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Lorena Martín Montilla
Lunes, 27 noviembre 2017 | Leída 124 veces
MICRORRELATOS SOBRE COACHING

¿Qué haría con una cuerda, una pelota y un cubo?

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Se sentó en ese despacho que tanta veces había dibujado en su mente. Escudriñó los rincones más alejados después de memorizar los escasos objetos que adornaban aquel impersonal pero solemne lugar. Había repasado esas frases lapidarias que debía colocar en algún momento de la entrevista.

[Img #190454]La luz que entraba por el enorme ventanal que estaba a su derecha lo ayudaba a controlar la respiración; le daba serenidad tener esa puerta al exterior que le recordaba que aquello era temporal; allí afuera el mundo no se había detenido.

 

Entonces, alejó sus miedos y se concentró en sí mismo. Cambió la postura hierática que había mantenido desde que le hicieron pasar. Sonrió, dio un par de palmadas en la mesa, como queriéndole decir que todo iba a salir bien. Se levantó, cantó mentalmente ese estribillo que solía escuchar para coger fuerza. Caminó seguro hacia la mesa auxiliar, se acomodó al espacio y volvió sereno a su asiento.


Pasados unos instantes se abrió la otra puerta del despacho; aquella que parecía el acceso a la trastienda. Saludos cordiales; apretón de manos firme y sin vacilación; postura cómoda al sentarse con una ligera inclinación hacia delante para transmitir interés por el interlocutor; concentración en el punto medio entre los ojos del entrevistador para mantener la mirada sin intimidaciones. Todo preparado.


Primeros minutos vacíos; nada interesante o que ellos ya no supieran. Estaba siendo demasiado fácil y quizás por eso se mantuvo alerta. Preguntas de rigor que de ninguna forma podían servir para saber si merecía aquel puesto de trabajo. Experiencia laboral, funciones desempeñadas, formación y expectativas de futuro. Todo integrado en un guion perfectamente previsible… Entonces llegó la inflexión.


[Img #190452]“¿Podría ponerse en mi lugar y continuar usted con las preguntas de la entrevista?” Estaba preparado para eso; mantuvo la serenidad. “¿Qué me preguntaría para saber si me adecúo al puesto?” Sin titubear asumió el nuevo rol y comenzó a indagar en su interlocutor. Nada de planes estratégicos, valoraciones de resultados o aumento de ventas. Tenía que descubrir a la persona:
¿Qué color sería usted en una paleta donde el blanco y el negro ya están adjudicados?
¿Se considera una persona afortunada?
¿Cuál fue el último regalo con el que obsequió a alguien?
Recuerde la última vez que bailó…
¿Qué herramientas utilizaría en esta empresa?
Si tuviera que hacer una lista de cosas que necesitara al incorporarse con nosotros, ¿qué incluiría?
¿Qué haría con una cuerda, una pelota y un cubo?

El que podría ser su jefe escuchó atento la batería de cuestiones. Parecía sorprendido pero intentaba enjaular sus emociones. Y entonces le espetó a qué explicara el motivo de sus preguntas.

 

¿Qué color sería usted en una paleta donde el blanco y el negro ya están adjudicados?

Con esta cuestión buscaba rasgos de su personalidad; la autoexploración, emociones asociadas, originalidad para definirse. Yo, en mi caso, habría elegido el amarillo porque es un color que da luz, brillo, claridad a las sombras. Se puede considerar como uno de los colores primarios y, por ello, esencial para cualquier pintor. Su mezcla con el rojo y el azul nos abre un sinfín de posibilidades en el abanico cromático. Eso lo hace único y especial.


¿Se considera una persona afortunada?
Pretendía saber si se valora a sí mismo y si valora lo que tiene, lo que le rodea. Por muy mal que lo estemos pasando, por mucho que nos perdamos en el camino, por duro que sea el capítulo que ahora escribimos siempre hay que encontrar la fuerza necesaria para seguir avanzando. Me considero afortunado porque cada día me brinda la oportunidad de mejorar, de fijarme nuevos retos, de motivarme, de transformarme convirtiendo los [Img #190453]momentos duros en nuevos cimientos, más sólidos y resistentes.


