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Lorena Martín Montilla
Lunes, 11 diciembre 2017 | Leída 101 veces
COACHING > MICRORELATOS

'Cadáveres ante el espejo'

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Pasó toda su vida viendo pasar las horas en su viejo reloj de cuco. Viendo pasar las gentes, las sirenas de las ambulancias, el estruendo de fin de año, las risas infantiles de las primeras carreras, los gritos de ejecutivos con su lista de resultados sin acabar, los besos a media luz y las luces de primavera. Sus manos, ya temblorosas, ni siquiera se habían atrevido a saludar; sus ojos, ahora cansados y ojerosos, desviaban la mirada si se sentía observado. Escondido, alejado de cualquier camino, repudiado por sí mismo, malqueriéndose.

[Img #191230]

 

Sus primeros recuerdos eran en aquella casa; aquel portón de madera era su única ventana al mundo y también el final de su camino. Más allá sólo había dolor, vergüenza, rechazo. Se lo repetía a sí mismo desde que tenía [Img #191231]uso de razón; porque era también la prosa de sus carceleros. Pasaba corriendo delante de los espejos, para no verse reflejado en ellos demasiado tiempo. Nació diferente, con habilidades que podrían pasar por brujería en otros tiempos. Rarezas en vez de dones en un mundo ignorante. Aislado por ser diferente, porque lo diferente era una amenaza.


Sólo salía una vez al mes desde hace algunas décadas. Caminaba deprisa, apresurado, como si alguna sombra le pisara los talones. Puerta cerrada, luces apagadas, persianas echadas; siempre había sido muy metódico. Andaba con la mirada perdida, apremiado por el sonido de sus zapatos algo desgastados. Un tintineo le acompañaba; demasiado oscuro para mirar, demasiado ansioso para pensar, demasiado nervioso para parar y averiguar de dónde procedían los sonidos.


Había llegado una vez más al principio y al final de todas las cosas, allí donde buscaba las respuestas que nunca le dieron. La explicación de sus enigmas, el enfrentamiento directo con sus fantasmas. Parecía ayer cuando fue por primera vez a aquel lugar… y allí estaba de nuevo, postrado, atenazado, mirando con pasmosa tranquilidad a tan sólo dos metros de él su propia tumba.


El hedor a podredumbre era delatador. Eterno era el camino que llevaba al camposanto. Agónica su mirada y la de aquellos que se ven cadáveres ante el espejo. Aquellos que mueren una y otra vez todos los días. El amargor de lo inevitable lleva a pactar con el infierno lo que no se ha conseguido en el cielo. Consumido por su entorno. Haciendo verdad los miedos de otros; asumiendo como real mundos imaginarios.


El portón debía permanecer cerrado porque así se dibujó en su mente. Le hicieron creer que ese era su lugar, que no podía aspirar a nada más. Se conformaba con aquel reducto seguro donde nadie podría dañarlo. Convenciéndose de que sus dones debían ser ocultados. Puso sus miedos en voces ajenas, y las voces ajenas se convirtieron en miedos. Fue preso de la realidad que él mismo construyó. Aquellas paredes siempre serían su fortín y, aunque en vida, ya era ese cadáver que se dejó consumir prisionero de su mordaza desvaneciéndose lentamente en la niebla…


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No podemos dejar que otras personas tomen las riendas de nuestra vida. Debemos decidir por nosotros mismos qué queremos ser y qué hacer con nuestro tiempo. Los obstáculos, a veces, intentan imponerlos desde el exterior pretendiendo empequeñecer las grandes virtudes, convirtiendo lo especial en motivo de rechazo. Pero no [Img #191233]hay más obstáculo que aquel que nosotros nos convencemos de que existe. Por muchos que otros nos digan, que nos intenten convencer, esas opiniones no nos pueden llevar a creernos inferiores, a pensar que no somos merecedores de crear nuestro camino y de ser admirados por ellos.


Muchas veces, nos rodeamos de metafóricos espejos que simplemente son reflejos, destellos que engañan y que nos hacen perder la perspectiva de lo que es real. Nos envolvemos en una rutina tediosa que no responde a nuestros anhelos pero que resulta muy cómoda. Nos inculcan el miedo al cambio, a lo nuevo, a lo desconocido, y así también se encierra nuestro potencial -aquello que nos hace diferentes- en pequeñas cárceles de humo alimentadas por miedos permanentes a derribar los muros que nos rodean. Llegamos a creernos esa historia. Nos hacemos pequeños.


La opinión del resto no puede condicionarnos; no podemos asumir como verdad las verdades de los demás. Nos encerramos en nosotros mismos porque es lo fácil; construimos nuestro fortín sin darnos cuenta, sin enfrentarnos a los miedos, desviando la mirada. Así nos vamos convirtiendo en cadáveres, caminantes sin vida, que visitamos habitualmente nuestra tumba intentando encontrar las respuestas. El error es pensar que lo trascendental son las repuestas… pero lo realmente importante son las preguntas que nos queramos hacer para, de esa forma, saber qué es lo que vamos a hacer para devolvernos la llave de nuestra vida.

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