Lunes, 25 junio 2012

El discreto encanto de la burguesía

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Enrique Gómez

No hace mucho tiempo ocupaba este espacio para derramarme en alabanzas y parabienes con el movimiento 15M, coincidiendo con el primer aniversario del mismo. Destacaba entonces la enorme vigencia y oportunidad que la masa apenas había comenzado a redituar, dando la arena y la cal que padecen todos los alzamientos espontáneos y de naturaleza sulfúrica.

Desprendía el 15M la energía consustancial al movimiento, la cinética, que abría una mena de ilusión y ternura en los que estaban acostumbrados a clamar en el desierto cuando las cosas no iban tan mal. Por entonces, arredrado en los años del España va bien y demás padrenuestros, el materialismo dialéctico se granjeaba más vejaciones de incrédulos que adhesiones y la calle era sólo para pasear y derrochar dinero y quemar combustible en audis y volskwágenes. 

Teníamos más de lo que tenemos ahora, pero en el fondo siempre tuvimos lo mismo: el trabajo. Lo mismo que tienen en común todos los quincemayistas, el trabajo. Hubo quien pensó que el 15M era un movimiento pluralísimo, adalid de las disparidades, abogado de las tendencias, pasapuré de ideologemas, caleidoscopio de ideas. Hubo quien pensó que como el 15M acogía todo el mundo había que desproveerlo de connotaciones políticas y que había que aparcar las banderas en casa, cuando a todos nos unía la más política de las características que puede defender y de la que más puede enorgullecerse un individuo, pertenecer al mundo del trabajo, al vastísimo elenco de ciudadanos que se ganan la vida trabajando. 

Basta partir de esa base para organizar el movimiento y dotarlo de carácter de clase, que no es otra cosa que promocionar el reparto del trabajo y la riqueza, la destrucción de la reforma laboral y la negativa a pagar la deuda soberana de los bancos con dinero público. 

Se prefirió, no obstante, implementar una organización chichinabesca, que abominaba de poseer órganos directivos pero enjaretaba velozmente multitud de “comisiones” como destacamentos burocráticos con no sé qué fines, pues al tiempo que hormigueábamos de allá para acá entre la comisión de logística y la comisión de la comunidad manager dormían los conductores de autobús en mitad de la plaza y preparaban la huelga anónimamente los trabajadores de Sadiel.  Se prefirió, pues, hacer una organización a medias, que de organización sólo contuvo lo malo, la burocracia y el inmovilismo, desechando lo bueno, la planificación, la formación y la uniformidad de criterios en ciertos aspectos básicos. 

Uno de esos aspectos básicos, uno de los cimientos sobre los que debe construirse todo movimiento con carácter social, es la defensa de la clase trabajadora. Por este motivo, la asamblea del 15M de la puerta del Sol hace poco que perdió toda legitimidad de cara a representar a nadie, porque la masa a la que se supone que representa ni quiere ni le interesa posicionarse en contra de la huelga de los mineros. Y ellos, en aquella asamblea, se posicionaron en contra de la huelga y en contra de los mineros. 

Posicionarse a favor implica alguna dosis de trabajo al respecto. No vale decir, como han dicho, “respetamos la lucha de los mineros, pero no apoyamos sus reivindicaciones porque el carbón es un oficio contaminante y masculinizado”. A eso lo llamo yo glamour. Defender a los mineros no es defender la contaminación, sino todo lo contrario. La tarea de reconvertir el sector y recolocar a los trabajadores en industrias limpias correspondía a nuestros políticos, quienes han derrochado las subvenciones que a tal efecto concedía la Unión Europea en no se sabe qué desmanes y postureos.

La contaminación es un mal endémico del sistema capitalista, resultado de la economía organizada en función del beneficio contrariamente a la producción planificada, por lo que quejarse de la minería e intentar aplastarla, o tan sólo justificar o no apoyar sus reivindicaciones por motivos ecológicos, tiene tanto de lógico como contraer la peste y responsabilizar a los bubones en lugar de a la bacteria. 

Se dice también que la minería de carbón en las cuencas de Asturias y León es una industria deficitaria, porque se puede conseguir el mismo producto a menor precio en otros países cuyos trabajadores trabajan más horas por menos dinero. ¡Bingo! ¡Eso es el capitalismo! La misma persona que enarbola tamaña deducción comprenderá después que la sanidad es un “negocio deficitario” y que por tanto hay que optimizarlo y otras vainas, es decir, sacar dinero de las enfermedades de la gente en vez de relegarlo a tal menester. Dirá también que la educación es un negocio deficitario  porque no arroja dinero y que por tanto debe instalarse la libre competencia entre escuelas o grupos empresariales educativos, para que las familias puedan elegir si llevan al chico a un colegio barato o caro y así ser libres. 

Nuestros derechos no deberían nunca jamás ser puestos en duda apelando a la rentabilidad, sino defendidos a ultranza apelando y llamando con insistencia a la puerta del raciocinio.  Y si el mantenimiento de los puestos de trabajo de tantos millares de familias cuesta dinero, entiéndase como política de “creación de empleo”. Porque el empleo, el trabajo, aunque esté sometido a la ruindad especulativa del capital, es un derecho que nos pertenece y que nos une, sobre todo nos une. Y veo lógico que los medios de comunicación quieran separarnos, que quieran los partidos políticos y los cantamañanas de la televisión, porque separarnos forma parte de sus intereses inmediatos. No de los intereses de la gente, no de los intereses de los atontados y sinvergüenzas que participaron en aquella fatídica asamblea del 15M de la Puerta del Sol. 

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Más garrote y menos viles
Fecha: Miércoles, 27 junio 2012 a las 13:41
'Puede que nos quiten la vida, pero jamás nos quitarán el pacifismo' #WilliamWallaceDel15M
Piamontiño
Fecha: Lunes, 25 junio 2012 a las 16:14
Hay que luchar por los molinos y la cabeza del rey
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