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Javier Berrio
Jueves, 29 junio 2017 | Leída 98 veces

La elección moral

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Tuve la suerte de contar con un profesor en Teoría de la Literatura, Miguel Ángel Márquez Guerrero, que nos introdujo en el conocimiento de la elección moral en literatura. Novelistas que dedicaron parte de su obra al problema moral, en el que la persona se ve en la necesidad de tomar una decisión más o menos rápida y complicada. En la mayoría de los casos, la disyuntiva era tan radical que implicaba la catábasis o bajada del protagonista al hades, a los infiernos. Naturalmente, decidirse de un lado o de otro (como se ve, lo planteamos en el mundo dual), ponía de relieve si la persona (¿) actuaba desde el ego o desde el ser. Ego y ser son también antagonistas en el mundo de la materia en cuanto el primero es un constructo y el segundo realidad pura, esencial.

Lo que en literatura se nos muestra como estricta ficción (no podría ser de otro modo), en la práctica es reflejo de la verdad de los hombres y mujeres en el existir ordinario. Cuando alguien decide romper su vínculo matrimonial o de hecho (es solo un ejemplo), ¿qué pasa con los hijos? El que quede responsable de ellos (generalmente la mujer), habrá de decidir qué hacer con los mismo en cuanto al derecho del padre: verlos o no verlos; cumplir con las estipulaciones del convenio regulador o no hacerlo; obedecer la decisión del juez o no respetarla. En principio, la decisión es muy sencilla, pero los egos toman fuerza en muchas ocasiones y permiten que sean los demonios, en vez del sentido común y de humanidad, los que controlen la situación. Hablamos de relaciones en las que no se dieron malos tratos contra los hijos ni contra la madre. También esta problemática puede y suele darse en otros parentescos.

 

Visitar a un enfermo cercano a nosotros pero con el que tenemos algún malentendido o punto de discordia es otro ejemplo. La causa del conflicto puede ser directamente con el mismo paciente o con terceros cercanos a ambos sobre quien se ha tomado alguna decisión radical e injusta. Desde el universo artificial del ego, la causa se ve como justificada, pero no así desde el ser, que ni juzga ni condena a nadie y no sufre miedos internos disfrazados de proyecciones en los otros. Este es otro modelo de decisión difícil de la vida general.

Como estos ejemplos, miles de ellos en los que la batalla entre ego y ser suele ser ganada por el primero, acomodado a estrictos parámetros sociales y condicionamientos educacionales, influencias de otros egos sumidos en la oscuridad o modelos ideales que no aceptan a las personas como son si no se adecúan a su estrecho margen de visión del mundo falsificado que han creado. Recuerdo una película, Maurice, 1987, basada en una novela homónima de E.M. Forster, en la que se critica la hipocresía y doble moral de la sociedad que dibuja. A principios del siglo pasado, dos hombres jóvenes se aman y mantienen una relación. Pasado un tiempo, uno de ellos decide ocultar su naturaleza y se da en matrimonio con una mujer. El otro, al principio sufrirá pero conocerá a un chico de escala social muy diferente a la suya con quien tiene un sueño de amor y libertad y se trasladan a América. La escena final es especialmente reveladora por cuanto Maurice, protagonista, mira al exterior desde su cómoda mansión burguesa y cierra los postigos de la ventana, en clara alusión a un pretendido dejar de existir a su realidad porque él se niega el mundo real y se encierra en el que su ego ha construido. Evidentemente, elección moral e hipocresía personal y social. Ante esto, ¿qué hacer? Solo vivir, alejarse de los juicios sobre los otros y aceptar cada cosa o escenario tal cual es.  

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