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Israel Arias / Agencias
Sábado, 9 diciembre 2017 | Leída 68 veces
crítica de cine

Colossal, el kaiju que todos llevamos dentro

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En su cuarto largometraje Nacho Vigalondo arriesga más que nunca -y eso ya es decir mucho- con una historia que, partiendo de una idea tan delirante como genial, mezcla tonos y géneros para construir Colossal, un filme irregular pero que de tan insólito deviene en un triunfo casi rotundo.

Amparado en el factor sorpresa de su descabellada premisa, una mujer de un pequeño pueblo de Vancouver descubre una mañana de resaca que controla las apariciones y movimientos de un monumental monstruo en Seúl, el realizador cántabro arma una primera mitad que, junto con su opera prima los Cronocrímenes y aquel corto mañanero que le lanzó a la fama, componen -hasta ahora- la Santísima Trinidad de su todavía breve y ya inclasificable filmografía.

 

[Img #190941]


A partir de ahí, la película se mueve a tirones sostenida en sus momentos más bajos por una Anne Hathaway enorme en su papel de treintañera alcohólica, fracasada y 'peterpanesca' que devine en (anti)heroína por accidente. A ella, embarazada además durante el rodaje, corresponde la difícil misión de evitar una masacre de proporciones apocalipticas.


Y para conseguirlo Gloria deberá crecer, ordenar su vida y triunfar sobre el variopinto catálogo de íntimas tribulaciones que Vigalondo pone encima de la mesa. Extirpar a las personas tóxicas, enfrentarse a sus miedos y adicciones y revelarse contra las situaciones nocivas ya tengan su origen en traumas infantiles, en el impuesto concepto de éxito contemporáneo o en la autocompasión es la única forma de evitar que los monstruos venzan y se consume la tragedia seguida en directo por miles de millones de personas.

 


Una extravagante y simbólica experiencia cinematográfica que disfraza sus encrucijadas existencialistas con la ligereza del cine kaiju japonés y en la que Vigalondo alterna momentos asombrosos, de una factura impecable y una originalidad al alcance de pocos, con otros de 'bajona' más propios de una mañana de resaca en Pacific Rim. En todo caso, y aunque sea a tirones, Colossal consigue su difícil objetivo: que la catástrofe global sea menos importante -y aquí definitivamente accesoria- que el fracaso personal.

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