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Arístides Mínguez
Miércoles, 9 agosto 2017 | Leída 67 veces

Llagas en la memoria

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A mi Amigo, por compartir su Historia y acogerme en su Familia
MAÑANA DEL 29 DE ENERO DE 1942

El frío congela los pensamientos antes de que broten. La Niña escudriña entre los guijarros las aceitunas que se dejaron los olivareros.


Madre le envolvió en casa, aún de noche, sus manitas en trapos, para protegerlas. En vano. Las tiene llenas de sabañones. Escuecen.

 

Se levanta, doloridos los riñones. Aquel olivar parece eterno. Es el tercero que rebuscan. Sólo tiene algo más que mediado el caldero. Se  admira de que en una tierra tan pedregosa las oliveras puedan arraigar y ofrendar cada año su cosecha.

 

Intenta aliviar el picor de los sabañones soplándose los dedos. Mira a la Peña. Allí está: imponente y acogedora. Siempre se ha sentido amparada por ella. Incluso desde que empezaron los Años de Sangre.


Viendo la Peña, recuerda que lleva el nombre del santo patrón del pueblo. En pocos días serán sus fiestas. Las pequeñas. Las grandes son en la segunda quincena de septiembre. Ay si todavía siguieran repartiendo roscos de pan por las casas. Roscos de pan blanco. Del de verdad. No del que hacen ahora, los que pueden, con panizo o salvado. Antes, eso era para las gallinas o los cerdos.

 

Todo acabó con la Guerra. La Guerra de los mayores. Aquella guerra que trajo asidos a sus sayas los Años de Sangre. Que aún no han acabado.


La Niña rastrea un puñado de aceitunas más. Con las que consigan reunir, irán a la almazara para que les hagan aceite, que cambiarán por otros alimentos básicos con los que sacar adelante a los cuatro de la familia.

 

La Madre la llama desde el otro lado del olivar. Es la hora del desayuno. Mama se sienta, apoyada en una olivera, y le da un chusco de pan. No hay más. En silencio rumian la colación. La Niña no deja de mirar la Peña.


Mama le pasa un pedazo de su chusco. La Niña lo rechaza. Sabe que anoche Mama se quedó, otra vez, sin cenar. La Madre le acaricia la mejilla e insiste. La Niña acepta y lo va royendo pausadamente, mientras la mayor le cuenta que ayer, en una de las casas de los señoritos, a donde va a recoger la ropa sucia, para lavarla en el lavadero, escuchó en la radio a una señora de voz atildada, dando una receta con la que hacer una tortilla de patatas sin patatas ni huevo.


Cuando terminan, Mama le tiende la mano y la ayuda a levantarse. Y le da un beso, mientras la felicita. Hoy es su cumpleaños. Cumple once años. Se había olvidado por completo, pero Mama, no.


Al cabo, consiguen llenar los tres calderos. Emprenden el camino a casa. Los dos pequeños han quedado solos y el Chache es algo trasto. Ya debe de haber regresado de la Tejera, en donde echa una mano acarreando los ladrillos y las tejas hacia el horno. Ayer cazó media docena de gorriones, que la madre quiere cocinar para celebrar el cumpleaños de la primogénita.


Descienden hasta Los Sifones. Desde allí pueden observar el Pueblo. La Niña contempla lo que, antes, le parecía una estampa bucólica: la población parece un portal de Belén, con la iglesia velando, cual gallina clueca, sobre las casas que se arremolinan en torno a ella. Se  asombra de que algo que le sigue resultando tan bonito esconda tanta maldad.


Mira el Puente del Arroyo y el arranque de la carretera por la que caminan. La misma por la que se llevaron preso a Papa.

 

Una bocanada de hiel le muerde, al recordar cómo lo arrastraron en una cuerda de presos y lo hicieron desfilar por medio pueblo, mientras que sus vecinos, que no ha mucho se desvivían por halagarle o pedirle favores, lo insultaban y ultrajaban. El Miedo. El Miedo y la Mala Sangre, que pueden más que la gratitud.


La Niña no olvidará a Papa, intentando mantener la cabeza alta. Ni al falangista que lo azotó con el correaje, cuando tropezó y estuvo a punto de darse de bruces. Aun así, Papa le sonrió a ella.

