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Enrique Gómez
Martes, 3 julio 2012

Crónica de un incendio

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Desde la curva de Corrales, que involucra la carretera de la playa en el enredo de las rotondas inmediatas a la ciudad, se advierte una densa y negra columna de humo que crece y se deshace en tanto sube al cielo. Son las ocho de la tarde. Todavía queda un buen rato de luz y los bañistas hacen cola en las fuentes para desalojar la arena de entrededos y volver al coche. No hace tanto calor, pero sí mucho tiempo que no llueve.

El rastrojo está pardo y generoso en el cabezo del Conquero, cuya falda abarrota una manta de malas yerbas bien secas y amarillas. Debajo de la yerba se reproduce a sus anchas la fauna urbana: Conejos, garrapatas, culebras, cucarachas, ratas, abejorros, gañafotes. La fauna urbana. 

El barrio de Las Colonias es buen conocedor de este raro ecosistema del que forma parte. Sus calles traseras lindan íntimamente con las estribaciones del promontorio del cabezo, en cuyo derredor se expande la ciudad de Huelva. Es un barrio de casas de pueblo, calles de pueblo y vecinos de pueblo, en el que se manifiestan ocultos los vicios de la ciudad.

Entre la calle Pérez Galdós y la Avenida de la Raza, donde comenzó el incendio, hay un insondable desorden de direcciones y cierta descoordinación urbanística. Todos los vecinos han acudido allí para observar el fuego y para ver a los bomberos encaramados al cabezo. La zona de rastrojos colindante a las casas ya se ha quemado y ahora es un erial negro y desierto por el que suben andando los bomberos para llegar al foco, extremadamente cercano a donde se agolpa el vecindario.

Los niños del barrio, inmensamente ociosos, están inaugurando sus vacaciones. Revolotean como frenéticos moscardones dando gritos alrededor de la gente, con su extremada pequeñez morena y su solsticio de verano en mitad de la boca. Dos de ellos aseguran que poseen información relevante. 

– Yo sé quien ha podido ser –Nos dice mientras recuerda, probablemente, al más travieso de los compañeros de su clase. Su colega, un niño bajito y de raza negra, le propina un codazo cómplice 

–Han sido los gitanos –enmienda– Han sido los gitanos de siempre.
 
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En cada puerta de Las Colonias hay al menos una silla de anea en la que los vecinos mayores se sientan a charlar y refrescarse las noches de verano. Recién desprendidas de sus asientos, varias vecinas añadas y enfundadas en vestidos largos y zapatillas nos reconocen como “el telesur” y ese rumor se propaga de inmediato por entre la concurrencia, pese a que sólo llevamos encima una pequeña cámara de fotos.

–Esto es culpa del Ayuntamiento– declara en voz alta una señora, que aprovecha la presencia de la cámara –Porque en verano se pone todo lleno de bichos y el Ayuntamiento no lo limpia nunca, así que dime tú qué hacemos. Por eso todos los años hay el mismo incendio aquí–.

Alrededor de esta señora se forma un corrillo, a modo de tertulia política, en que los afectados y curiosos dan pie a una sarta de acusaciones institucionales que amenaza con afectar hasta las más elevadas esferas de la Unión Europea.  

–La culpa no es del Ayuntamiento, no. ¡La culpa es del Ministerio español… y del alemán!– Establece un último interventor espontáneo, ganándose la concomitancia ciega del resto de interlocutores.

–¿Esto cuándo sale?– Nos pregunta ya por último, orgulloso de su anterior aforismo.    

El fuego asciende, cambia, se extingue y se reaviva en función de la actitud del viento y la represión de los bomberos, que han subido por el monte y pisan sobre quemado desafiando la imprevisible ferocidad de las llamas. La ceniza latente la emprende con el pasto seco, fomentando pequeños focos aislados de incandescencia que surgen de súbito como cohetes de artificio, granjeándose la admiración hueca de los espectadores. Un vecino decrépito, que viste una camiseta del Real Madrid y está delgado y cetrino como el cuero, congrega una cuerda de voluntarios para tirar de la manguera y ayudar a los bomberos. Se lo toma en serio. 

El hombre del Real Madrid aúna a una decena de espontáneos para halar de la manguera estribada en el camión cisterna, dejándose las fuerzas que le prestan sus estirados músculos, comidos por la delgadez y el sol. Todos lo llaman Manué y aparentemente es muy conocido en el barrio. Cuando Manué advierte nuestra presencia,  se sube una braga pasamontañas hasta la nariz y se coloca unas gafas de sol grandes. Nos mira de soslayo, emboscado en su camuflaje. 