¿Cuál fue el último regalo con el que obsequió a alguien?
Si no se recuerda o se tarda demasiado en responder seguramente la persona a la que entrevistamos está pensando en algo material, en alguna celebración. Yo habría respondido que hice un regalo esta misma mañana, cuando le sonreí a aquel niño que estaba paralizado porque sus manos estaban llenas de barro después de caerse antes de finalizar la carrera. Le sonreí y le dije: “¡Bien! Ahora podrás decirles a tus amigos que tienes el súperpoder de tocar la tierra para hacer enormes castillos. Y todos querrán tenerlas llenas de barro al igual que tú. El barro mancha pero no hace daño.” Ese fue un buen regalo; una mano amiga que te levante, una lección de vida que convierta una situación conflictiva en una experiencia positiva.


Recuerde la última vez que bailó…
Necesitamos momentos de desconexión de lo exterior y de conexión interna. Cuando escuchamos música y dejamos que el cuerpo se libere tomamos conciencia de nuestras emociones. Si no recordamos cuándo bailamos dejándonos llevar por la música y lo que esto nos hace sentir, necesitamos abrir paréntesis y dedicarnos más tiempo a nosotros mismos. Y eso es fundamental para reflexionar, crecer y transformarnos para, a su vez, transformar nuestro alrededor.


¿Qué herramientas utilizaría en esta empresa?
No pretendía encontrar una respuesta que hiciera un repaso por los programas informáticos más actuales o las aplicaciones más novedosas. En sentido literal, quería saber qué herramientas utilizaría y, en mi caso, serían tres. Un destornillador para fijar cada uno de los tornillos, apretar los que estuvieran sueltos y entre todos aguantar el peso que sea necesario. Una lima que me permitiera pulir las aristas que fueran apareciendo. Y, finalmente, un soplete para unir aquellas piezas que, en algún momento, se vayan despegando. En definitiva, herramientas para crear y cohesionar equipos que son el pilar principal de cualquier empresa.


Si tuviera que hacer una lista de cosas que necesitara al incorporarse con nosotros, ¿qué incluiría?
Lejos de escuchar una lista que se pudiera parecer a la compra semanal: ordenador, agenda, teléfono móvil y despacho propio, yo necesitaría otro tipo de objetos. Una brújula para no perder de vista la meta que nos hayamos fijado; que me ayude a mantener el rumbo y ser persistente en el objetivo. Una bola del mundo donde cada día me ubique y me recuerde dónde estoy, lo afortunado que soy, lo pequeños que somos ante tal inmensidad y que nuestros problemas, casi siempre, no son más que minúsculos contratiempos. También incluiría un despertador para que suene recordando que está pasando otro día y hay que vivirlo con intensidad y positividad. Unas botas de montaña para pisar con fuerza cuando el camino sea difícil o pedregoso y, finalmente, una vela que pueda mantener encendida incluso en las noches más oscuras cuando sea difícil encontrar la luz.


¿Qué haría con una cuerda, una pelota y un cubo?
La mayoría pensaría, quizás, en unir los tres elementos. En mi caso, la cuerda la utilizaría para amarrar con ella a mi equipo de forma que no pudieran avanzar si cada uno toma un rumbo distinto. Tienen que caminar en la misma dirección poniendo en común sus objetivos, porque el equipo no puede funcionar si sus miembros actúan como piezas inconexas. La pelota la utilizaría en mis reuniones; sólo podría intervenir quien la tuviera en ese momento y así aprenderíamos a escuchar, a integrar opiniones y a respetarnos. Y el cubo lo llenaría de arena para plantar un árbol y hacer que cada día algún compañero se encargara de regarlo, de podarlo y de ponerlo al Sol. Así, entre todos, lo haríamos crecer. Más tarde habría que trasplantarlo y, de esta forma, volveríamos a sembrar nuevas semillas.

 

Acabó la entrevista sin saber si había sido seleccionado. Desconocía si volvería a aquel despacho, ya familiar, algún día. Pero se sentía bien, con su forma de entender y enfrentarse a la situación, con los valores que había demostrado. Aquel día no sabía si habría conseguido un puesto de trabajo (lo llamaron poco después para incorporarse de forma inmediata) pero sí había ganado seguridad, confianza y experiencia reencontrándose con su mejor visión y compartiéndola con los demás. Sonrió, dio un par de palmadas en la puerta de salida, como queriéndole decir que todo había salido bien. Saltó el escalón y cantó mentalmente ese estribillo que solía escuchar para coger fuerza…

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