 

Recuerda a su Maestro, arrastrándose encadenado tras Papa, tan desvalido como un chichipán, sus gafas de miope, con un único cristal, pues el otro se lo rompieron de un culatazo. El bueno del Lupas. No se merecía ese trato, después de pasarse media vida enseñando a leer a aquellos serranos, escribiéndoles cartas y recursos a sus padres analfabetos e intentando evangelizarlos con los frutos de la Cultura.


El último curso llevó a la clase a recoger flores y plantas, a fin de que cada uno de sus polluelos (así llamaba a los alumnos más pequeños; gavilanes, a los mayores) hiciera su herbario. Disfrutaron como micos. Sin excepción. Especialmente, el Capa-grillos. El mismo que acertó al maestro con un cantazo, cuando lo arrastraban detenido.


Pobre Lupas. Su único crimen, ser un hombre de ley y permanecer leal al Gobierno legítimo. Lo mismo que Papa. Al Lupas lo fusilaron a los meses de ser detenido. Don Aquilino, uno de los caciques, se la tenía jurada, desde que se negó a aprobar al zascandil de su hijo y lo tuvieron que llevar al colegio de los curas en la ciudad.

 

Papa había sido elegido alcalde por el PSOE en las últimas elecciones democráticas. Le tocó lidiar con años terribles. Mama no paraba de regruñir cada vez que lo veía ir al Ayuntamiento, calle abajo, cuando era reclamado por algún vecino o asunto urgente a cualquier hora del día.


La Niña mira la mole de la iglesia y rememora la noche en la que estaban cenando, dos días después del Golpe de Estado del 18 de julio. Se presentó en casa, dando grandes voces, Pepe el Guardia. Habían llegado dos camiones llenos de madereros y mineros, a los que se habían unido los más revoltosos del pueblo. Querían quemar la iglesia con el cura y los de Derechas dentro.


Papa se colocó la banda tricolor que usaba en los actos oficiales, agarró un bastón, le dijo a su familia que no se les ocurriera, por nada del mundo, salir a la calle. Cerró con llave y bajó la cuesta. 


La Niña escapó por la ventana en un descuido de Mama. Había visto muy preocupados a sus padres. Algo muy gordo debía haber pasado. Sin saberlo, esa noche comenzaron los Años de Sangre y Miedo.

 

Siguió a distancia a los dos hombres. Vio a Papa hablar con un grupo en las puertas del ayuntamiento. Algunos llevaban escopetas. Papa encabezó la partida y se dirigieron a la vecina plaza de la iglesia.

 

El tumulto era extraordinario. Milicianos armados (muchos del pueblo) empujaban al interior de la iglesia a los que consideraban elementos facciosos. Otros acarreaban bidones con gasolina. La niña miró perpleja cómo algunas vecinas jaleaban a los milicianos, para que le prendieran ya fuego a la iglesia con aquellos desgraciados dentro. Las mismas que años después celebraron con vítores la entrada de los fascistas. Las mismas que insultaron a Papa mientras lo llevaban preso.


Papa identificó a los cabecillas de aquella chusma y se dirigió a ellos. Fue recibido con empellones. Lo encañonaron. La Niña temió por él. A su lado se colocaron los Tetes, sus tíos paternos. Juntos, encararon a la jauría que pedía sangre.


Papa se plantó. Nadie iba a quemar aquella iglesia. Y mucho menos con esa pobre gente dentro. Consiguió imponerse. Los alborotadores prendieron fuego al órgano, una joya barroca. Sacaron todas las imágenes a la plaza e hicieron una hoguera con ellas. Apedrearon el retablo del altar mayor. Pero, la iglesia se salvó.


La Niña lloró viendo arder la imagen de la virgen, que le dio el nombre. Era preciosa. El Lupas decía que era obra cumbre de Salzillo.

 

Papa logró sacar a la mayoría de los “facciosos” y se los encomendó a gente de su confianza para que los pusieran a salvo. No pudo evitar que varios se tomaran la justicia por su mano y se llevaran a algunos desgraciados a “dar un paseo”.

 

Tete Fulgen vio a la Niña en medio de la turbamulta y se la llevó a casa agarrada de una oreja. Mama le dio un azote con la zapatilla por haberse escapado, pero, enseguida, la abrazó llorando.


A las horas llegó Papa con la cara desencajada. Los milicianos habían  decidido también requisar las casas y bienes de los “facciosos” y repartirlas entre los leales a la República.

