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Bernardo Romero
Domingo, 12 agosto 2018 | Leída 154 veces
festival de niebla > 'el rey lear'

De la obsesión por el poder

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Es tan potente el texto de Shakespeare que sobrevuela los tiempos sin perder un ápice de su intención, que no es precisamente la de hablar de la ingratitud de los hijos, trasunto que no es más que una ayuda argumental, sino la de realizar un análisis del poder, y del poder como defensa o escudo de los mediocres.

Trata el vate de Stratford-upon-Avon de analizar la condición humana, como hizo en toda su obra y de ahí su universalidad, pero también de cómo se llega a él y, por no dejar cabos sueltos, de cómo seduce a quienes están llamados a ser los poderosos en cada momento, y lo más tremendo de todo, de hasta donde son capaces de llegar quienes ansían el poder por el poder, aunque como protección al fin y al cabo.


[Img #209154]Afortunadamente no todo el género humano es de la misma condición, como anuncia el bufón en el algo esperanzador final de este Rey Lear tan enorme. Siempre ha habido quien pierde y quien vence, quien vence aunque deba arrastrarse por el lodo más inmundo, por la traición y el engaño, por la maldad, lisa y llanamente la maldad. Pero dónde radica la maldad, ¿no será en el miedo?, ¿en la inseguridad ante un futuro incierto? Las declaraciones de las hijas del traicionado rey, así lo dejan entrever. Quizás los perdedores, o por mejor decir, quienes no estamos en ese ignominioso trance de tener que vencer, disfrutemos de otra visión del mundo que nos rodea, pero no es menos cierto que el otro sector, el de los luchadores hasta el final, aun siendo una minoría, se hace mucho de notar, para ello sólo hay que contemplar las noticias que nos arrojan desde el aparato televisor, o más aún, esa moda –que no es nueva- de la posverdad o la construcción inmisericorde de los llamados fake news o, en román paladino, las mentiras con las que unos a otros se despellejan vivos y que hoy inundan las redes sociales tal como en la vieja Roma se grababan en pasquines o en la pared, y en el medievo recorrían las arquivoltas de las santísimas iglesias y catedrales.


Y hablando de religión, otra parte de la impagable obra de Shakespeare, la que vocea que la maldad siempre vence, ¿se imaginan un mundo sin religión que llevarse a la conciencia? Desde luego, sin el temor de Dios común a todas las religiones –incluido el comunismo o el liberalismo capitalista, qué más dará-, sin el infierno y el castigo eterno, no duraríamos sobre la faz de la Tierra ni la mitad de un cuarto de hora. Eso seguro.


[Img #209156]Pero dejemos ya de andar como los monos antropoides que nos antecedieron, por las ramas, que habrá que justificar el sueldo. Empezaremos por algo que no nos gusta por mucho que lo comprendamos, el uso de micrófonos de escenario que restan autenticidad y nos alejan del actor, del trabajo del actor. Ya lo sabemos, somos conscientes de que los de las últimas filas no se iban a enterar de nada, pero se hurta a buena parte del respetable ese dejarse llevar por la voz, por los jadeos y hasta por el respirar de los actores sobre el escenario. Esto es un valor del teatro que no tiene el cine ni la televisión.

 

Pero en fin, quienes tengan la suerte de disfrutar de Atalaya en un espacio más reducido y no al aire libre, pues tendrán un espectáculo, qué duda cabe, más completo y fiel. Y dicho esto ya sólo quedaría hablar del breve utillaje de escena que siendo tan bien manejado como lo es, alcanza a ser un personaje más en la obra; o de la actuación coral y no solo en los cambios de escena; y por supuesto de la actuación de todos y cada uno de los actores, que sabedores de lo que están haciendo, de lo que están interpretando, o de que han logrado construir un espectáculo como la copa de un pino, lo dan todo.
Todos lo dan todo, a resultas de lo cual nos es demasiado complicado valorar a unos más que a otros. Dejémoslo así y vayamos terminando con el sobresaliente a los actores y también al experimentado director, que ha intentado ofrecernos una obra de Shakespeare sobre la ingratitud de los hijos, y le ha salido justamente lo que el autor intentó en esta obra y en su momento, definir el mal de aquél y de todos los tiempos, el poder, la lucha despiadada por el poder de unos cuantos que a otros muchos se lleva por delante, y también esa certeza del genio inglés, de que la maldad, se quiera o no, termina ganando todas las batallas.


Desde luego como especie que somos, el bien siempre triunfa, de no ser así aún estaríamos cubiertos con un mísero taparrabos, refugiados en una cueva pintando bisontes y ciervos. Mas aquí estamos, disfrutando de muchos más bienes de consumo, y de servicios hasta hace poco impensables, con una esperanza de vida que no cesa de crecer, pero con las mismas miserias rondando el pobre cerebro de los más mediocres, de quienes necesitan el engaño y la traición para procurarse seguridad, defensa contra sus miedos. Al final, la clase política, Goneril, Regan y toda esa canalla, hasta son dignos de lástima. Ah, y la función, bien, ya creo que lo dije antes, muy bien. Valiente escenografía, perfecta iluminación y un vestuario vistoso e interesante, con mucho juego. Atalaya, como siempre, bien, muy bien. Sobresalientes.

 


REY LEAR de Shakespeare. Dirección y dramaturgia: Ricardo Iniesta. Composición musical: Luis Navarro. Dirección Coral: Lidia Mauduit y Marga Reyes. Iluminación: Alejandro Conesa. Escenografía: Ana Arteaga - Sergio Bellido. Vestuario: Carmen y Flores de Giles. Espacio sonoro: Emilio Morales. Reparto: Carmen Gallardo, Lidia Mauduit, Silvia Garzón, Elena Aliaga, María Sanz, Joaquín Galán, José Ángel Moreno, Javier Domínguez y Raúl Vera.
Patio de armas del castillo de los Guzmán. Niebla. Aforo: 980 localidades (Lleno); 11 de agosto, 2018.

Reportaje fotográfico de la Diputación Provincial de Huelva.

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