–¿Onde va Manué, que parece de la ETA!– Le gritan con sorna sus conocidos. –Pa que no me saquen los hijos de puta que yo me sé– Responde Manué, señalándonos sin ambages con el dedo.

El incendio ha barrido ya el área inferior del cabezo y se desplaza raudo a la superior, provocando el desalojo inmediato del bar Mandala. Varios eucaliptos grandes, arraigados en una abertura fluvial que rasga a la mitad el cabezo como una cremallera, acaban de ser conquistados por el fuego y arden despechando humo y un ensordecedor crepitar de corteza quemándose. Decidimos subir a la avenida del Alto Conquero, donde, según se oye, ha podido quemarse un antiguo caserón ocupado por varios habitantes. Antes de marcharnos, las vecinas nos interceptan para salir en la tele, a lo que respondemos que somos del periódico, que sólo hacemos fotos. 

–Entonces hazme una foto con la Cati y los niños, pero a mí me sacas apartada, que estoy muy gorda y quiero que se me vea bien–. Son las nueve y media de la noche y todavía es de día. 

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La carretera del Alto Conquero, en la que confluyen la avenida de La Orden y la cuesta de La Cinta hasta la cumbre de Huelva, parece el escenario de un atentado terrorista. La humareda cenicienta del incendio que invade la calzada casi tapa por completo una descalabrada conversación de luces y sirenas de todas las fuerzas del orden. La policía tiene que improvisar el corte de calles en la misma medida en que el viento improvisa la ruta del fuego. 

Por ahora podemos acceder hasta el templete de El Conquero, donde un retén de policías restringe por completo el tráfico rodado y pedestre.  Desde el templete de El Conquero pueden verse los atardeceres más bonitos del mundo. Amorrados a su cornisa, muchos curiosos observan el avance del fuego, que se hace más luminoso en la medida en que va cayendo la noche. 

La intensidad lumínica del fuego adquiere proporciones inenarrables en el valle de los eucaliptos, donde había dos coches presuntamente abandonados que ahora están siendo devorados por las llamas. Son los coches abandonados de Jesús. Jesús es uno de los habitantes del caserón antiguo que ha tenido que huir corriendo hasta un lugar seguro tras intentar, en vano, extinguir el fuego que acechaba el porche de su casa con una manguera simple. Vive en el caserón con su hermano, que se dedica, según el propio Jesús, a la mendicidad callejera. Por eso el incendio lo ha pillado en la calle, donde suele hacer vida.

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Además de Jesús y su hermano, en la casa viven los primos pequeños de Jesús y muchos animales. Jesús está descamisado en el templete y aún sonríe pese a desconocer si todavía tiene una casa donde dormir o si finalmente el fuego ha podido con ella. Los coches le dan igual. No están asegurados porque dice que no los utiliza, que los tiene abandonados, de recuerdo, principalmente porque uno de ellos se lo regaló 'El Litri', el mítico torero.  

–Lo he perdido todo–  Le dice Jesús a un policía, que apunta sus datos en una libreta junto a las matrículas de ambos coches. Son casi las once de la noche. La oscuridad ha cernido el ambiente por completo. Jesús acaricia a su perro 'Bubo' y se maldice. Le preguntamos por su casa –La casa no se quema– Asegura, con una tranquilidad pasmosa –Lo que me duele son los animales. Sólo he podido coger al 'Bubo'. Lo he perdido todo. Tenía dos perros más, algunos gatos, un corral con gallinas, una cabra–. Jesús respira y 'Bubo' se agacha a un lado y le presta el cogote para que lo acaricie –La fauna urbana– sentencia, mucho más triste que cuando comenzó a hablar. 

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3 Comentarios
Valentin
Fecha: Sábado, 7 julio 2012 a las 18:48
Magnífico artículo. Una obra de arte en una crónica informativa inusual en estos tiempos. Felicidades a su redactor.
Jose
Fecha: Miércoles, 4 julio 2012 a las 20:10
Me parece muy buena esta crónica del incendio. En raras ocasiones como esta, periodismo y literatura se unen para hacer un reportaje.
YolandaCabezas
Fecha: Miércoles, 4 julio 2012 a las 10:42
Delicioso: irónico, dulce y descarnado. Humano. Y muy "huervano".

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