 

Les explicó que a él le habían atribuido la vivienda de la familia de un Hombre, al que muchos odiaban por el mero hecho de ser sacerdote en un pueblo frontero. Si no lo hacia así, la chusma la saquearía y la quemaría.


Trasladaron allí algunos enseres. Lo primero que Papa hizo al llegar fue subir todos los muebles de la familia propietaria al salón. Mandó protegerlos con sábanas, cerró la puerta con llave y prohibió a los suyos que entraran allí. Sabía que esa locura tendría que terminar algún día y quería que los dueños encontraran todo como lo dejaron.


Papa hubo de multiplicarse: tranquilizar a sus vecinos, acompañar a las familias de los que habían caído en el frente, ir con los guardias a buscar a los mozos que habían sido llamados a filas,… 

 

La Niña apenas veía a su padre. Las pocas veces que venía a casa o que ella se atrevía a buscarlo por el pueblo, le gustaba quitarle las botas y masajearle los pies doloridos. Papa la tomaba sobre sus rodillas y le decía que tenía mucha suerte con una hija así.


Le sobreviene un nuevo escalofrío al recordar cómo Papa aguantó a pie firme en su despacho, con su banda republicana, el día que entraron las tropas golpistas y “liberaron” el pueblo. Lo empujaron a culatazos hasta el corral, donde encerraron a todos aquellos a los que los nuevos amos consideraban desafectos o con los que tenían alguna cuenta pendiente.

 

Fueron noches de pesadilla: sonaban detonaciones por la zona del cementerio, al que eran conducidos muchos para ser fusilados. Mama pasaba las noches en vela, llorando. Había ido varias veces a interesarse por su marido. La habían echado. Había visitado las casas de todas las familias pudientes, incluso las de aquellas por las que su esposo dio la cara en los primeros meses de la Guerra. En ninguna la recibieron.


Madre e hija llegan hasta el Puente del Arroyo. No olvidan que allí fue donde hicieron subir a Papa a un camión y lo llevaron río arriba a aquel pueblo, donde los encerraron en el castillo. 

 

No necesitan mirarse para saber que las dos piensan en las veces que tuvieron que recorrer a pie los casi 70 kms. de ida y vuelta, atravesando montes y ríos, a fin de ir a ver a Papa y llevarle comida y mudas. Ninguna puede quitarse de la cabeza las ocasiones en las que los guardias no les dejaron verlo y se quedaron con la capaza que le llevaban.


Por lo menos, no lo han fusilado. Y ya van a hacer tres años que terminó la Guerra. Se lo llevaron a la capital y lo tienen encerrado en la plaza de toros. Seguro que se han dado cuenta de que es un hombre bueno y, tarde o temprano, lo dejarán libre. La Niña se ensueña pensando que ése sería su mejor regalo de cumpleaños.


Comienzan a subir la cuesta del Estrecho de los Huertos. Le vienen a la cabeza los recuerdos de cuando Papa llevaba a toda la familia al Castillo de los Moros, para ver venir los toros en los encierros.

 

Pasan por delante del huerto del tito Fabián. La Niña rememora la última tarde feliz de su vida, días antes de que comenzaran los Años de Sangre. Mama había comprado tortas de manteca y rollos de aguardiente para merendar. Los tres hermanos los habían devorado, sentados en el quicio de la puerta, sin parar de jugar con primos y vecinos.

 

Papa llegó del huerto. La Niña le trajo un cubo de agua con la que asearse. El padre anunció, risueño, que el tito Fabián los había invitado a ellos y a los Tetes a merendar en su huerta. Mama comenzó a renegar con que los niños ya habían merendado. Papa la calló con un beso.


La tarde antes había caído una tormenta de verano. Los niños habían salido a coger caracoles sapencos, de los de huerta, que Mama tenía en una olla espulgándolos con harina. Papa le dijo al Chache que agarrara los caracoles, llevando cuidado pues, si se descuidaba, salían escopetados. Cogió unas patatas nuevas y una bota de vino y comenzó a bajar hacia la huerta del Fabián. Los niños triscaban alborozados tras él. Mama cerraba el cortejo entre reniegos.


