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Enrique Anarte Lazo
Jueves, 28 junio 2018 | Leída 1031 veces
Tribuna

Llegamos tarde a la antigua cárcel de Huelva

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"Llegamos tarde". Así reconoció el presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, que su país había hecho esperar demasiado tiempo a las personas lesbianas, gais, trans, bisexuales e intersexuales (LGTBI). Lo dijo ante el monumento a las víctimas homosexuales del Tercer Reich de Berlín. Y pidió perdón a dicho colectivo por los crímenes del nazismo −régimen que se ensañó contra este grupo social al igual que contra los judíos o los gitanos, entre otros−, así como por la persecución a quienes vivían al margen de la norma sexual y de género en virtud del infame artículo 175 del Código Penal germano, vigente en Alemania occidental hasta 1994.

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Steinmeier pidió perdón, en nombre del Estado alemán, por la injusticia y por el silencio. En España nunca ha ocurrido tal cosa. Durante años, las leyes españolas también persiguieron a las personas que se atrevían a ser fieles a su naturaleza, ya fuese respecto a su orientación sexual o a su identidad de género. Primero con la reforma en 1954 de la Ley de Vagos y Maleantes y luego con la Ley de Peligrosidad Social, el franquismo criminalizó la homosexualidad, ampliando de paso su represión a travestis y personas trans. La homosexualidad siguió siendo delito en este país hasta 1979, si bien la labor de los historiadores de esta ignominia ha permitido demostrar que durante algunos años más, ya en democracia, se siguieron cometiendo numerosas injusticias policiales y judiciales, esta vez bajo la figura legal del “escándalo público”.

 

Nuestra ciudad tiene un especial protagonismo en este oscuro capítulo de la historia española. Las obras historiográficas de autores como Fernando Olmeda, Javier Ugarte Pérez o Ramón Martínez, entre otros autores y autoras, dan fe de cómo el régimen, una vez se había desecho de la oposición política, encontró en los homosexuales un nuevo enemigo, otro chivo expiatorio. Así, la reforma de la Ley de Vagos y Maleantes permitió a las instituciones del franquismo empezar a perseguir −legalmente− la heterodoxia sexual. Numerosos varones homosexuales, difícilmente sabremos alguna vez cuántos, fueron enviados a prisiones o a lugares como la [Img #206301]colonia agraria de Tefía, en Fuerteventura, "un campo de concentración pero sin cámara de gas", como relató hace años uno de aquellos reclusos.

 

En Huelva y Badajoz funcionaron cárceles especializadas a las que se enviaba a quienes cometían el delito de, en definitiva, ser libres. Son varios los investigadores que hablan incluso de una diferenciación por roles sexuales: la pacense para los pasivos, la onubense para los activos. Otros testimonios, sin embargo, señalan que la clasificación era mucho menos sistemática y que, pese a que allí fuesen destinadas muchas personas LGTBI, compartían la prisión con presos comunes.

 

En cualquier caso, es evidente que la memoria de gran parte de esta represión está aún pendiente de ser recuperada. En la actualidad, una placa a las puertas de aquella antigua prisión, que dejó de funcionar en 1995, recuerda a "las personas trans y homosexuales" que fueron encarceladas y torturadas entre sus muros. Pero si ustedes preguntan por el barrio, por el resto de la ciudad, es probable que les cueste encontrar a alguien que les hable de aquello. Es más que probable, en un país con serios déficits de memoria histórica, que muchos de los jóvenes onubenses, que en un futuro próximo serán el motor económico y el timón político de nuestra ciudad, ni siquiera sepan que hace cuatro décadas la homosexualidad era un delito. Pocos, poquísimos, han oído hablar alguna vez de lo que ocurría en ese complejo, hoy rodeado de la cotidianeidad del barrio de Isla Chica, en esas ruinas que bien podrían entenderse como una metáfora del olvido en el que habita toda esta barbarie.

