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Arístides Mínguez
Jueves, 15 marzo 2018 | Leída 405 veces

Réquiem por Terele

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La conocí una tarde de agosto a esa hora en la que hasta el sol no se soporta a sí mismo. Bajó de un tren que la traía desde Madrid, a donde se había trasladado para una entrevista radiofónica. Vestía de un blanco radiante y, como Machado, iba ligera de equipaje.

Me acompañaban mis hijos. La tarde antes la habíamos visto como Régula en “Los santos inocentes”. Antes de darnos a conocer la miramos impresionados, sin atrevernos a abordar a semejante leyenda del cine español. Al final me presenté. Me recibió con un “hola, guapo” y dos besos. Mi hijo menor tomó su maleta mientras ella le regalaba una sonrisa de las que disipan las nubes. Hasta el aparcamiento había que subir y bajar un par de tramos de escalera. Se movía ahí con cierta dificultad, por lo que mi hijo mayor le ofreció el brazo. Levantó su mirada hasta casi los dos metros de la de mi hijo, regalándole otra cálida sonrisa a la vez que decía: “Nunca fue dama de caballeros tan bien servida como doña Terele en la Murcia querida. ¡Anda! Si me ha salido hasta un pareado”.


Nos pidió llevarla a una tienda donde vendieran muñecas. En el rodaje en el que estaba participando había una niña de tres años que la tenía loca. “Es más bruja que yo: se pasea provocadora delante de mí, hasta que ve que le hago caso. La agarro, entonces, y la lleno de besos. Besos que la puñetera se va quitando y tirando al suelo, mientras me desafía con la mirada”.


[Img #197745]En el trayecto hasta Alhama de Murcia nos fue contando varias anécdotas de sus estancias por estos lares y de sus vivencias con murcianos de renombre cuales Paco Rabal, con quien compartió pantalla en la inolvidable película de Camus antes mencionada. Se mostraba orgullosa de que en el pueblo de Rabal, Águilas, la hubieran nombrado Rabaliana de honor y de que le hicieran sentir como en casa cada vez que los visitaba.


Salió a colación otra de las grandes de la escena, Concha Velasco. Acababa de salir de una grave enfermedad y en Mérida le habían dado un importante premio. “No me digas. No lo sabía. Cómo me alegro. Hoy por hoy no hay nadie en España que se lo merezca más. ¿Os importa si fumo, guapos? Éste va por ti, Concha”.


Abrió la ventanilla y prendió un cigarrillo que fumó con fruición mientras dejaba vagar su mirada en quién sabe qué recuerdos compartidos con la Velasco. No hacía mucho que yo había visto a esta última como Hécuba, la inmortal criatura con la que Eurípides regaló a la Humanidad. No fumo. Gustoso habría compartido con Terele ese íntimo homenaje. Me prometí proponerle más adelante brindar con ella por la salud de doña Concha con uno de esos recios caldos en los que esta tierra es pródiga. Propósito que me hurtó la Parca. 


La película que estaba rodando en Alhama de Murcia, “Las aventuras de Moriana”, era uno de esos experimentos en los que sólo unos locos o sólo una dama como ella serían capaces de embarcarse. Un sueño de un visionario David Perea y de su esposa, la poeta Magdalena Sánchez Blesa, que narraba las vicisitudes de una familia real, la suya, para sacar adelante el negocio en tiempos oscuros asolados por la inhumana crisis con las que castigaban a la gente honrada las élites extractivas gobernantes.


En el filme actuaban, aparte de ella y los fabulosos Enrique Villén, Geli Albadalejo y Antonio Hidalgo, un elenco de actores amateurs, con los que Terele no tuvo ningún reparo en compartir planos. Al contrario, grande y generosa como ella solo, les ayudaba a preparar la escena, a darles ciertas pinceladas a la actuación para enriquecer sus personajes. Jamás la vi quejarse por tener que repetir un plano, porque alguno de sus compañeros se trabucaba.


Muchas veces me pregunté el porqué se dejó implicar una actriz recién galardonada con un Goya por su papel en “Las brujas de Zugarramurdi” en una aventura tal. La respuesta, que se dejó conquistar por la maravillosa lección de humanidad de David y Magdalena y, sobre todo, que iba a poder compartir pantalla con el amor de su vida, su hijo Carolo Ruiz, y que éste iba a poder, al fin, demostrar las grandes dotes que atesoraba como actor.

 

La última vez que vi a Terele fue en las navidades de 2016. De nuevo en el paraíso en el que para ella se convirtió Moriana. Beatriz, la madre de Magdalena, se había convertido a raíz del rodaje en una de esas amigas que la vida te regala, cuando ya nada esperas y piensas que estás de vuelta de todo. Beatriz hubo de sacar a mordiscos a su prole para adelante, al enviudar estando embarazada de su último vástago y teniendo a su cargo a sus otros cinco hijos y a su suegra. Se dejó pedazos del alma por el camino, se tragó la hiel que el mundo le entregaba, pero no se amilanó a la hora de marcar el camino para que sus hijos fueran gente de bien, gente de ley, como ella, y que supieran hacer frente a las adversidades, por muy adversas que éstas parecieran, sin bajar nunca la testuz ni dar un solo paso atrás.


Terele se debería de haber visto reflejada en su amiga Beatriz, pues también ella hubo de sacar a su hijo adelante, batiéndose como una leona en la jungla del mundo de las artes escénicas, combatiendo, encima, contra una sociedad tan cerril como la que enseñoreaba España en los últimos años del Franquismo y primeros de la neonata Democracia.


Beatriz agonizaba a causa de un tumor cerebral que, poco después habría de llevarla a la tumba. Terele había acudido a compartir con su amiga los instantes que la vida estuviera dispuesta a regalarles a ambas. Recuerdo emocionado cómo Terele velaba el inquieto sueño de Beatriz, disfrutando a la vez del regalo que les hacían los rayos de aquel sol invernal. La sostenía de su mano, le arreglaba la almohada y la cubría de besos sin ton ni son.

 

A la hora de comer, Beatriz estaba algo mejor y sus hijos la sacaron a la sombra de los pinos a comer disfrutando del buen clima reinante. Se suponía que la actriz estaba a dieta y, así, comió lo que amorosamente le había preparado Magdalena. Yo había llevado para los demás desde mi pueblo en la Sierra del Segura, Elche de la Sierra, un pan grande hecho en horno de leña y varias ristras de embutidos caseros, tan recios como deliciosos. Terele no pudo sustraerse a comerse uno de aquellos chorizos ni a mojar en la salsa repetidamente. Aquello era de dioses, decía: le estaban viniendo de golpe todos los buenos recuerdos de su infancia sólo al comer unos chorizos que sabían a chorizos y un pan que era pan.


Llevados por la emoción, y por la botella de tinto con la que nos homenajeábamos, Terele, Beatriz, Carolo y yo nos conjuramos para ir juntos a Madrid y regalarnos un fin de semana de zarzuela, género del que los cuatro nos declaramos devotos.

 

La parca decidió dejar inconcluso aquel sueño. Con poco más de medio año de diferencia murieron aquellas dos Damas de la vida, dejándonos a todos un poco huérfanos, sobre todo cuando su ejemplo, su fuerza, su bonhomía y su inmenso amor a la vida tanta falta nos hacía.


Vaya por aquí mi homenaje a ambas damas: Terele Pávez, gran señora de la escena, espíritu libre y alma gigantesca, y Beatriz Blesa, amasadora de sueños y horneadora de gente de bien.
 

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