Fue una velada perfecta. Fabián sacó unos tomates y pepinos recién cogidos (a Papa le encantaba tomarlos con un generoso chorro de aceite y sal, mucha sal). Los Tetes habían traído un poco de forro y guarreta, que asaron en las brasas junto con los caracoles.

 

Al ir rematando la comida, la Niña le lió a Papa un cigarro. Éste se lo agradeció con una caricia, diciendo “Hay que ver lo poco que necesita uno para ser feliz: un tomate, un pepino y unos sapencos, remojados con buen vino y mejor compaña”. Fue la última vez que lo vio contento. 


Madre e hija dejan atrás la antiquísima cruz a la que los viajeros se encomendaban. Ven llegar a lo lejos al Guarda de las Huertas. No les gusta nada. Papa siempre decía refiriéndose a él: “dale a un tonto una gorra y se creerá general”.

 

Llevaba razón. Ese hombre es un mal bicho, un lameculos de los señoritos. Además, estaba entre los que vinieron una noche a casa, cuando aún tenían a Papa en el corral, y raparon a todos los de la familia, llamándolas “putas rojas”.

 

No pueden esquivarlo. El camino está flanqueado por muros, que protegen los huertos. No les es posible esconderse en ningún rincón.


El Guarda se detiene al llegar a su altura. Lleva un cigarro pendiendo de la comisura. La Niña se fija en que tiene las uñas asquerosas. El hombre esboza media sonrisa. Agarra el cigarro y le da un par de caladas más. Sin dejar de sonreír escupe un gargajo repugnante. Habla:  “Ya eres viuda: esta madrugada han fusilado a tu marido.  Otro rojo menos”.

 

Mama cae de rodillas, dejando escapar los dos calderos. La Niña no reacciona. Se agacha y recoge las olivas que se han caído. Mira de nuevo al hombre, que en ningún momento ha borrado su sonrisa.

 

El Guarda las llama “canalla roja”. Le arrebata a la pequeña el caldero, coge los dos de la madre y, sin volverse, echa a andar cuesta arriba. La Niña no puede ni llorar. Es más: si le vinieran las lágrimas, sería porque aquel desgraciado les ha robado todo lo que habían recogido. 

 

Pero a Papa no lo pueden haber matado.  Tiene que ser mentira. No lo pueden haber fusilado. Hoy, no. No en el día de su cumpleaños. Observa a la Peña buscando consuelo: aquella permanece imperturbable, hermosísima en su indiferencia. Al fin, se abren las compuertas en los ojos de la Niña.
    
La Niña acabará encontrando un buen hombre, al que no le importará su filiación, sino que la querrá tal cual. Poco a poco se irá convirtiendo en Mama y su Mama, en Yaya.

 

La Mama, que antes fue Niña, y su marido se dejarán la bilis en campos y montes sacando adelante a sus cinco hijos. Darán estudios a aquellos que quieran estudiar o trabajo a los que no se lleven bien con los libros. Les inculcarán que han de ser personas de bien. Pero, por encima de todo, les enseñarán que los miembros de una familia son como los dedos de una mano: por separado, son más frágiles y se pueden romper con facilidad. Juntos, forman un puño.


La Mama, que antes fue Niña, nunca volverá a celebrar su cumpleaños. Jamás podrá quitarse de la memoria que éste coincide con la fecha en la que le fusilaron a Papa. Al principio, mientras sus hijos sean niños y le pregunten que cuándo cumple los años, les dirá que ella no tiene cumpleaños. Luego, una vez vaya teniendo cada uno capacidad de discernimiento, les explicará por qué no celebra su aniversario. Les hablará de un hombre honesto y cabal, al que mataron por defender la democracia que lo había elegido alcalde. Les contará del Papa que le habían sajado de sus vidas, del Yayo que les habían hurtado, de las humillaciones y penurias que les habían hecho padecer por ser familia de una persona decente.


La Yaya, que antes fue Mama, irá envejeciendo entre los suyos, sin perdonar ni olvidar. Siempre seria. Habrá de resignarse, cuando la hija menor tenga que emigrar a Cataluña y cuando el Chache también se vea forzado a buscarse la vida fuera de la tierra que le vio nacer. 


Una vez vea cercana su hora, llamará a su gente y les encomendará que no dejen caer en el olvido a Papa, que lo entierren entre los suyos y que cuenten su historia.