 

Les hablaba más arriba del caso alemán porque, en temas de memoria histórica, democrática, son numerosos los referentes en tierra germana para una España en la que en la actualidad (aunque, con suerte, no por mucho tiempo) el dictador disfruta de un descanso que le fue negado a sus víctimas. Historias de aquello hay muchas, muchísimas, pero las que hablan de los que fueron castigados por ser fieles a ese amor especial sobre el que cantaba María Dolores Pradera, por desgracia, incomprensiblemente, apenas se han contado. Y, lo que todavía es más preocupante, aunque en España hubo amnistía para los presos políticos, no la hubo para los presos sociales. Nadie pidió perdón a las personas LGTBI en nombre del Estado, como ha hecho Alemania, como hizo Canadá. Las indemnizaciones han sido anecdóticas y han estado sujetas plenamente a los vaivenes políticos. Muchas de las víctimas viven, pero nadie les ha dado el turno para contar su historia, que es nuestra historia, la de la democracia española. Otros ya murieron, cientos o miles de agravios nunca reparados que estarán enterrados quién sabe dónde, porque en este país lo normal es no saber, no recordar, no preguntar.

 

Como cada mes de junio, por razones históricas, nuestras ciudades exhiben un arcoíris para celebrar y defender la diversidad sexual y de género. Desde hace algunos años, Huelva tampoco es una excepción. A veces el compromiso va más allá y se realizan iniciativas capaces de dejar una huella aún mayor en la ciudadanía que la de la simple conmemoración de una efemérides. En ocasiones, el compromiso de las administraciones alcanza a ampliarse en el tiempo y la ambición es capaz de ir más allá de la corrección política. En 2014, la antigua cárcel de Huelva fue nombrada Lugar de Memoria Histórica por la administración autonómica. Sin embargo, como decía, la desidia de los diferentes poderes públicos ha hecho de ella un buen símbolo de la amnesia, de la desmemoria.

 

Quiero creer que en mi generación ya no hay miedo a preguntar, a romper el pacto de silencio. ¿Tan descabellado sería pensar que un lugar así merece algo más que una placa entre los escombros de lo que en otra época fue España, una tan atroz que nos da miedo a recordar?

 

Nuestra ciudad, si quisiera, podría hacer de este absurdo, tan injusto, tan ilegítimo, algo diferente. Es falso decir que aquí, en esta esquina de Europa, las cosas son como son porque no podrían ser de otra manera. Huelva, si los onubenses se lo propusieran, si Madrid y Sevilla colaborasen, podría hacer con su antigua cárcel lo que Núremberg hizo con el Campo Zeppelín. Lo que muchas otras ciudades alemanas, dejando a un lado el sucio juego de los intereses políticos, por sencilla obligación moral y vocación historiográfica, han hecho en sus centros de documentación con los horrores del nazismo. Forjar, a partir de un capítulo terrible de la historia de nuestra ciudad, algo bueno, algo de lo que poder enorgullecerse. Por los que pasaron por allí y no vivieron para contarlo, o han vivido para no poder contarlo. O por los que, de otro modo, nunca llegarán a saber, conocer para poder prometerse que algo así no debe volver a ocurrir.

 

Ya llegamos tarde, como decía el presidente alemán. Llegamos tarde para evitar todo ese dolor, pero estamos a tiempo de dejar de ser cómplices del silencio.

 

Enrique Anarte Lazo es periodista con base en Alemania y trabaja, entre otros, para la televisión pública Deutsche Welle.

 

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2 Comentarios
Fecha: Sábado, 30 junio 2018 a las 18:20
Juan-Ramón Barbancho Rodríguez
Importante artículo, felicitaciones.

También puede consultar el libro "Ser tú misma era un delito", sobre los últimos homosexuales y transexuales represaliados en Andalucía, donde hay testimonios de algunos encarcelados en Huelva.
Fecha: Jueves, 28 junio 2018 a las 23:36
Onubense
Qué buen artículo. Y qué verdades más tremendas a la cara: de la Historia -vergonzante- y de la actual desidia política local con el patrimonio-más vergonzante aún-.

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