni Gutiérrez-Rubí en El País: es la ausencia total de una política de comunicación lo que hace que su comunicación política sea un auténtico suplicio.

Precisamente, un reciente sondeo de Metroscopia sobre las medidas del Gobierno, ha sacado a la luz que más del 80% de los encuestados comprenden las protestas de los funcionarios por los recortes anunciados, y que además consideran que se extenderán hacia otros colectivos. Y esto se explica por múltiples razones.

Ahora que la distancia entre políticos y ciudadanos es cada vez mayor -y no sólo por la desafección de los últimos hacia los primeros-, la acumulación de una serie de pequeños privilegios que en momentos de crisis se convierten en enormes diferencias de clase, no hace sino contribuir a esa separación. El estancamiento de un sistema oligárquico y excesivamente cerrado aumenta la idea de que estemos gobernados bajo los intereses de pequeños grupos que acumulan muchas prebendas frente a una sociedad que ha de afrontarla con esfuerzo y grandes sacrificios durante los duros años de recesión antes de que mejore la economía del país. 

Estos días en los que el Gobierno ha iniciado un periodo desaforado de reformas, convirtiendo los viernes en el centro informativo de la semana por los acuerdos adoptados en el Consejo de Ministros, la imagen externa e interna es de una enorme inestabilidad. La revisión de tantas normativas, acompañadas en muchos casos por el cambio radical entre la anterior legislación y la nueva, ayuda a sembrar la desconfianza ante lo desconocido que está por venir. La inestabilidad política alimenta la inestabilidad económica y social, y éstas a su vez aumentan las decisiones políticas no previstas. La espiral es demasiado peligrosa.

Ahora más que nunca el Gobierno debe manejarse con una correcta, orquestada, completa y perfecta maniobra de comunicación para hacer llegar a la ciudadanía que las decisiones que se toman no sólo son fruto del atosigamiento de los mercados ni de las imposiciones europeas, sino que forman parte de un preciso plan para reponer las arcas, en el que está todo controlado y previsto, que no hay vacilación ni improvisación, que sólo toca el tiempo de "apretarse el cinturón". Y por eso no es de recibo ni creíble que la operación lavado de cara de los políticos del país sea reducirse entre un 5 y 10% el sueldo. 

Un nuevo sondeo, ahora el de Sigma Dos, advierte de la bajada del PP en 9 puntos en intención de voto, frente al escaso ascenso del 0,8% para el PSOE. Sólo IU y UPyD se salvan de la criba en un hipotético encuentro electoral, pero la situación de ingobernabilidad sería aún peor. De nuevo el PP se enfrenta a sus viejos fantasmas: la incapacidad de hacer llegar a la ciudadanía que tiene controlada la situación, que el mensaje es único, uniforme y tranquilizador. Que los temores de la sociedad son infundados. Y que nuestro Gobierno es capaz de resolver la situación, sea ésta cual sea. Porque, es capaz, ¿verdad?
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