 

En la fachada principal de la iglesia se observan, grabados en la piedra, los nombres de los 13 afectos a los vencedores, a quienes asesinaron en los primeros momentos del enfrentamiento o murieron en la contienda. Uno de ellos es el Hombre, a quien pertenecía la casa que le asignaron al alcalde, una vez que  la requisaron los milicianos. 


Papa, según comenté, dejó bien claro que esa casa no era suya y habían de respetarse las pertenencias de los dueños. Él mismo intentó buscarles un alojamiento seguro, a la espera de que amainaran los vientos de muerte. 

 

El Hombre era cura en una población cercana. Su alcalde le dijo que no podía garantizar su seguridad. El sacerdote se vio impelido a buscar refugio en su familia. Papa fue hasta tres veces a avisarle de que no había ni ley ni orden en el pueblo y que no respondía por su persona. Las compuertas del odio se habían abierto de par en par.


El Hombre no tenía adonde ir. Un mes después del golpe de Estado, se presentó en su hogar una partida de desalmados. Lo sacaron a la fuerza y estuvieron torturándolo cuales hienas no ahítas de sangre. Dicen que quisieron castrarlo con una navaja capadora. 

 

Malherido, lo entregaron a su familia y se fueron a la taberna. Volvieron a por él y lo arrastraron un kilómetro, hasta que lo remataron. Cuentan que el sacerdote dijo que había sufrido su martirio por amor a Dios y que moría perdonando. Cosa que le honra.

 

Acabada la Guerra, su cuerpo fue trasladado con gran pompa a la iglesia,  en la que se ordenó sacerdote y donde está sepultado. No ha mucho fue consagrado Beato. Su estatua se venera en un altar.


Su nombre se lee en la fachada de la parroquia. También, en una placa de mármol blanco, que pusieron en los pies de una de las torres, homenajeándolo a él y al resto de los “Caídos por Dios y Por España”: 13. Algunos de ellos, incluso, cuentan con una cruz conmemorativa en el lugar en el que fueron asesinados, dejando claro que lo hizo la “canalla roja”.

 

Trece infortunados. En los días y años que siguieron a la “liberación”, los vencedores ejecutaron sumariamente a casi veinte veces más de entre los vencidos. Personas, que, cuales Papa y el Maestro, cayeron por España.


Mi Amigo fue uno de los dedos de aquella mano que formaron la Niña y su esposo. Como su madre, se indignaba cada vez que veía la placa de mármol con el nombre de los “13 caídos”, al tiempo que se omitían los nombres de los otros. Entre los que estaba su Abuelo. 

 

A éste lo mataron a las seis de la mañana del 29 de enero de 1942. Lo enterraron en una fosa anónima, en la capital. Hasta los años 80 no pudieron recuperar el cadáver y trasladarlo al pueblo del que fue alcalde. Sólo la familia estuvo presente. 

 

Mi Amigo, ausente la mirada, confiesa que se estremeció al ver la calavera con el orificio causado por el tiro de gracia. Al releer la carta de despedida que el Yayo escribió a los suyos.

 

Con acíbar en sus palabras me cuenta la vez que se cruzó con el cacique Aquilino (se niega a anteponerle el don: no se lo ganó nunca, apostilla). Aquél le preguntó que de quién era. Al responderle, el susodicho confesó: “A tu abuelo lo mataron injustamente”. Mi Amigo se tragó su rabia: tenía bien sabido que el tal Aquilino fue uno de los que ratificó con su firma la sentencia a muerte de su Yayo. 


La familia de mi Amigo luchó con toda su hiel para que a la placa de la iglesia se añadieran los otros caídos. Tras décadas de empeños, como pequeña compensación moral, estando Mama ya fallecida, los familiares de los muertos sin nombre consiguieron que, dado que se negaban a poner el nombre de los suyos, se quitara la placa con los trece. Pero ya no se puede ocultar la inscripción de la fachada inicial.

 

Ni creo que sea eso lo que quiere mi Amigo. Tan sólo pretende que se haga justicia con el recuerdo de un hombre bueno: su abuelo, su alcalde.

 

Ninguna placa, ninguna calle honra a los que, como él, dieron la vida por la España a la que amaron hasta la muerte. Sólo el respeto de los suyos.


Tanta ingratitud, tanta indiferencia, tanto olvido causa llagas en la memoria.

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