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Lunes, 26 junio 2017 | Leída 338 veces
CARTA AL DIRECTOR

No me quieras tanto, quiéreme bien

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Asisto, como tantos miles de onubenses desde la noche del sábado, atónito e impotente ante las imágenes que llegan incesantes del incendio ocurrido en Moguer, que pronto se extendería a Mazagón, Matalascañas, y todo el entorno de Doñana. Rabioso, incluso, intuyendo, como tantos otros, que detrás de este atentado ecológico se encuentra la mano del hombre, y quién sabe si también ciertos intereses económicos (nos han hecho desconfiados en Huelva a base de palos).

Y la rabia se convierte en ánimo, ánimo para esas personas que han sufrido de cerca toda esta pesadilla, y ánimo para los profesionales que hacen todo lo posible porque pare ya este suplicio. Hoy estamos con todos esos héroes olvidados a los que solo ensalzamos en estos días de penuria compartida, pero que día a día combaten el fuego en condiciones precarias y arriesgando sus vidas.

 

Los que se queman para que nadie más se queme, los que mueren para que nada más muera. Y estamos, sobre todo, con Doñana, paisaje único y paradisíaco que acompaña algunos de los mejores momentos de la vida de los onubenses y de tantos otros que la han pisado y llevan ya parte de ella en su ADN; alma de esta provincia, pulmón de Andalucía y corazón de Europa; con sus dunas, sus playas, sus aves, sus linces, su marisma... Con todas esas cualidades que la hacen y nos hacen únicos como pueblo, esa diversidad y esa forma de acoger que no tiene parangón, miles de aves migratorias y de visitantes dan buena fe de ello.

 

Pero hoy escucho a políticos, de diferente cuerda y pelaje (da igual, en el poder todos han maltratado a Doñana, incluso los que cobraban por defenderla y se aburrían), lamentarse por lo ocurrido y prometiendo buscar al culpable. Buscar al culpable, como si eso nos fuera a devolver lo perdido... Y como si solo hubiera uno. No. No es tan fácil. Hay a quien culpar del incendio, a quien inició el fuego, al que señalarán todos los dedos, pero hay cientos, miles de responsabilidades compartidas: desde de las administraciones locales a los gobiernos autonómico y central (desde el abandono de cuerpos como el del Infoca, a proyectos como el de Gas Natural, o a la reforma de la Ley de Montes que ahora permite construir en suelo arrasado por incendios - frente a la protección que brindaba la anterior, y tras la cual hay estadística de un aumento de los fuegos provocados, como si nadie lo pudiera prever), a cuyos representantes se les llenará estos días la boca de bonitas palabras y sentidos lamentos, lágrimas de cocodrilo y promesas vacías, pero que de forma sistemática han maltratado a nuestra provincia en general, y a Doñana en particular. Han abandonado el Parque, que se seca. Han olvidado el paraje, excepto cuando llega El Rocío. A Doñana no hay que quererla hoy, señores, a Doñana hay que quererla los 365 días del año, y sobre todo demostrarlo.

 

Espero que cuando se publique esta humilde carta, escrita con más rabia que destreza, este mal sueño haya pasado, y al minuto siguiente de declarar extinguido el incencio salgan todos esos representantes públicos luchando porque se empiece a recuperar y reforestar Doñana, los paisajes y los animales perdidos (al pobre lince parece que jamás le dejaremos volver a la que fue su tierra); que no se aproveche esta tragedia para conocidos negocios económicos como gasoductos o urbanizaciones, ni maniobras políticas ventajistas que quedan en escaramuzas y teatro parlamentario para ser noticia del día y olvido del siguiente, sino para recordarnos que Doñana, corazón, alma, y misma definición de Huelva, se merece quien le dé a ella lo que ella nos ha dado y que esperemos, aunque muchos no lo quieran, nos lo sigan dando a nosotros, y a las generaciones que nos seguirán, pues sin ella, no seremos lo que somos, seremos menos.

 

Christian Garrido

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