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Israel Arias / Agencias
Sábado, 11 agosto 2018 | Leída 26 veces
crítica de cine

Los Increíbles 2: Todo sigue igual... de increíble

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Los Increíbles tienen una salud de hierro. Cuando debutaron, allá por 2004, el cine de superhéroes era un prado casi virgen con el césped intacto en el que revolcarse sin reparos y era, si se sabía bien a qué jugar, una auténtica gozada. 

Ahora que regresan, catorce años después, ese campo está plagado de baches, ya no queda casi hierba y hay codazos por entrar a jugar. La comparación, hecha por el propio Brad Bird, ilustra perfectamente el panorama que se han encontrado los Parr tras catorce años en la 'nevera'.

 

[Img #208873]


Pero a la familia superheróica de Pixar le da lo mismo abrir camino en la incertidumbre de un horizonte despejado, que hacerse hueco en una cartelera saturada de metahumanos en mallas. Siempre triunfan.

 

Precedido del esplendido cortometraje Bao, otra de esas pequeñas joyas de Pixar que con el tiempo se han ganado tanto prestigio como sus hermanos mayores, el relato de Los Increíbles 2 arranca justo después de la primera entrega, con Mr. Increíble, Elastic Girl y sus retoños enfrentándose de nuevo a la perforadora maldad de El Socavador. Es como si no hubiera pasado el tiempo. Toda una declaración de intenciones y, a la vista del resultado final, una muy sabia decisión. Todo sigue en su sitio: Esta secuela es tan espectacular, divertida y brillante como la original.

 


Continuidad en la trama, continuidad en la excelencia técnica y continuidad también en el ritmo casi perfecto del que hace gala una película en la que Elasctic Girl es la importante y Jack-Jack es la estrella y a la que el momento histórico que vive el feminismo en Hollywood -que se ha llevado por delante al propio Lasseter- invita a señalar injustamente como oportunista. Un filme que, con su nuevo villano como coartada, pone además encima de la mesa algunos de los más vengonzantes tics de esta nuestra sociedad de las pantallas. Un mundo digital, 'instagrameado' y tuiteado, pero poco vivido en el que todo es cuestión de imagen y en el que, por lo visto, es mejor grabar un concierto con el móvil que sentir la música en las carnes.

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